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El motín del Batavia

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El motín del Batavia

El motin del galeón Batavia es uno de los más sangrientos y escalofriantes episodios de la historia.

La primera nave holandesa que alcanzó Australia era este galeón de la Compañía de las Indias Orientales que naufragó en 1629, en su primer viaje, en unos arrecifes del oeste australiano.

La mayor parte de sus más de 300 tripulantes sobrevivió al naufragio y un buen número alcanzó en botes o a nado un islote cercano. Pero ninguno sospechaba que allí se desataría la peor pesadilla: una tiranía implacable nacida en la preparación de un motín durante el largo viaje por el Índico.

Un boticario psicópata y sus sicarios acabarían con la vida de casi todos los supervivientes.

Fueron capaces incluso de ordenar el asesinato de varios niños mientras invitaban a cenar a sus padres.

El motín del Batavia

Todo comienza durante el viaje del galeón desde Texel, puerto holandés del que partió el 28 de octubre de 1628 con destino a la capital de Java (Batavia por entonces, hoy Yakarta).

El Batavia era un barco de tres palos nuevecito y cargado de oro y riquezas con destino a las Indias holandesas para comprar especias.

La Compañía de las Indias Orientales (Vereenigde Oostindische Compagnie, conocida por las siglas VOC) era una institución muy poderosa en Holanda, con su propia jerarquía, ejército y diplomacia para imponer con sentido práctico la lógica del comercio que tanto hizo progresar a los holandeses. Tan poderosa era que el mercader al mando, el sobrecargo, podía sobre el capitán en estos buques, a pesar de no tener conocimientos náuticos.

Para la compañía era vital esa jerarquía que todo lo supeditaba al comercio. Y en el Batavia, para desgracia de todos los embarcados, el sobrecargo Francisco Pelsaert y el capitán Ariaen Jacobsz se llevaban a matar.

El motín del Batavia



Primero pugnaron por una mujer, Lucretia van der Mijlen, adinerada dama que se situó en el centro de esta tormenta de pasiones. Una noche fue asaltada de forma humillante. La intriga se convirtió en un motín latente que cada día hacía más peligrosa la navegación.

El capitán no se conforma y seduce a una criada de Lucretia, llamada Zwaantie, con la que escandaliza a su superior mientras no rehúye la confrontación. Pero en estos amores compite también con otro hombre, un boticario llamado Jeronimus Cornelisz, que sin embargo trata de sacar ventaja reclutando fieles para el capitán contra el sobrecargo.

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Tal vez ese motín habría estallado si no llega a ser por que se produjo el naufragio.

Cualquier enemistad se enquistaba en un viaje tan largo.

La ruta sorteaba los territorios prohibidos por la Corona española a los buques holandeses, como el Cabo de Hornos o el Estrecho de Magallanes.

Un error de cálculo del capitán Jacobsz llevó demasiado al este al Batavia, después de pasar Ciudad del Cabo y le llevó directo a los arrecifes de los Houtman Abrolhos, junto a la costa australiana, el 4 de junio de 1629 a las cinco de la madrugada.

El impacto tiró al capitán de su cama. Inmediatamente trataron de aligerar la nave sin resultado ninguno, tiraron los cañones, cortaron el palo mayor… El barco no se movía.

Las 341 personas embarcadas, incluidos 38 pasajeros, que habían soportado las tensiones de un motín en ciernes, entraban sin saberlo en un infierno miserable.

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Dos botes llevaron a 180 personas, entre ellas 30 mujeres y niños, al islote más cercano.

En el barco embarrancado se quedaron unos 70 hombres, casi todos soldados, emborrachándose para mitigar su pánico, porque no sabían nadar.

El capitán Ariaen Jacobsz y algunos hombres, en realidad los mejores de la tripulación, decidieron intentar navegar hacia Java, a unas 1.500 millas, para pedir ayuda.

El sobrecargo, que desconfiaba del capitán, decidió acompañarles. Las provisiones a esas alturas no daban para sobrevivir tantas personas durante mucho tiempo.

El galeón aguantó 9 días encallado en mitad del vaivén de la marea y de los 70 hombres que permanecieron a bordo sobrevivieron apenas dos docenas. Entre ellos el boticario.

Cuando decidió irse al islote estuvo a punto de morir ahogado. Llegado a la isla, sin embargo, era el único hombre con estudios y dotado de cierta elocuencia. Por eso Jeronimus Cornelisz asumió el liderazgo. Y decidió reinar sobre la desolación.

Dominó enseguida los víveres, las armas y los equipajes, dejando a una masa que se mostró muy sensible a su elocuencia, en condiciones lamentables.

