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El mito del déficit y la inflación

Por: Federico Schmalen

Según un estudio del CIGES, la relación causal que la economía ortodoxa asegura que existe entre uno y otro fenómeno no se verificó durante los últimos diez años en Europa y, menos aún, durante los puntos más altos de la crisis.

El mito del déficit y la inflación

Se trata de un debate con cierta persistencia en la economía política y que ha recobrado relevancia en el último período en la Argentina.

Según la corriente de la economía ortodoxa, existe una relación causal directa entre déficit fiscal e inflación. Esta teoría ha sido retomada recientemente por los voceros del ajuste en nuestro país puesto que, el sustrato de fondo de la misma, se basa en que el orígen del déficit fiscal es el excesivo gasto público que genera un exceso de demanda agregada que, a su turno, se traslada a un aumento de los precios.

Con el argumento real de que la inflación es un impuesto que pagan fundamentalmente los asalariados y los que menos tienen buscan promover un ajuste en el gasto social, afectando el crecimiento, el empleo y precisamente el consumo popular que dicen defender.

El Centro de Investigación y Gestión de la Economía Solidaria (CIGES) acaba de publicar un informe en el que se proponen demostrar fácticamente que esa relación causal dista de verificarse en la realidad.

Para eso el informe analiza el comportamiento de esas dos variables en la economía de la Unión Europea (27 países) entre los años 2003 y 2012. Allí los investigadores aseguran que “en la UE, por más que exista un persistente déficit fiscal, poco ha influído en los niveles de inflación anual.” Para hilar más fino, el estudio realiza un primer recorte en el período previo a la crisis de 2008.



De este modo, a partir de datos de la EUROSTAT, demuestran que entre 2003 y 2008, el conjunto de países de la Unión, “mantuvo un déficit fiscal por debajo del promedio del 3,5%, la tasa de inflación se mantuvo en un promedio del 2,3% y sin grandes alteraciones” y, si bien en 2008 el déficit fiscal se situó un poco por encima de ese promedio (alcanzó el 2,4% del PBI), la inflación se disparó a un 3,7%, con un comportamiento muy dispar con relación al del déficit fiscal.

Pero el año posterior el comportamiento fue exactamente el contrario al que sostiene la lógica ortodoxa. En 2009, una vez que la crisis estalló con más fuerza, el déficit fiscal se disparó desde aquel 2,4% del PBI de 2008 hasta un 6,9% en 2009. Sin embargo, la inflación, que había sido de un 3,7% el año anterior se redujo a un casi imperceptible 1 por ciento. Es posible que, en este caso, el índice de precios haya estado afectado precisamente por la fuerte desaceleración de la economía europea y no por el mentado déficit fiscal que, en todo caso, podría haber operado en favor de una política anticíclica. El estudio explica que “si uno insiste con el postulado de déficit e inflación, entre 2009 y 2012, la reducción del déficit fiscal tendría que haber influído en la reducción de la tasa anual de inflación. ¿Se redujo?”, se pregunta el informe para responder a paso seguido que en ese mismo período “subió del 1% al 2,6 por ciento”. Además concluye que “este proceso de bajas tasas de inflación y de alto déficit fiscal trajo como contra cara una tasa de desempleo del 12,1 por ciento.”

Por último, el estudio destaca que el déficit fiscal que la Argentina verifica desde 2011, alcanzó un 1,7% del PBI para ese año y se redujo a un 1% del PBI en 2012. Esa cifra, recuerdan, “se encuentra dentro de los parámetros internacionales planteados por la UE que no están cumpliendo Francia o Inglaterra que, además, experimentan fuertes tasas de desocupación. Las estimaciones menos optimistas para el cierre de 2013 también ubican el déficit fiscal nacional en un máximo de un 2%, muy por debajo del techo impuesto por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE.



Sin ahondar en detalles, los autores concluyen que “la inflación debe tener otras causas” que deberían ser exploradas en las teorías existentes sobre el fenómeno bajo las particularidades que imponen “las economías periféricas”.

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