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El mejor Presidente de la Historia Argentina: Julio A. Roca

El mejor Presidente de la Historia Argentina: Julio A. Roca

No hemos tenido tantos buenos presidentes; por eso, la pregunta sobre cuál fue el mejor de la historia es probable que no tenga una respuesta fácil. Para mí, fue Julio Argentino Roca, quien condujo al país durante dos mandatos; 12 años en total: 1880 a 1886 y 1998 a 1904.

El general Roca es un personaje estigmatizado por algunos grupos con fuerte influencia política y que se hacen oír en los medios, en especial a causa de la llamada Conquista del Desierto, que él encabezó antes de ser presidente, como ministro de Defensa de Nicolás Avellaneda, entre 1878 y 1879, en virtud de una ley nacional. Es como asi lo relataba Ceferino Reato para LA NACIÓN:

El objetivo de esa ley fue ocupar un vasto territorio que era dominado por los mapuches, dado que, según esa norma, “la presencia del indio impide el acceso al inmigrante que quiere trabajar”. Se trataba de liberar esas tierras para atraer a los inmigrantes, que solucionarían la escasez de población del país.

El mejor Presidente de la Historia Argentina: Julio A. Roca

La disputa sobre esas tierras venía desde la Independencia y los indios resistían con sus malones y ataques a las ciudades de frontera. La campaña militar, en la que Roca contó con el respaldo de 828 indios “amigos”, terminó con la derrota de los aborígenes, que tuvieron 1313 “indios de lanza” muertos. Liberó a unos 900 cautivos y tomó prisioneros a casi 13.000 indios, en su gran mayoría mujeres y chicos.

A partir de esa victoria militar, la Argentina incorporó un vasto territorio: el sur y el oeste de la provincia de Buenos Aires, el sur de Córdoba, casi la mitad de San Luis y buena parte de Mendoza, y las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.

Según los críticos de Roca, la campaña fue un “genocidio”. La cuestión merece un artículo en sí mismo; en mi opinión, no se puede juzgar el pasado con categorías recientes. En aquella época era muy habitual que los vencedores mataran a los vencidos, algo horrible para nosotros, pero que se puede observar, por ejemplo, en episodios de la Guerra del Pacífico, entre Chile y Perú, y en la Guerra de la Triple Alianza.

A propósito, Roca aprovechó que Chile estaba involucrado en la guerra contra Perú para lanzar la ofensiva contra los indios, que tenían una relación familiar, directa y fluida con los mapuches que vivían detrás de la Cordillera. Tanto era así que provenían de Chile; eran chilenos. También Chile estaba interesado en extender su frontera hacia el Sur y por eso, apenas terminada la guerra con Perú en el Norte, lanzó una campaña militar contra los indios.

Algunos de los críticos de Roca adhieren al nacionalismo y tienen como emblema a Juan Manuel de Rosas. Pues bien, en 1833, en su Campaña del Desierto, Rosas mató a 3200 indios, casi tres veces más que Roca. Son nacionalistas raros, sin territorio; no se preguntan qué habría pasado si Roca no vencía a los indios: ¿ese inmenso territorio quizá sería ahora un país indígena independiente o pertenecería a Chile, a Inglaterra o a Francia?

Otras voces críticas provienen de las filas kirchneristas. Supongo que no cuentan con la venia de la presidenta Cristina Kirchner y tampoco tenían la aprobación de su marido, el ex presidente Néstor Kirchner, que nació en Río Gallegos, capital de Santa Cruz, un territorio que es argentino gracias a la Conquista del Desierto. Fue nuestro primer presidente patagónico también gracias a Roca.

Es claro que la Conquista del Desierto, y más aún lo que sucedió después, tuvo varios aspectos criticables, como el trato, inhumano, cruel, a los indios prisioneros (muchos chicos fueron separados de sus madres, por ejemplo) y la concentración de parte de las tierras liberadas en pocas manos.

Pero, en aquel momento, la Conquista del Desierto le permitió a Roca convertirse en presidente en 1880. Fue un mandatario exitoso. Un político tiene que serlo, decía Juan Domingo Perón: “El conductor es un constructor de éxitos”. Y el primer logro es gobernar todo el mandato. Roca fue presidente dos veces y no consecutivas, porque la Constitución de 1853 no lo permitía.

