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Ellos Vendieron el Alma al Diablo?

Ellos Vendieron el Alma al Diablo? 

Niccolò Paganini: El Violinista del Diablo 

Niccolò Paganini, (Génova, 27 de octubre de 1782 – Niza, 27 de mayo de 1840) fue un violinista, violista, guitarrista y compositor italiano, considerado entre los más famosos virtuosos de su tiempo, reconocido como uno de los mejores violinistas que hayan existido, con oído absoluto y entonación perfecta, técnicas de arco expresivas y nuevos usos de técnicas de staccato y pizzicato. 

Pero hubo quien dijo que lo vio. Alguna noche, mucho antes de que su leyenda creciera. Hubo alguien que aseguró haberlo visto invocar al diablo, postrarse delante del Maligno y repetirle el juramento. “Le dijo que su alma era suya a cambio de tocar como un ángel. Se encendió una luz que me cegó, Paganini se puso de pie y siguió su camino”, así dijo aquel testigo. Hubo quien le creyó y quien no le creyó. Más aquella versión fue creciendo y la gente hacia tumultos para verlo, y para oírlo tocar. Se arrebataban los boletos. Todos habían oído hablar de él, no solo los cultos. Hasta los mendigos y las prostitutas compraban sus entradas apenas se anunciaba que tocaría Nicolò Paganini, “El violinista del diablo”, como empezaron a llamarlo. 

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Lo cierto es que a Paganini la vida le sonreía por donde pasaba -y no podía ser de otro modo: semejante genio. Feo como el demonio, su presencia impactaba a las mujeres al punto de arrojarse a sus pies. Y si no bastaba con su glamour, ahí estaba su manera de tocar (el violín, digo). A una de ellas que se resistía a amarlo, que se encerraba en su habitación y que había dado órdenes de que bajo ninguna circunstancia se dejara entrar a Paganini en su casa, el virtuoso se las ingenió para llegar hasta el balcón de la alcoba e improvisar una sonata para ¡una sola cuerda! Cuando la dama se percató de la hazaña violinística, le hizo un lugar en su cama al genio. 

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Así anduvo Paganini, de mujer en mujer, de cama en cama. Era lo que más le atraía, junto con el dinero para gastarlo, para jugarlo. Tal vez porque durante su niñez había padecido pobreza y miseria, dinero que caía en sus manos dinero que gastaba. Y con la misma prontitud volvía a gastar más. Con la ventaja de que a veces ni en violines gastaba. Alguna vez que iba a tocar a un palacio y se le olvidó su propio instrumento, el anfitrión, de cuna noble y filántropo, extrajo su Guarnerius personal de la vitrina donde lo tenía a la vista de todos, y se lo prestó a Paganini para que saliera del aprieto. Después de que el violinista hubo tocado, el príncipe, duque, marqués o lo que haya sido, no fue capaz de guardar el violín en su sitio. Se lo regaló a Paganini sin dejar de besarle las manos. 

Quizás la leyenda del violinista del diablo se baso en lo que alguna vez relato Tartini acerca de su sonata “El trino del Diablo”: 

“Una noche, en 1713, soñé que había hecho un pacto con el Diablo y estaba a mis órdenes. Todo me salía maravillosamente bien; todos mis deseos eran anticipados y satisfechos con creces por mi nuevo sirviente. Ocurrió que, en un momento dado, le di mi violín y lo desafié a que tocara para mí alguna pieza romántica. Mi asombro fue enorme cuando lo escuché tocar, con gran bravura e inteligencia, una sonata tan singular y romántica como nunca antes había oído. Tal fue mi maravilla, éxtasis y deleite que quedé pasmado y una violenta emoción me despertó. Inmediatamente tomé mi violín deseando recordar al menos una parte de lo que recién había escuchado, pero fue en vano. La sonata que compuse entonces es, por lejos, la mejor que jamás he escrito y aún la llamo “La sonata del Diablo”, pero resultó tan inferior a lo que había oído en el sueño que me hubiera gustado romper mi violín en pedazos y abandonar la música para siempre….” 

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Niccoló Paganini falleció en Niza, Francia, el 27 de Mayo de 1840, pero el obispo de Niza negó el permiso para su entierro y su ataúd permaneció varios años en un sótano. La fama que se había tejido alrededor de su persona y su talento, forjados en un posible pacto con el demonio, fue determinante en esta decisión eclesiástica, sobretodo debido a que el propio Paganini rehusó acercarse a la Iglesia y desmentir aquellos comentarios. Solamente en 1876 fue permitido el funeral y sus restos se transfirieron al cementerio en Parma. 

