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Fierros bajo el agua: Tijuana y el pinche muro

Fierros bajo el agua: Tijuana y el pinche muro

Un europeo está acostumbrado a las fronteras. En una entidad como Europa, con tantos estados, micro estados, pseudo estados, colonias y supra-meta-entidades-vete-a-saber-qué, cualquiera que viaje a cualquier punto puede cambiar varias veces de país e INTUYE, DEDUCE que ahí debe de haber una frontera: ese río que atraviesas, lo alto de un puerto, la linde de ese campo…A lo que un europeo no está acostumbrado es a ver, a sentir una frontera hecha por el hombre, para dividir al hombre y para delimitar claramente dos mundos distintos. No, al menos, desde 1989. Yo he viajado al muro. Al pinche muro, que dicen aquí. Y he visto una playa partida en dos, un mundo partido en dos que parte en mil pedazos miles de esperanzas. Welcome to Tijuana.

Fierros bajo el agua: Tijuana y el pinche muro

Enfilar el camino desde San Diego es sencillo: no hay ciudad más cómoda para viajar en coche que esta. Circunvalaciones, calles rectas y numeradas, orden, limpieza, silencio, skyline americano y todo eso que se espera de California: autopistas rectas, carteles verdes y uno en concreto que dice: “Last USA exit”. Tomo esa salida y aparco el coche (acabaré el día diciendo “parqueo el carro“), dispuesto a seguir el “new pedestrian path to Mexico” que veo indicado al comienzo de una interminable rampa. Una enorme bandera de México ondea al otro lado del aparcamiento, orgullosa y desafiante. ¿Desafiante? Desde lo alto de la rampa se aprecia claramente la magnitud de esta frontera: carriles y carriles no muy llenos por la hora que es (aproximadamente, las 11 de la mañana), pero con un entramado de vallas, barreras, funcionarios y luces que te hacen recordar que este es el paso fronterizo más transitado de la Tierra.

Fierros bajo el agua: Tijuana y el pinche muro
vista del aparcamiento anexo a la Frontera.

Fierros bajo el agua: Tijuana y el pinche muro
rampa de acceso al nuevo acceso peatonal desde EE.UU.

Sigo las indicaciones, sencillas y explícitas, tomo fotos, grabo en vídeo, y de repente, sí, de repente, me encuentro a varios soldados del ejército mexicano, fusil en mano y cara de pocos amigos, hablando entre ellos. Había traspasado ya la frontera? Parece ser que sí: nadie me pide el pasaporte, nadie me sella ningún documento, nadie me hace una sola pregunta. He traspasado la frontera sin darme cuenta. Maldita sea mi estampa. Pregunto a una funcionaria: “No hace falta ningún sello?” Consulta con otra persona: “No, pasa”. Paso.

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Camino de la frontera con México

Bajo la rampa, mucho menos empinada, y me encuentro un escenario desalentador: una fila kilométrica, en la que no habría menos de 500 personas en fila india, esperando a pasar al lado del que yo venía. Todos mexicanos. Veo unas aceras sucias y descuidadas, tiendas de cambio de moneda y de tacos, un poco de caos, quizá, pero mi cerebro eleva al cubo ese caos y mi corazón se acelera, nervioso por la que me espera dentro de unas horas… y por lo que me pueda encontrar conforme avance unos metros en este país, en esta ciudad, Tijuana, de la que tantos tópicos se han contado… y no todos buenos precisamente.

Los taxistas se agolpan en un aparcamiento, asaltándote para que les contrates, y eso es exactamente lo que hago: “quiero ir a la playa del muro” “ah, el pinche muro… 20 dólares” Regateo y lo dejo en 12, pensando que era un timo. Pero no lo era: el camino hasta la playa es largo, mucho más largo de lo que pensaba, desesperadamente largo, pues me estaba invadiendo una sensación de peligro inminente de la que me costó varias horas deshacerme. Solo me animaba ver el muro en lo alto de unas colinas, interminable y desafiante, y un cartel que el taxista seguía donde claramente ponía “Playas de Tijuana”. El chófer nos cuenta que hace poco dos chavos se ahogaron cuando nadaban por ahí, bro, y es que está llenitito de corrientes y, este… remolinos que son pinche peligrosos. Y algo se me alivia por dentro cuando para, me cobra, bajo del taxi y veo cómo desciende la reja y muere en el mar. Describir esa sensación es difícil: por un lado, una emoción enorme por tener ahí esos cilindros metálicos que tantas veces he visto fotografiados; por otra, una fuerte sensación de inseguridad al ver a 3 weyes musculándose en unas barras a escasos metros de la frontera, con cara de narcos, rivalizando por quién hacía más dominadas y quién tenía el bíceps más hinchado y la cara de más malote. Me palpo el bolsillo: sigo teniendo en su sitio el pasaporte. Me acerco a la reja y veo a un vagabundo durmiendo justo en la misma base de la empalizada, ajeno a todo: a mí, a mi amigo, al helicóptero de la patrulla de los Estados Unidos que no dejaba de bramar por los alrededores… o quizá bien pendiente de cuándo era el mejor momento para intentar cruzarlo.

Echamos a andar por la avenida, silenciosa, vacía en un día nublado y fresco, con negocios ruinosos, insalobres, desordenados, sucios. Un burro en un local se nos acerca para que le hagamos una foto: está bien enseñado y el dueño acepta “donativos”. Tomamos un taxi y nos lleva a la Avenida de la Revolución, centro de Tijuana, de compras, de comercios legales, alegales e ilegales. Encuentro la esquina de Revolución con Zaragoza, buena foto para un maño como yo. Decenas de comerciantes nos asaltan para que entremos a “echar una miradita no más”, y nos dejamos seducir por el 2 por 1 de una taquería que nos dará buenas alegrías.

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La frontera (el Pinche Muro) a la izquierda, la plaza de toros a la derecha, un monumento horrible en el medio.

Y llega el momento que más ansiedad me causa: cruzar de vuelta la frontera, volver a los Estados Unidos. Nos habían hablado de varias horas de espera, de interminables colas como la que habíamos visto por la mañana.Eran las ocho de la tarde y teníamos la esperanza de que fuese más rápido… y así fue. No estuvimos más de 10 minutos esperando. Un funcionario estadounidense observa mi pasaporte, lo escanea, ve que todo es correcto, pasa mi mochila por los rayos X y me encuentro de nuevo en la primera potencia del mundo, en la nación del orden, en el país donde enseñar un pecho es pecado, donde beber por la calle es pecado, donde no hay nada que hacer a partir de medianoche… pero donde me siento bastante más seguro.

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Yu Es Ei!

Miro atrás por última vez y veo México, su bandera y el otro lado del muro. La separación es real, tangible, acechante. Y los mundos que separa también son real y tangiblemente distintos. Y conforme se disipa esa ansiedad, pienso que esta no será la última vez que oleré las calles, probaré los tacos y sentiré la arena de las playas de Tijuana, una ciudad no precisamente bella y sí precisamente sucia, pero encantadora.

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