Roca tuvo muchos logros: sólo en su primer gobierno, la ley de educación 1420, que estableció la educación universal, obligatoria, gratuita y laica; el tratado de límites con Chile; la fundación de La Plata; la construcción de una red ferroviaria; la llegada y ubicación productiva de millones de inmigrantes.

Pero lo más importante fue el lugar de Roca en la historia: fue el padre del Estado nacional y la figura política más relevante de la Generación del 80, que se convirtió en el núcleo de la clase dirigente durante varias décadas.

Con Roca, se organizó el Estado nacional; se acabó la anarquía y comenzó un período de paz y administración, de paz y progreso, en el que el país se convirtió en una de las economías más pujantes del mundo. Un país en el que cambió el ciclo económico, donde pasaron a predominar los granos y la carne. ¿Gracias a qué? Gracias a la disposición de tierras fértiles y a la llegada de inmigrantes.

Roca fue una figura de gran visión política. Un ejemplo: como ministro de Guerra, conquistó millones de hectáreas frente a la amenaza cierta de otros países, como Chile, de quedarse con esas tierras; pero luego firmó el primer tratado de límites con Chile, y no cedió a los cantos de sirena de quienes le proponían ir a la guerra con el país vecino. Tuvo visión: sabía que una guerra con Chile, aun cuando pudiera ser ganada, sería el germen de una sangrienta inestabilidad en la región durante décadas.

Otras críticas contra Roca apuntan contra la clase dirigente de la época, contra la Generación del 80 y sus figuras: Mitre, Avellaneda, Sarmiento, Pellegrini y Roque Sáenz Peña, entre tantos otros. Es una visión de izquierda populista, tal vez anarquista, “progresista”, que está bastante arraigada en el ambiente periodístico e intelectual.

Por un lado, esa visión desprecia la importancia de las elites dirigentes, pero sólo en nuestro país, dado que suelen admirar a las clases dirigentes de otros países. Es un pensamiento absurdo y, a la vez, ladino, puesto que incluso y sobretodo fuerzas de izquierda o “progresistas” han desarrollado su propia clase dirigente; su establishment de candidatos que se repiten elección tras elección.

Una sociedad está conformada por sus sectores populares, sus clases medias, sus elites; una sociedad sin clase dirigente, o con una clase dirigente disminuida, débil, timorata, es una sociedad sin timón, que anda a los tumbos, a los bandazos: una década es privatista, la siguiente se vuelve estatista.

El segundo rasgo de esta visión interesa más: los vicios del esquema político y electoral del roquismo y de la Generación del 80. Roca fue precisamente conocido como “el Zorro” por su astucia y habilidad para manejarse en esa situación. Falta decir que esos vicios fueron corregidos desde la propia Generación del 80 a través de sus sectores más modernos, más liberales, con la ley Sáenz Peña, de 1912, que garantizó el voto universal, obligatorio y secreto.

La Argentina tenía un gran dinamismo: llegaron millones de inmigrantes, y tanto la escuela pública como la red de hospitales públicos, dos creaciones de la Generación del 80, convirtieron a esos inmigrantes en sectores medios que pudieron votar y fueron los principales beneficiados de la ley impulsada por Roque Sáenz Peña.

Una democracia republicana no se da en el vacío. Se necesita un conjunto de ciudadanos que voten y hagan valer ese voto; eso ocurre en un país con una cierta complejidad, con una clase media más órganos de clase media, como diarios y grupos políticos.

Esa clase media fue construida por la Generación del 80 gracias a la salud y la educación públicas, y es la que llegó al poder con el radicalismo.

En síntesis: Roca organiza el Estado y la Nación; conduce la Argentina hacia el éxito económico; un éxito relativo, con tensiones, porque así son las cosas en un país que se mueve hacia arriba. Lo importante es que el país de Roca es dinámico, desata fuerzas que van solucionando esas tensiones.

Roca es el símbolo de un país en evolución; de un país que mejora en forma progresiva y que en esa marcha incorpora a todos sus sectores: al pueblo, a la clase media y a las elites.

