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Escalera hacia la locura (texto propio)

Hola taringueros, acá les comparto un texto que es parte del libro que estoy escribiendo, éste es el capítulo VI. Acepto críticas constructivas siempre y cuando sean dichas con respeto.

Veo al sol brillando en lo alto, el cielo está completamente despejado y el viento es confortable. Mas mi alma no puede concebir tanta paz, anhela caos y destrucción, anhela muerte, anhela un fin. Las imágenes oníricas que percibo están deviniendo en cosas horrendas para mi consciente, el sueño me ha abandonado completamente y ya no sé si podré seguir así. Quiero saber quién soy, pero no estoy seguro de si eso me agrade.

Mi corazón sangra y las palabras no salen de mi piel como antes, he perdido la cordura progresivamente y lo insano amenaza con hacerse presente para fundirse en mis entrañas y tomar cada parte de mi ser. Éste enamoramiento me ha cegado y turbado mi sentir, mi esplendor, tal como el sol opaca a las estrellas, como la noche opaca al color. Mi alma anhela su compañía, mi alma anhela su calor, mi tiempo se mide entre las horas que estoy con ella, y las horas en las que pienso en ella. La amo porque es hermosa, de esa belleza la cual nadie habla, porque sólo algunos seres privilegiados gozan de tal magnificencia. Esa belleza intangible, que cuando la oyes hablar ríes, de esa belleza de la mente, belleza, con la que pocos están bendecidos.

Un ser que no es capaz de amar no merece nada, aun así, pese a ser capaz de amar, no merezco nada. Mi alma navega por mares ominosos, la locura me posee cual íncubo a una virgen y comienzo a creer fervientemente que los días están contados para mí. El sol es gris y helado, mis ojos arden lágrimas de sangre y mi estómago rebosa de preguntas que mis deteriorados labios son incapaces de descifrar. Arreglo mi barca una y otra vez, mas el agua no cesa de subir e inundarme, el frío del mar está comenzando a helarme la piel.

¿Qué hacer cuando la incomodidad se vuelve más cercana y latente? ¿Qué hacer cuando ni siquiera el sueño coopera en los intentos por no existir? ¿Qué hacer cuando un día nos levantamos y descubrimos que hay un extraño en el espejo? Porque realmente no creo ser yo quien está ahí. No sé quién es. Tampoco sé qué busca. Pero sé que me atosiga, me quita el aire, me hace infeliz. Y estoy mutando en un vampiro. La luz del sol es desgarradora. También estoy quedándome sin fuerzas para nadar, cada día el abismo me arrastra un poco más abajo y el aire está escaseando. Pese a todo esto, afuera hay un arcoíris y las flores sonríen dulcemente. ¡Qué magnífico infierno es éste mundo!

Hasta el más mísero corazón merece un poco de paz. Mis días son como una triste canción de amor. Mis sentimientos son cada vez más confusos y mi humanidad pretende desaparecer, mi piel está pálida como el papel recién impreso, mis ojos divagan por mi alma hasta perderse por un largo tiempo y mi cuerpo está secándose por dentro. Estoy loco. Loco y solo, a pesar de que estoy rodeado de androides. ¡Androides! ¡Oh! Fríos, metálicos y vacíos androides. Quienes no pueden ver más allá de sus ojos pues los mismos están cegados por una superflua felicidad, vanos objetos y pensamientos ególatras. Quizá la infelicidad no es más que la felicidad pura del alma en un estado superior, tanto, que duele.

El ser pensante es un ser solitario, infeliz por naturaleza y lleno de fantasmas. El pensamiento lleva consigo una carga muy pesada; la soledad. Sólo se puede conocer el resto del campo –aunque esto conlleve conocer al lobo también si uno se aparta del rebaño. Aun así, estoy cansándome de la soledad que se siente por las noches, es agotador ver nubes grises cuando el cielo está despejado. Mas si existe algo más oscuro que la noche misma, es el pensamiento de que nunca se podrá volver a ver la vida como cuando se fue niño. Cuando todo eran risas y alegrías. Cuando el sol nos daba una tibieza intangible. Cuando los años no pesaban. Cuando la sopa no se entibiaba, el fuego calentaba y el sueño era el descanso de la vida.

Todo tiene un fin, nada es eterno. El amor se apaga, el cielo se oscurece y la vida acaba careciendo de sentido. Con el pasar de los años nos auto-desgastamos a tal punto que ya vivir duele. Estamos habituados a los finales, mas los evitamos, porque mejor soñar despierto que despertar y darse cuenta que todo fue un sueño.

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