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Esto pasó en la 1ª Guerra Mundial, y poca gente lo sabe

1914. El archiduque Francisco Fernando de Austria es asesinado durante su estancia en Sarajevo. La noticia corrió como la pólvora por las grandes naciones europeas y en cuestión de semanas, los grandes imperios chocaron en la que sería el mayor conflicto bélico vivido por la humanidad: La Primera Guerra Mundial. El Triple Entente (Fran cia, Reino Unido y Rusia) se enfrenta por la hegemonía europea a la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia).

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Con más de 17 millones de militares desplegados en el campo de batalla, un escenario que ocupaba toda Centroeuropa, África, Los Balcanes, y Asia, y con el prestigio de las naciones en juego; los mayores mandos se enfrentaban a un tipo de guerra completamente nueva, donde se combinaban las armas más modernas hasta la fecha con tácticas ya obsoletas pertenecientes al siglo XIX. Los regimientos de caballería cargaban contra tanques, la infantería avanzaba en conjuntos compactos contra el fuego devastador de artillería y ametralladoras, la aviación recién descubierta empieza a jugar un papel cada vez más decisivo en la contienda… y la ciencia avanza con decenas de adelantos en el arte de la muerte y la destrucción.

Pocos meses después de comenzar la contienda, y después de frenar el avance de los alemanes en su nueva táctica de “guerra relámpago” antes de que llegaran a París, se establece un nuevo tipo de estrategia. Ambos bandos se cobijan dentro de una extensísima red de trincheras que recorre todo el frente occidental, por Francia, Bélgica y Luxemburgo. Una táctica que se llamaría “guerra de desgaste”, o “guerra de trincheras”, que no sufriría apenas variación hasta 3 años después.

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Es aquí, en esta red interminable de trincheras, en una pequeña región de Bélgica cerca Ypres, donde sucedió una de las historias más fascinantes y desconocidas de la guerra.

A los soldados ingleses y alemanes solo les separaba unas pocas decenas de metros entre sus trincheras. Habían combatido duramente durante los primeros meses de la guerra. La infantería de ambos bandos era masacrada asalto tras asalto por el fuego incesante de los nidos de ametralladoras y morteros. La tierra de nadie se componía de laberintos de alambre de espino, maderos de contención, cráteres de explosiones, barro de gélida lluvia y cuerpos humanos desperdigados. La situación humanitaria de ambos ejércitos era decadente, y los soldados estaban cansados y muchos de ellos enfermos. El invierno azotaba duro en la región y junto con el aire, el ardor de la batalla se enfriaba. Nadie tenía fuerzas para combatir. Los soldados añoraban su hogar. Y más en esas fechas. Era diciembre, y sus cartas solo hablaban del calor de sus casa, los deseos de reencuentro con la familia, y las fiestas de navidad.

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Una noche de vísperas de Nochebuena, mientras que los soldados de guardia ingleses vigilaban el frente, guarecidos de los tiradores de élite alemanes, empezaron a escuchar tonadas al otro lado del campo de batalla. Los alemanes parecían cantar canciones. Villancicos para ser más exactos. Los ingleses, perplejos, se lo tomaron como una provocación y respondieron a aquel improvisado ataque contra su moral cantando sus propias versiones en inglés.

A la mañana siguiente, una niebla espesa bañaba la región. Los centinelas, tiritando por el frío y la humedad, se alertaron al distinguir figuras espectrales atravesando la niebla. No lo podían asegurar, pero parecía que alguien se acercaba lentamente a sus puestos. Dieron la voz de alarma y en silencio, sin perder el factor sorpresa, toda la sección formó en la primera trinchera. Efectivamente, en la lejanía podían distinguir bultos amorfos que poco a poco iban delineándose en figuras humanas. Soldados alemanes. Eran muchos, y se acercaban lentamente. No parecía ser un asalto, pues su avance era demasiado lento y no parecían querer camuflarse en el espesor de la niebla. A medida que se acercaba, pudieron distinguir que llevaban todos un extraño objeto en sus manos. No eran armas. Eran más bien ramas de árboles que habían adornado con trozos de alambre y algunas latas. Los ingleses apuntaban perplejos a los supuestos atacantes, esperando la orden de fuego a discreción. Pero nuevamente volvieron a levantar armas al ver que el soldado alemán en cabeza agitaba un pañuelo blanco. Querían descansar. Iban a proponer una tregua para poder celebrar el día de Navidad. Parecían asustados, confusos y muy cansados.

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Los ingleses no salían de su perplejidad. Pero finalmente, sus deseos de paz fueron más fuertes que sus dudas y desarmados, salieron a tierra de nadie a estrechar la mano de un enemigo mortal que les había brindado un gesto de amistad. Este gesto se extendió por todas las regiones del frente occidental, y durante ese día, los contendientes convivieron sin signos de violencia. Ambos bandos pudieron recoger a sus muertos y darles sepultura en una misa conjunta. Compartían comida, cartas e historias en sus trincheras. La tierra de nadie se convertía en improvisados campos de futbol donde equipos de ambos bandos se divertían con balones improvisados… y cientos de gestos más que casi quedaron en el olvido. En algunos lugares, esta tregua se extendió hasta año nuevo, y en muchos otros sitios amenazaba seriamente la continuidad del conflicto, para bien de sus participantes.

Los altos mandos de los ejércitos, al enterarse de que sus hombres confraternizaban con el enemigo, y habían improvisado una tregua sin órdenes explícitas del estado mayor, quisieron poner fin a ese comportamiento indisciplinado tajantemente. Prohibieron toda clase de relación con el enemigo. Ordenaron de nuevo la formación en filas, y reanudaron los ataques. La propaganda volvía a dibujar al enemigo como monstruos que incendiaban hospitales y mataban niños, y aquellos que fueron juzgados como responsables de tales actos de traición, fueron encarcelados o fusilados.

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Y así fue como las naciones acallaron la voz de unos jóvenes soldados que se dieron cuenta que sin voluntad de luchar, no había guerra que valiese. Que su enemigo no era cruel ni sanguinario, sino que eran tan humanos y estaban tan asustados como ellos. Y así fue como uno de los gestos más hermosos de la historia casi fue olvidado por el bien de los intereses de los grandes imperios.

La guerra terminó en 1918, dibujando un nuevo mapa de Europa y dejando tras de sí a más de 6 millones de muertos. Desde entonces, en cada víspera de estas fiestas, se ordenaban andanadas masivas de fuego de artillería en ambos bandos, para mantener a los soldados ocupados y evitar la alta traición por confraternizar con el enemigo. Sin embargo, en los hilos de la historia, a pesar de ser tejida por las grandes figuras nacionales y por los ganadores de dichas guerras, no ha podido deshilar lo ocurrido en esos días en las trincheras, donde se demostró que por alta que sea la presión del poder, al final siempre se impone la vida cotidiana; y que a pesar de las nuevas corrientes científicas y filosóficas de la época, el ser humano no es violento por naturaleza. Que solo busca vivir de la manera más tranquila y pacífica posible, sea cual sea su sitio y sea cual sea sus condiciones.




“La guerra solo hay que hacerla en la cama,

El amor donde a ti te de la gana.”

Txus di Fellatio. Mago de Oz.

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