Un Estado moderno, una nación pujante, un país que progresa y que contiene a todos sus habitantes. ¿Se puede pedir más de un líder político?

Ese hombre, ese tucumano, ese gran estadista que tenía el empaque de un archiduque, y la astucia de un cacique ranquel, era por sobre todas las cosas un hombre práctico. En todo lo que emprendió le fue bien, todo lo hizo a su tiempo y sin equivocarse, en su existencia no hubo nada de exilios, ni luchas contra el poder, ni muertes en la indigencia.

El mejor Presidente de la Historia Argentina: Julio A. Roca

Se casó con una dama de la sociedad cordobesa, la señora Clara Funes, con la cual, si bien nunca estuvieron enamorados, se las arreglaron para estar juntos, hasta que la muerte los separó. Siendo aún jóvenes, ella enfermó súbitamente y en muy poco tiempo lo dejó solo.

Bueno…lo de “solo” es una forma de decir. Antes de morir Clara, grandes temporadas pasaba el joven General en campaña, y la niña en casa de sus padres. Él gozaba de esas libertades que, en alguna oportunidad, hicieron peligrar la unión, a tal punto que en una ocasión hizo falta la mediación de un obispo para evitar la inminente separación. De todas maneras, él, más allá de sus aventuras, en su fuero íntimo parece haber sentido por ella una gran estima y respeto.

En carta a su hermano Alejandro, luego de la muerte de Clara, confiesa desconsolado: “Ya te debes imaginar cómo estará esta casa, faltando ella, que era un modelo de madre y esposa (…) ¡Pobre Clara! Me ha desgarrado el alma verla morir. Ha muerto como una santa y más linda que nunca…”

Sin embargo, ya desde sus años de mozo, al “Zorro” se le conocen ciertas aventuras.

En 1869, siendo todavía soltero, y estando en Tucumán, conoció a Ignacita Robles, una joven “de buena aunque modesta familia”. Lo cierto es que se enamoró perdidamente a los veintiséis años. La madre de ella los vigilaba a sol y sombra. Un día, él se hartó y raptó a su amada.

Estuvieron unos días juntos. Como, aparentemente, no había planes de matrimonio, la familia de ella decidió tapar el asunto. Al tiempo, Ignacia Robles tuvo una hija, a la cual se conocería como Carmen Roca o Robles de Ludwig. Esta supuesta hija extramatrimonial se presentó en la sucesión de Roca pidiendo ser reconocida como hija natural del causante, lo que motivó un sonado juicio de filiación, que terminó con el rechazo de la pretensión.

Sin embargo, se comprobó que Roca siempre había favorecido con asistencias y auxilios a su supuesta hija. En su declaración testimonial, Clara, la hija menor de Roca menciona que en el velatorio de su padre vio a una joven llorar desconsoladamente, y le preguntó a su hermana Agustina quién era, a lo cual le respondieron: “Es una hija de papá”.

El verdadero amor le llegó tarde al General. Guillermina de Oliveira Cézar de Wilde era una hermosa joven de la sociedad porteña. Casada a los quince años con un hombre que, sobradamente podría ser su padre, el doctor Eduardo Wilde, el cual, al momento del casamiento ya era viudo y contaba cuarenta y un años. Roca, que por aquellos tiempos era Presidente de la Nación, apadrinó la boda, y fueron testigos Pellegrini y Victorino de la Plaza.

Sin embargo, los futuros amantes se habían conocido poco antes, en una fiesta que se dio en Buenos Aires en honor al duque de York, quien reinaría luego en Inglaterra con el nombre de Jorge V. Guillermina estaba espléndida, y esa noche bailó un buen rato con el futuro rey. Pasaron algunos años, incluso ella, junto a su marido, vivieron en París un tiempo. No tuvieron hijos. Su esposo tenía una extraña manía: gustaba de mostrar su esposa a sus amigos mientras ella dormía…

Se decía que ambos constituían un “matrimonio blanco”. Cuando la pareja regresó a Buenos Aires, el General, que ya era viudo, quedó deslumbrado por esa hermosa dama. La relación prohibida surgió como algo que no pudieron evitar. Él tenía cincuenta años y ella veinticinco. El marido, un hombre puramente racional y desapasionado, fingía no advertirlo…

Si alguna vez en la vida Julio Argentino Roca se enamoró fue de la dulce Guillermina. Como dato ilustrativo podemos agregar que a la gestión incansable de la hermana de Guillermina (Ángela Oliveira Cézar de Costa), los mendocinos debemos la existencia del Cristo Redentor.

