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El vagabundo más rico de Buenos Aires

Expulsados por un sistema que los excluye a diario de sus derechos, no tienen acceso a las necesidades básicas y son víctimas del maltrato de la sociedad. Según los números manejados por la organización Médicos del Mundo, aproximadamente 16.753 personas viven en situación de calle en Capital Federal.

A simple vista, y a causa de sus vestimentas despintadas, los individuos que viven y duermen en las veredas porteñas me resultan similares unos a otros; algunos duermen en hospitales, estaciones de trenes o de subte, otros eligen un rincón debajo de la autopista o el interior de un banco. Pero son muchas las propiedades que diferencian a estas personas, porque detrás de cada uno de ellos se esconde una historia diferente, una razón que revela por qué la vida los dejó sin un techo.

Andrés Balmaceda eligió hace nueve años una plaza de Palermo. Desde los 33 vive en situación de calle y ha pasado aproximadamente la mitad de su vida aprisionado por la pobreza y la desesperación. Pero su situación me da a entender que Andrés no es un “sin techo” más de los que pasan desapercibidos a los ojos de cada transeúnte. Desde hace cuatro años, un grupo de vecinos, y ahora amigos, decidieron comprarle una casa rodante estacionada en la misma plaza donde vivió los últimos años. Pero, ¿por qué a él?, ¿qué distingue a Andrés de los demás “sin techo”?

Andrés me da la bienvenida. Con un beso en la mejilla y un recibimiento ameno saca su álbum fotográfico de adentro de la casa rodante, que ya no es rodante porque sus ruedas no están, quizás por evitar un robo, quizás porque no quiere irse. En las fotos lo puedo observar jugando al ajedrez con vecinos a un costado de todas las cosas con las que vivía, o vive, que eran y son muchísimas y que, seguramente, llamaban la atención de la gente, porque ocupaban gran parte de una vereda de Palermo. Por temor a los chaparrones, en aquel entonces, Andrés tapaba toda su ropa debajo de bolsas de nylon negras, o al menos eso es lo que alcanzo a ver en una de las imágenes, esas imágenes que detuvieron el tiempo hace 6 años en la misma plaza donde me encuentro parada.

Me cuenta, como si contara un chiste porque lo hace risueño y con aire de suspenso, que sus vecinos buscaron en Mercado Libre una casa rodante para que pueda, de una vez por todas, dejar de vivir sin un techo.

Con un panel solar que lo provee de luz, una radio interferida, una televisión que mide probablemente el tamaño de mi mano, y un espejo, que por sus rallones tanto no refleja, seguramente porque no pudo cuidarlo tanto como quiso, Andrés pasa las horas de su vida al orden de sus vecinos cada vez que lo necesitan. “Cada vecino le pedía que le arregle electrodomésticos, plancha, control remoto. Es muy habilidoso con las manos. Le faltan cuatro materias para ser ingeniero mecánico en la UTN” me cuenta Gabriel, uno de sus vecinos, y ahora amigos, sentado en un banco de piedra de la plaza desde donde vemos la casa rodante.

En mi paso por la plaza, dispuesta a hallar una respuesta, me encuentro con muchos vecinos que al pasar saludan a Andrés agitando sus manos de lado a lado, creo que para no interrumpirnos. Sus gestos me agradan. Sonrisas en sus rostros delatan complicidad y me invitan a sonreír con ellos. No les extraña que yo esté entablando una conversación con él, porque Andrés es un vecino como todos ellos; tiene techo, estudios y, por lo visto, educación. Andrés es del palo.

“Con el paso del tiempo empezamos a pedirle cosas: Andrés, ¿me arreglás este reloj?, Andrés, ¿me arreglás el control remoto?, Andrés, ¿me arreglás…? y siempre colaboró con todo el mundo”, me dice Alicia. Y todo el mundo colaboró con él, pienso con entusiasmo. “Me llamó la atención que un hombre que haya estado en esas condiciones tuviera la capacidad para jugar al ajedrez. Eso me cautivó. Después cuando lo conocí como persona me di cuenta que esa capacidad que tiene sobre el ajedrez está aplicada en toda su vida”, continúa su vecina.

Luego de unas semanas volví a la plaza, pero esta vez no le advertí a Andrés acerca de mi llegada. Simplemente me senté en un banco de piedra donde no llegaba el sol, tampoco el alcance de sus ojos. No sé qué esperaba yo de esa mañana, quizás que el transcurso del día surja de forma natural, sin un “yo” que entorpezca la realidad, que corrompa el flujo de un día en la vida de Andrés. Sí, eso esperaba. Observé con curiosidad las personas que atravesaban la plaza. Ni siquiera miraban la casa rodante, y si lo hacían era siempre con naturalidad, como si ésta fuese parte de la manzana.

Sin querer y de golpe, recordé aquel ombú histórico de Plaza Roma, ese que por gigante me hacía rememorar al “Rey León”. Sus prominentes ramas, sus dimensiones colosales y su forma de refugio fueron taladas el año pasado, y quedaron a penas parte del tronco y las raíces, como si una parte del árbol quisiera que no lo olvidaran. La gente que corre alrededor de la plaza de Costa Rica y Medrano; los chicos que juegan cerca de Andrés, ese hombre que a diario los ve crecer; las mujeres que, de vez en cuando, precisan de su ayuda técnica; y todos esos vecinos y amigos que muchas veces se sientan a tomar mates con él; qué extraño será para todos ellos cuando ya no esté ahí.

Descubrí, todavía sentada y observando con atención la plaza, que Andrés se había convertido en un gran Ombú; que cuando ya no respire, cuando ya no esté, su ausencia se va a notar para todos ellos, sus vecinos; que conformaba un antes y un después en la historia de todas estos individuos que lo saludan al salir y al llegar a sus casas, que se sienten confiados ante este gigante que es Andrés.

De pronto, me encontré con que este hombre era realmente diferente a otras personas en situación de calle. No pienso que sea más importante, simplemente me agrada que sea capaz de recibir, pero también de dar a cambio, aunque admito que no muchos de ellos, los indigentes, tienen la posibilidad de hacerlo. Si existiera esa posibilidad, estoy segura de que habría muchos más “Andreses” dando vueltas.

Lo noto agradecido a la vida y a la gente que lo llena de cariño a cada hora. Refunfuña cuando llueve y se enoja cuando pierde; es argentino, no lo dudo. Y probablemente no sea la vida que cualquier porteño sueña, y quizás no sea la vida que eligió, pero es la vida que le tocó, y decidió darle rienda con una sonrisa, enfrentando las adversidades que la vida a menudo le regala, pero siempre acompañado.

El vagabundo más rico de Buenos Aires

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