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En el Barrio Rawson – Fotos propias

En el Barrio Rawson - Fotos propias

En el Barrio Rawson - Fotos propias

Hoy les dejo el resultado de una de mis caminatas domingueras, cámara en mano.

En el Barrio Rawson - Fotos propias

Últimamente, aunque pensándolo bien, hace años, tengo la mente revuelta, los sentimientos encontrados, y una infinita lista de proyectos por realizar, aún más extensa que la de los proyectos realizados, aunque sin terminar, como casi todo lo que hago.

Hace un tiempo que me gusta sosegar mis impulsos lúdicos imaginándome fotógrafo, por lo que me hice de una cámara y un par de lentes intercambiables como para poder retratar todo aquello que me gustaría, tal vez, pintar, o relatar en un escrito, o simplemente memorizar, pero que, por falta de tiempo, impulso, ganas y capacidad no puedo lograr. En fin, en la fotografía hallé una manera muy eficaz, sencilla y rápida de sublimar mis arranques creativos. Con esto no quiero decir que lo que haga sea bueno, pero al menos me sirve como ayudamemoria, como para poder recordar lo que hice en algún momento de mi vida.

Como soy bastante hinchapelotas, maniático y detallista para ciertas cosas, me tomé el trabajo de comprar los materiales necesarios, tomar aguja e hilo, y armarme desde cero una mochila para portar mi equipo fotográfico. Todo esto debido a que, fruto de mi gataflorez, no podía encontrar en el mercado, una mochila que me caiga cómoda o práctica. Así que luego de dos meses de renegar con una tarea que desconocía por completo, pincharme los dedos en reiteradas ocasiones, y quedar con la espalda encorvada por la postura que me exigía dicha labor, por fin logré terminarla – es una manera de decir, porque, en realidad, todavía me falta un detalle, una funda para la lluvia que en algún momento haré… supongo -.

Todo esto, viene a cuento de que ayer salí a estrenar mi flamante, única en el universo, y manufacturada mochila, por los alrededores del barrio. Con lo que quiero decir, por consiguiente, que salí a hacer algunas fotos.

Y así fue que anduve caminado un rato por la Agronomía, una especie de oasis en la metrópoli, un pedacito de campo en medio de la bulliciosa ciudad de Buenos Aires. Así, medio de casualidad, como quien no quiere la cosa, pero a la vez empujado por cierta nostalgia y curiosidad, en un momento me vi transitando, y foteando claro, por el barrio Rawson. Cobijado por una importante arboleda, y rodeado por los campos de la Agronomía, el club Comunicaciones, y la Avenida San Martín, el barrio es un conjunto de casas y edificios, que en la época de sus comienzos eran baratos, y se puede respirar en él una tranquilidad difícil de encontrar en otras partes de la urbe. De vez en cuando, el ronroneo fugaz del motor de un auto casual, o el taconeo acompasado de alguna transeúnte ocasional, quebraban el empalagoso sonido de las aves del lugar. Las calandrias, famosas por su canto tan atractivo, saltarinas ellas, buscaban alimento entre las ramas de los árboles, pelados por el invierno. Un grupo de cotorras pasaba volando rasante sobre las copas, emitiendo sus típicos y guturales gritos, que reverberaban entre los paredones de las fachadas. En el suelo, un grupo de zorzales se disputaban el fruto caído de un palo borracho. También había una ingente cantidad de gatos, que saludaban mi paso con sutiles maullidos.

Y quise acercarme hasta allí para conocer el que en un momento fue el lugar de residencia de un prócer de la literatura – hoy en día, una calle lleva su nombre – y, fíjense qué curioso, cuando salí de allí me dieron ganas de escribir. Obviamente nunca llegaré, ni tampoco tengo la menor intensión, a escribir como lo hacía él. Todavía no lo dije, pero me refería a Julio, Cortázar… Y ahora tengo una gran duda… no sé si el barrio habrá inspirado a Julio a escribir, como lo hizo conmigo, o por el contrario es la influencia de él en el éter de esa diminuta urbanización, la que crea una atmósfera tan especial.

Viendo los centenares de ventanas de los monobloques, en apariencia todas iguales, pero en realidad todas diferentes, cada una con una mirada y una vista particular, me lo imaginaba a él detrás de una de ellas, no importa cual, pergeñando alguna historia que contar, perdido entre el humo de un eterno cigarrillo.

Luego de una breve caminata, dí con una mínima plazoleta, Carlos de la Púa, cuatro bancos, mástil al centro, algunos arbustos, y más zorzales. Frente a ella se yergue un pequeño edificio de departamentos, similar a los demás monobloques, pero algo aislado de todo el conjunto. Al costado de la puerta de entrada, de hierro forjado y vidrio, un cartel aclara que allí vivió el iluminado escritor. Mientras encuadraba la imagen en el visor de la cámara, una voz masculina, que ya venía escuchando desde unos instantes atrás, mientras discurría con otras dos voces femeninas, se dirigió a mí:

– Disculpá…¿ésta es la casa de Julio?

– Si, aquí vivió un tiempo – respondí.

– ¿Cómo, ya no vive aquí?- preguntó una de las señoras mayores que acompañaban al muchacho, casi con desesperación.

– Mamá, no te preocupes, ya lo vamos a encontrar – la contuvo el muchacho – Tía Clelia, por favor acompañá a mamá hasta el banco de la placita – le dijo a la otra mujer.

– Sí, Alejandro – respondió la señora mientras tomaba del brazo a su acongojada acompañante.

Alejandro me miró, una mueca de desilusión transformaba su rostro.

– Por casualidad…¿no sabés a dónde se fue? – me consultó, mientras las dos señoras esperaban atentas la respuesta, ya sentadas.

¿Cómo haría yo para darle la tremenda noticia ante el cuadro que estaba viviendo? Temía que si les decía la verdad, la salud de la anciana pudiera verse perjudicada. Lo único que se me ocurrió decirles fue, en parte, una mentira piadosa:

– Hasta donde yo sé, está en París…

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