El romance escondido contaba con la complicidad de la hermana de ella y su esposo, amigo del General.

La situación comenzó a complicarse, pues era la comidilla de la sociedad de la época; al cuerpo de Coraceros, que eran la escolta del Presidente, la gente les llamaba “los guillerminos”. De tal manera, y con todo el dolor del alma, él decide abandonar la relación para siempre. Envía a Wilde como ministro a Washington, y luego a la legación argentina en Bélgica y Holanda. “Caras y Caretas” publicaba una caricatura donde Figueroa Alcorta hablando con Roca criticaba la designación de Wilde en Holanda, y el Presidente le contestaba: “Confío en que ha de serle grato a Guillermina…”. La ironía era genial, Guillermina se llamaba también la reina de Holanda.

Aunque continuaron escribiéndose, y volvieron a verse alguna vez, el idilio estaba terminado. Ella, no obstante su desliz, fue una mujer tímida que ni aún en sus cartas a él revelaba sus verdaderos sentimientos; él parece haber estado más enamorado que ella. La llamaba “Querida ausente”.

Guillermina quedó viviendo en Europa, se dedicó a actividades de beneficencia y allí enviudó, luego regresó a Buenos Aires y murió en 1935.

Hellène Gorjan era una bella dama rumana, cuyo padre había sido general y ayudante del rey. Ella había estado casada, pero cuando conoció a Roca se hallaba separada de su marido, llevando una vida de aventuras por las capitales y balnearios de Europa. Se conocieron en Vichy, en uno de los viajes de Roca, luego él la hizo venir a Buenos Aires, y ella viajó, incluso hasta con sus perros. Al llegar se instaló en Martínez, y luego se trasladó a un chalet cercano, a la estancia “La Larga” (propiedad de él) que el General le hizo edificar.

El chalet, construido en su totalidad con materiales importados, estaba rodeado por un gran parque. Era conocido por los lugareños como “La Casa de la Madama”. Hellène se expresaba en francés y era muy apasionada al juego, por ello, Roca le obsequió gallos de riña que obtuvieron premios; también le hizo instalar una línea telefónica en su casa en Martínez para que pudiera comunicarse directamente con el hipódromo de Palermo y hacer sus apuestas.

Ella mencionaría la virilidad de su amante, con el cual aseguraba haber tenido relaciones íntimas, hasta muy poco antes de la muerte del General. Sin embargo, luego de la muerte de él, Hèllene debió abandonar el chalet, pues nunca se concretó la donación de mil hectáreas que “le bon General” le habría prometido. Lo cierto es que ella volvió a Martínez y sobrevivió un tiempo vendiendo sus joyas, después se unió a un rumano, y se trasladó a vivir a la ciudad de Mendoza.

Ese hombre luego murió, y ella quedó viviendo sola en nuestra ciudad, auxiliada por un compatriota dueño de una bodega y algunas personas de la sociedad mendocina. Sus últimos tiempos los pasó alquilando una habitación en una casa de la calle San Martín, en Godoy Cruz, frente a la bodega Arizu. Aquí terminó sus días. Era ya una anciana de porte distinguido, que aún poseía algo de su belleza de otros tiempos. Una noche del invierno de 1958, mandó traer una botella de champán, brindó con el matrimonio que cuidaba la casa, y al otro día amaneció muerta.

Dolores Candelaria Mora Vega, a quien los argentinos conocemos con el nombre de Lola Mora, fue una famosa escultora. En 1900 le fue encargada por el gobierno los relieves que adornan la histórica Casa de Tucumán. Luego, en 1906 presentó su “Fuente de Las Nereidas”, obra efectuada por encargo de la Municipalidad de Buenos Aires, la cual resultó muy atrevida (considerada “libidinosa”) para el gusto de la época. Finalmente, dicha obra, que originalmente estuvo emplazada cerca de la Casa Rosada, fue trasladada a la Costanera Sur, lugar donde se encuentra actualmente.