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Bienvenido el diablo, si fue quien iluminó a Paganini para que tocara como lo hizo, para que le diera al violín esa connotación mágica y para que le permitiera dejar su legado violinístico por excelencia: los Veinticuatro Caprichos para violín solo, inejecutables… 

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Robert Johnson, el Bluesman Favorito del Diablo 

En los cruces de caminos, aseguran algunos estadounidenses, el Demonio instala su mercadillo de destrezas musicales, y por el módico precio de un alma (tu alma) te enseña a hacer llorar a tu guitarra hasta que sangre fuego. 

Si deseas dominar un instrumento, espera a que se haga de noche y busca un polvoriento cruce de caminos. El hombre vestido de negro acudirá sin demasiada demora. Tú solo entrégale tu guitarra (o tu banjo, o tu violín, eso da igual, pues el Diablo adora toda la música excepto la que sale por las puertas de las iglesias). Cuando te la devuelva, tus manos se moverán por el mástil con la misma agilidad que una araña en su tela. 

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Robert Johnson hizo el truque, cuentan, y se convirtió en el músico de blues más grande de su tiempo; aunque el pacto sólo duró seis años, tras los cuales el Diablo, acreedor inflexible, vino a reclamar su deuda. 

Robert Leroy Johnson nació el 8 de mayo de 1911 en una pequeña localidad situada en el Delta del Mississipi. Nunca llegó a conocer a su padre, un aparcero llamado Noah Jonhnson del cual su madre, Julie Ann Majors, no le habló hasta que cumplió 7 años. En cambió, en ese tiempo tuvo dos padrastros distintos. Siguiendo al primero, Charles Dodds, se mudarían a Memphis. Con el segundo regresarían a Robinsonville. 

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El joven Robert abandonó pronto sus estudios para ayudar a su madre y a sus hermanos en las labores del campo y en el duro trabajo de las plantaciones, aunque sus principales intereses se decantaban ya hacia la música. A los nueve años empezó a jugar con la armónica y la guitarra, convirtiéndose en el discípulo preferido de dos héroes locales del blues: Willie Brown y Son House, quienes pronto se dieron cuenta de que aquel muchacho podía llegar a ser bueno, a pesar de que todavía le faltaba mucho camino por recorrer. 

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En 1931 abandonó Robinsonville de forma inesperada y un tanto misteriosa. Cuando regresó, apenas un año después, cantaba y tocaba la guitarra con un estilo único, deslumbrante e innovador. “Ha vendido su alma al Diablo para tocar así”, cuentan que exclamó su antiguo mentor House al escucharle, haciendo involuntariamente una pequeña aportación a la luciferina leyenda del músico. 

En realidad, Robert había estado en una localidad cercana, perfeccionando su técnica junto a otro bluesman reputado de la zona, Tommy Johnson; pero en seguida se difundió el rumor de que había vendido el alma al Diablo a cambio de su recién adquirida habilidad. 

Ellos Vendieron el Alma al Diablo? 

Nunca intentó desmentir la leyenda, y esta se vio acrecentada por las referencias al Maligno presentes en algunas de sus letras, especialmente en “Me and the Devil Blues” y “Hellhound On My Trail”. Aunque a nivel popular estas canciones (y “Crossroad Blues”) se suelen interpretar de una forma literal, casi como piezas de una historia, tratan más bien acerca de la angustia de sentirse perseguido por el infortunio y del mal que habita en todo ser humano. 

Robert Johnson expresaba sus angustias y preocupaciones a través de la música. Su infancia había sido dura; a los 19 años había muerto su primera mujer mientras daba a luz, llevándose a su hijo con ella; y, años después, según creen los críticos, la impotencia lo persiguió como un hechizo maligno, algo que puede rastrearse en sus letras. 

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Tampoco tuvo demasiado tiempo para disfrutar de su talento. El 16 de agosto de 1938, “el poeta del blues”, “el Rimbaud del Delta”, como lo llamó el historiador Gilbert Chase, moría en circunstancias poco claras, al parecer envenenado por un marido celoso. 

Unos años antes, en 1936 y en 1937, había participado en sendas grabaciones, gracias a las cuales quedaron para la posteridad un buen puñado de temas que lo convertirían en músico influyente aun décadas después de su muerte. 

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