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El milagro a domicilio (Cuento corto)

Siempre he sentido un ardiente deseo de asistir a algún milagro y, para no verme defraudado, me he dirigido a los especialistas del ramo. He reunido, durante mis viajes, a cinco hombres que disfrutaban, en sus países, de la fama de poseer un poder especial en el arte de los prodigios, y los tengo aquí, a mi disposición.

Me cuesta considerables sumas —ninguno de ellos consentía en expatriarse sino a cambio de una importante indemnización—; pero soy, supongo, el único en el mundo que posee cinco Magos entre su personal de servicio. Uno solo podía faltar o no hallarse siempre dispuesto, mientras que de este modo estoy seguro de obtener el milagro a domicilio en el momento en que lo pida.

El primero de estos taumaturgos es tibetano y se llama Adjrup Gumbo. Dice ser lama amarillo y haber adquirido su poder mágico viviendo largos años en una gompa, en las más desiertas montañas del Tíbet, como discípulo del famoso Ralpa, de Ladak.

El segundo, Tiufa, es un negro wambagwe, del África Oriental, y era considerado, entre las gentes de su tribu, como el dueño absoluto de la tierra y del cielo.

En Bengala pude encontrar el célebre Baba Bharad, un sannyasi convertido en uno de los más extraordinarios faquires de toda la India.

El cuarto es Fang-Wong, un chino taoísta, adepto y luego maestro de la escuela tántrica, es decir, de la más reputada magia de Oriente.

El último es un europeo, Wolareg, que pretende hallarse en posesión de las más antiguas tradiciones iniciadoras y afirmar ser uno de los jefes del ocultismo occidental. No ha querido decirme nunca dónde nació; habla con toda perfección cuatro o cinco lenguas y escribe continuamente. Tiene casi dos metros de estatura y una cara de viejo muchacho mongol. Lleva el cuello siempre envuelto en una bufanda porque sufre de furúnculos y ántrax, y habla, no obstante su estatura, con una voz un poco infantil, pero al mismo tiempo solemne.

Creí haber escogido bien y poder al fin satisfacer el deseo de asistir a algún milagro entero y verdadero. Esto hubiera sido, de cuando en cuando, un remedio contra el horrible aburrimiento que me persigue en estos tiempos. Cuentas equivocadas, esperanzas vanas. Al menos hasta ahora —y hace más de un año que esos archimagos viven a mis espaldas— no he conseguido ver nada que se pueda llamar un milagro.

Reconozco que no les ha faltado la buena voluntad. Todas las veces que he dado la orden, a uno o a otro, para que me mostrasen un prodigio, han hecho todo lo posible por contentarme. Les he dejado en libertad para elegir el momento y el género de milagro; he concedido todas las prórrogas posibles.

Las promesas eran para engolosinar. Tiufa se compromete a hacer caer la lluvia en un día sereno y hacer huir el temporal; Fang-Wong tenía la seguridad de hacer aparecer cierto número de demonios que obedecieran a cualquier gesto mío; Adjrup Gumbo decía que estaba dispuesto a resucitar un cadáver en presencia mía y hacerme hablar con un muerto designado por mí; Baba Bharad, especializado en la levitación, me aseguraba que un día u otro ascendería sin ninguna ayuda cielo arriba hasta desaparecer de la vista y luego descendería a mi llamada; Wolareg, finalmente, se declaraba capaz de romper y mover los objetos sin tocarlos, transformar la sustancia de las cosas, fabricar oro, evocar espectros parlantes y hacerme dueño del mundo de los fenómenos y de lo oculto.

Pero todas sus tentativas han sido inútiles. Ahora faltaban, para el buen resultado del milagro, algunas esencias o piedras necesarias, que había de hacer venir del fondo de Asia o de África y que era preciso esperar algunos meses para que llegasen; otra vez eran contrarias las fuerzas cósmicas o no eran favorables las conjunciones de los astros, lo que hacía necesario aplazar la ceremonia; o bien el mago caía en una especie de catalepsia para realizar la tarea y manifestaba, al despertar, que un ocultista enemigo suyo se había enterado, desde lejos, de la operación que se estaba preparando.

Wolareg declaró que no cabía hacer nada si no podía disponer, como oficina para los ritos, de una caverna subterránea, revestida de basalto, orientada según sus instrucciones, y provista de trípodes, de hierbas mágicas, de varias varitas esculpidas, hechas con huesos de iniciados difuntos, y de un sancta sanctorum. Hice construir esa gruta en la parte más extensa del parque, de acuerdo con los planos y deseos de Wolareg, pero, según decía, faltaba siempre algo esencial y que no podía encontrarse, y ha sido ése el que me ha costado más y el que me ha dado menos.

Los otros intentaron, algunas veces, ofrecerme algún truco ingenioso como sustitutivo de los milagros en vano prometidos. Les dejaba hacer, al principio, para divertirme y, luego, para desenmascararlos. No quería despilfarrar de ese modo mis dólares. Me había provisto, para no parecer un imbécil, de obras de prestidigitación y de ensayos críticos sobre los médiums y faquires y los había leído. Conmigo no era posible el engaño.

Una vez murió uno de mis camareros, y Adjrup Gumbo recibió el encargo de resucitarlo. Se encerró en la cámara del muerto por algunas horas, la llenó de humo y luego me mandó llamar. A través de los vapores y de los aromas, vi de pronto a mi pobre Ben que encogía las piernas y alzaba a sacudidas la cabeza; pero hice abrir las ventanas y me di cuenta de que el tibetano, sirviéndose de los hilos de la luz eléctrica, había recurrido, no a la ciencia de los lamas, sino a la corriente puesta a su disposición por la ciencia europea. Y el supuesto resucitado tuvo que ser enterrado al día siguiente en el cementerio vecino.

Baba Bharad quiso repetir ante mí el conocido prodigio de la simiente de mangostán que, sembrada y regada, después de una hora se transforma en una planta con frutos. Pero no me fue difícil, con la ayuda de una pala, demostrarle que conocía el misterio, es decir, que en el terreno había sido colocada con anterioridad, sobre un redondel de corcho, la plantita de mangostán, que el agua había levantado en el momento oportuno.

Fang-Wong hizo aparecer, en una estancia medio vacía, una forma verdusca que, según él, era uno de los más temibles demonios subterráneos, uno de aquellos espantosos Fang-Lean. Mi lámpara de bolsillo me permitió reconocer, bajo la capa verde, a un negro empleado en la cocina que se había prestado a representar el papel de demonio ante la promesa de una botella de gin.

En lo que se refiere a Tiufa, tuve que resignarme a contemplar su cuerpo fuliginoso y untuoso asaeteado por grandes alfileres, de cuyas heridas brotaban algunas gotas de sangre; muy poca sangre por el dinero que cuesta su manutención.

Es necesario ahora que piense en deshacerme de los cinco taumaturgos impotentes. Wolareg, desde la altura de sus dos metros asegura que falta el aura, la atmósfera magnética, que este país materialista no permite las manifestaciones de la pura energía espiritual, y, en fin, que mi escepticismo paraliza sus poderes y los de sus colegas.

Hecho notable: los cinco magos se han hecho muy amigos y disfrutan, cada día, de un milagroso apetito.

Giovanni Papinni, del libro Gog.

Y algunos temas alusivos para terminar!