Tenía una costumbre que molestaba a las damas moralistas de la época: gustábale trabajar luciendo unos originales pantalones. Esta mujer fue vinculada sentimentalmente en repetidas ocasiones al General Roca, quien la favoreció en reiteradas ocasiones y visitó su estudio en Roma.

Realmente, no está comprobado fehacientemente que entre ellos haya existido alguna relación más íntima de lo que fuera una mera amistad entre ambos.

En honor a la justicia histórica hay que reconocerse los méritos de la gestión gubernativa roquista. Incluso sectores intelectuales de izquierda así lo han venido haciendo desde tiempo atrás y Jorge Abelardo Ramos en su “Historia de la Nación Latinoamericana” pudo observar entre el haber del ciclo bajo la influencia del tucumano, que quedó concluida la unidad del Estado en 1880 “y federalizada Buenos Aires por el ejército de provincianos dirigido por Roca, (cuando) la gran provincia quedó sin su orgullosa ciudad, que pasó a ser de jurisdicción federal, terminando un viejo pleito”.

Y entre otros aciertos uno no menor fue la elección durante sus dos mandatos de excelentes colaboradores en las diferentes áreas ministeriales. Así pudo instaurarse un régimen que aunque ideológicamente conservador tuvo aristas en extremo progresistas merced a gabinetes –bien que también fue su ministro de justicia e instrucción pública el cordobés Manuel D. Pizarro, alguien que se opuso a la ley de matrimonio civil finalmente sancionada en 1888- en los que sobresalieron Eduardo Wilde, Bernardo de Irigoyen, Luis María Drago, Marco Avellaneda y sobre todo Joaquín V. González.

Precisamente a este último le cupo en 1902 promover la modificación del régimen electoral estableciéndose el escrutinio uninominal. Y sabido es que en resulta de ello, en 1904 fue electo Alfredo Lorenzo Palacios primer diputado socialista de América.

El historiador Víctor García Costa, en su libro “Alfredo Palacios entre el clavel y la espada”, trascribe las palabras del ministro del interior González pronunciadas con motivo del defender el proyecto del Poder Ejecutivo: “No nos debemos asustar porque vengan a nuestro Congreso representantes de las teorías más extremas del socialismo contemporáneo. ¿Por qué nos hemos de asustar? ¿Acaso no somos también parte de ese movimiento de progreso de la sociedad humana? ¿Acaso no formamos parte de la civilización más avanzada? Es mucho más peligrosa la presidencia de esos elementos que viven en la sociedad sin tener un eco en este recinto, que el darles representación”.

No es de extrañar que González emitiera tales conceptos toda vez que en una suerte de humanización de aquel “periodo eficaz, progresivo y hasta despiadado a partir de 1880”, en la caracterización de David Viñas, impulsó el primer proyecto de Código de Trabajo creando para ello una comisión que integraron entre otros José Ingenieros, Leopoldo Lugones -por entonces socialista-, Augusto Bunge, Manuel Ugarte y Enrique del Valle Iberlucea. Que poco antes encomendó al español Juan Bialet Massé informar sobre el estado de las clases obreras argentinas y hasta que designó en la Universidad Nacional de la Plata, de la que fue fundador y presidente, al antes nombrado del Valle Iberlucea -notable jurista electo en 1913 senador por la Capital Federal en representación del partido socialista-, secretario de esa casa de altos estudios. Según dato que proporciona Vicente Osvaldo Cutolo en su Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, del Valle era hombre de confianza del autor de “Mis montañas” y permaneció en esas funciones desde la fundación de la Universidad de la Plata hasta 1913.

Lo cierto es que la visión nada sectaria del ilustre riojano permitió que el veinteañero Palacios pudiera, desde su banca, oxigenar la República conservadora diseñada por la Generación del Ochenta, generación de la que “El Zorro” y su régimen fueron la fórmula política más acabada. Y ello al llevar el verbo del legislador socialista Palacios, la expresión de agravios del naciente proletariado argentino.

UN GRAN HOMBRE CON GRANDES HUEVOS QUE DEJA A LOS ACTUALES GOBERNANTES A LA ALTURA DE UN POROTO

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