Facebook Twitter RSS Reset

¡Felices 159!

¡Felices 159!

En el número de abril de 1841, la Revista de Graham publicó una historia que estaba destinada a no convertirse en envoltorio de chorizos: “Los asesinatos en la Rue Morgue”, de Edgar Allan Poe. Este relato era el primero de una serie —llamada perspicazmente por Baudelaire une espèce de trilogie— que daría nacimiento al cuento policial, con el detective C. Auguste Dupin a la cabeza.

¡Felices 159!

Casi exactamente 45 años después (un domingo de abril de 1886), un médico de 26 años con muy poco dinero y numerosas deudas, decidió probar suerte escribiendo un relato detectivesco. Basándose en el Dupin de Poe y el Lecoq de Gaboriau, pero tomando como modelo al doctor Joseph Bell —quien había sido uno de sus profesores en la Facultad de Medicina—, este joven escribió Una madeja enmarañada, en donde la estrella era un detective de nombre Sherrinford. Debido a su extensión (demasiado larga para ser publicada en un fascículo y demasiado corta para ser publicada en volumen), la historia sufrió varios rechazos y cambios antes de ver la calle. Así, el 8 de diciembre de 1887, en el Betons Christmas Annual, apareció con el nombre definitivo: Estudio en escarlata. Estoy hablando (y sé que ustedes van por delante) de Arthur Conan Doyle y su creación más aplaudida: Sherlock Holmes.

Pero avancemos un poco en el tiempo…

¡Felices 159!

Cuatro años después de la muerte de Doyle, ocurrida en 1930, un grupo de fanáticos de Holmes fundó en los Estados Unidos una especie de club llamado Los Irregulares de Baker Street (para los no iniciados, les cuento que los verdaderos Irregulares eran un grupo de chicos de la calle que Holmes utilizaba para recoger cualquier tipo de rumor). Estos entusiastas han hecho realidad la peor pesadilla de cualquier escritor: que un personaje cobre dimensiones de verdadero. Para el juego de los Irregulares, todo es real y justificable; ellos pueden calcular una fecha, una altura o un estado de ánimo. Incluso son capaces de enmendar los errores del autor… Conan Doyle escribió sus sesenta y siete novelas y cuentos tratando de convencer al público de que su detective resolvía los casos con escrupuloso rigor científico, pero no cuesta mucho hallar errores en cada uno de sus historias: cuando disuelve una gota de sangre en un litro de agua, Holmes dice que la proporción de sangre no puede ser más de una en un millón, cuando cualquier estudiante de química básica sabe que en realidad la proporción no superaría nunca el 1 en 50.000… Confunde la acetona (producto químico específico) con las cetonas (algo así como confundir a Boca Jrs. con Julio Humberto Grondona…) Habla de una amalgama de níquel y estaño, cuando esto es en realidad una aleación. Una amalgama es un tipo de aleación en la que siempre interviene el mercurio. Un conocedor de la química nunca cometería estos errores. En una oportunidad, Holmes examina materias con su microscopio y sentencia: Esos pelos son hilos de un abrigo de lana. Las masas grises irregulares son polvo. Hay escamas epiteliales a la izquierda. Las manchas marrones y pequeñas del centro son indudablemente pegamento, y esta identificación hace que un hombre sea acusado por asesinato. Sin un estudio químico, y con un tribunal que acepte ese tipo de pruebas, estaríamos todos presos…

¡Felices 159!

Ahora bien, ¿creen que los Irregulares se dejan vencer por estas cosas? Doyle era un escritor bastante distraído, con falencias científicas y que escribía muchas veces apurado por las deudas y los compromisos (¿qué escritor no…?). Por ejemplo, en una oportunidad, la esposa de Watson (debido a un descuido de Doyle, obviamente) se refiere a su marido como James, en lugar de John. Los Irregulares aclaran que “esto no debe ser tomado como un lapsus calami; lo que ocurre es que la inicial central de Watson, H, significa Hamish, que es, naturalmente, la versión escocesa de James”. Fantástico. Así cualquiera, ¿no? Entonces, si seguimos estas reglas del juego, ya estamos en condiciones de hacer una mini biografía del misógino de la calle Baker…

¡Felices 159!