El motín del Batavia

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El siguiente paso fue enviar al último grupo de soldados que quedaba en el islote a explorar otras islas, con lo cual se los quitaba del medio.

Tuvo la mala suerte de que encontraron agua e hicieron señales de humo para anunciarlo.

A los desterrados en el peñasco que trataron de partir hacia la nueva isla los asaltó y destruyó.

La violencia y el crimen se convirtieron en algo sistemático.

Le gustaba el poder que su terror ejercía sobre los demás. Llegó a organizar violaciones de las mujeres y obligar a las supervivientes al concubinato con sus hombres.

Por entonces invitó a cenar al predicador Gijsbert Bastiaensz, que viajaba con su esposa, siete hijos y una criada. El religioso creyó que era la oportunidad de pedirle un trato más humano a los náufragos.

Cornelisz se mostró optimista y afable, como un perfecto anfitrión del predicador y su esposa. Secretamente, ordenó a sus sicarios asesinar durante la cena a los hijos de ambos. A seis de ellos les partieron la cabeza con un hacha y mataron a la criada con una daga.

La hija que dejaron con vida fue obligada a amancebarse con su lugarteniente. La esposa del predicador fue asesinada poco después.

El motín del Batavia

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Niños ahogados, gente degollada, adolescentes decapitados como experimento con espadas que no cortaban el cuello de un solo tajo.

Se le considera responsable directo de 130 asesinatos.

Mientras él reducía los hombres bajo su mando, o lanzaba incursiones a rematar a los pocos que quedaban en pie en los peñascos vecinos, los soldados llegados al islote más lejano, el gupo liderado por Wiebbe Hayes, eran cada vez más numerosos y más fuertes.

A su isla llegaban cuantos querían escapar del terror aferrados a un tablón o cualquier tipo de balsa.

A finales de julio trató de lanzar el ataque definitivo contra Hayes y sus hombres. Pero fue repelido.

Seguía matando en su propio dominio, así que el 20 de agosto ya solo le quedaban 36 hombres y a Hayes le seguía ya medio centenar.

En septiembre, al llegar el final de su tiránico reino, le quedaban solo 20.

Trató de engañar a sus adversarios con añagazas, emboscadas y triquiñuelas, pero Hayes y sus hombres resistieron los ataques, hasta que en uno de ellos, el propio Cornelisz es hecho prisionero.

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Durante el siguiente ataque, a primeros de septiembre, que sus fieles realizaron bajo el mando de un nuevo jefe, el joven Wouter Loos, aparece en el horizonte la vela del barco que trae de vuelta al capitán, cuyo viaje había sido un éxito y regresaba con ayuda y potestad para impartir justicia.

Durante el juicio que siguió, Jeronimus Cornelisz culpó de sus crímenes a sus compinches, pero no le valió de nada. El 3 de octubre eran ajusticiados él y los principales culpables, demasiado tarde para las víctimas del infierno desatado por el boticario psicópata en un islote pelado.

Les cortaron las manos y les ahorcaron después. El boticario tuvo un final especialmente duro, pues intentó suicidarse con veneno infructuosamente y solo consiguió pasar su última noche en la tierra entre vómitos y diarreas. Visto el daño que causó y la crueldad que desplegó sobre sus inocentes semejantes, no parece un final inmerecido.

El resto de los asesinos recibió justicia antes de que acabara el año, pero no en la isla de Focas, como Cornelisz, sino en Batavia, conde esperaba la horca a 5 de ellos y torturas y desmembramientos a los demás.

La historia, ya entonces, corrió por Europa como la pólvora y sacudió las conciencias de la gente civilizada. Tan solo la arqueología puede hoy en día rescatar del olvido un episodio tan funesto, digno de figurar en historia universal de la infamia. En los restos que hoy se estudian, en el origen y dieta de las víctimas están algunas claves para entender bien el episodio, la importancia de la ruta que seguía el Batavia y extraer algunas lecciones del pasado.

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El pasado 4 de febrero, los arqueólogos de la Universidad de Australia anunciaron el hallazgo de una tumba relacionada con aquel episodio de crímenes sistemáticos que ha inspirado libros, películas y hasta una ópera y hace un par de días se supo que habían aparecido dos nuevos esqueletos.

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El último ha sido el undécimo que aparece en Beacon Island, que es como se llama el pequeño islote de poco más de 400 metros en medio de un sistema de arrecifes muy peligroso para la navegación en el que se produjo esta orgía de sangre y torturas.

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El esqueleto encontrado a primeros de febrero pertenecía a un adolescente. Dos proyectiles de mosquete se hallaron junto a los huesos.

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