Sherlock Holmes nació el 6 de enero de 1854 y, habiendo vivido 103 años, su muerte debe ser situada en 1957. Caballero de maneras apacibles y costumbres regulares —raramente permanecía sin acostarse después de las diez de la noche—, dividía al mundo en dos grandes grupos: los dignos de confianza y los que debían ser estudiados por él.

No se sabe si cursó sus estudios en Cambridge o en Oxford, pero el área de sus conocimientos puede hoy conocerse gracias a una descripción hecha por su fiel amigo Watson:

Literatura – Filosofía – Astronomía: cero.

Política: ligeros. Actualizaba sus conocimientos con lecturas de diarios.

Botánica: desiguales. Al corriente sobre el opio y los venenos comunes, pero ignorante en lo que respecta al cultivo práctico.

Geología: conocimientos prácticos, pero limitados. Distingue de un golpe de vista las distintas clases de tierras.

Química: exactos, pero no sistemáticos.

Anatomía: profundos.

Literatura sensacionalista: inmensos. Parece conocer con todo detalle los crímenes perpetrados en un siglo.

Música: bases de solfeo. Toca el violín.

Deportes: experto boxeador y esgrimista de palo y espada.

Bonus: posee conocimientos prácticos de las leyes de Inglaterra.

¡Felices 159!

¡Felices 159!

Holmes era un trabajador incansable. Puesto a investigar, no había nada comparable a sus raptos de energía. Pero, de cuando en cuando, cesaba sus actividades en desmedro de su salud: era un consumidor habitual de cocaína. En esos períodos, se recostaba en el sofá del cuarto de estar y simplemente dejaba pasar las horas sin casi mover un músculo. Otro grave problema era su gran adicción a los tabacos fuertes; sólo el que ha estado a menos de dos metros de él puede intentar describir su terrible mal aliento. Llama la atención que una persona tan inteligente no pudiese racionalizar estas cosas para iniciar una pronta recuperación, pero el agente de Scotland Yard, Tobías Gregson, tenía una frase para esto: “La inteligencia de Holmes no puede medirse en vicios”.

¡Felices 159!

Incapaz de amar o de dejarse amar, algunos critican la forma en que a veces trataba a Watson, pero su propio compañero se encargó de aclarar en su momento que estos accesos de crueldad sólo reflejaban el enojo de Holmes frente a un problema que pugnaba por no dejarse resolver. Watson sabía que una de sus funciones era descargar los lapsos de impotencia de su amigo… y lo toleraba.

¡Felices 159!

A Holmes no le preocupaba tanto la justicia como resolver los problemas del caso criminal. Y que de esto no quepa duda alguna: lo importante para él era la superación de los obstáculos intelectuales y no la recompensa final o un eventual castigo a algún eventual culpable. De cualquier modo, toda Inglaterra se acercaba al 221 B de la Calle Baker cuando sentían que la acción policial no bastaba (y por desgracia, esto incluía a la policía misma). Pocos de los casos que tomó quedaron sin resolver, y solamente uno lo dejó impotente… aunque feliz.

¡Felices 159!

Taciturno, genio analítico, cruel, austero, depresivo, fiel amigo, conflictivo, astuto, vital, contradictorio, enérgico, valiente… Casi cualquier adjetivo encaja perfectamente dentro del enorme espectro de la personalidad de Sherlock Holmes; un hombre que al decir de Zhar Basualdo “…tuvo que soportar una eterna lucha entre la máquina de resolver crímenes que la gente pedía y el ser humano que sólo deseaba sentarse cerca de una ventana para ver caer la lluvia”.

¡Felices 159!

¡Felices 159!

Y así están las cosas. De seguir vivo, Holmes hubiese cumplido 159 años. Claro que muchos dirán que es una edad prácticamente inalcanzable y que sólo es el producto de la imaginación de un escritor. Pero yo no estoy hablando de pulmones, tinta, papel o sangre.

¡Felices 159!

Yo hablo de preferencias.

¡Gracias por pasar, mis amigos!

No comments yet.

Leave a Comment