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El Llanto del Condenado (cuento)

Sentado en su celda, mirando a la pared, imaginando una ventana, dibujando con su sombra algo de compañía, espera, marchito está desde aquel día, en que sus manos no respondieron a su cabeza y cometió el fatídico acto, escribió con sangre sus culpas y desde entonces que no habla, desde entonces no importa si habla, si le hablan, todo en el fondo está revestido de silencio, le da igual todo… está condenado a una no vida… vegeta entre las rocas, es piedra entre las piedras, la luz le ignora, sus movimientos son de autómata, no sabe su nombre, ni reconocería su rostro tras un espejo, día a día expele su alma, ya no sueña con un cielo, ni un infierno… no añora la muerte, no imagina la vida.

Los guardias lo llaman estatua, y lo tratan como tal, barriendo sus rededores y liberándolo de la caca de los ratones, que a falta de palomas, se dedican a intentar corroerle (aun mas), los presos le llaman el espectro, pues dicen verlo en más de un lugar a la vez, como sombra, apareciendo, dando bramidos de dolor, hay quien dice, que cuando la cárcel se construyó el ya la habitaba, que es en realidad el arquitecto de esta, que al enloquecer se reservó el peor cuarto de su obra, que no hay registros de él, que en realidad no existe y no es más que una creación de la histeria colectiva, que es un mito creado por los gendarmes para sembrar el terror en los reos.

Un día por problemas de hacinamiento me asignaron su compañero de cuarto, la primera impresión fue espeluznante, es justo como te imaginas a alguien podrido a voluntad intentando, mas no logrando una gota de redención, a su alrededor miles de manuscritos en una letra al parecer cifrada (que nunca vi escribir, pero día a día aumentaba), despertaba por las noches con sus bramidos inhumanos de frío, que no se iba, por mucho que le cobijara, ¿Qué cosa terrible pudo haber hecho ese hombre para terminar en ese estado?, día a día me parecía aun más viejo, una noche se despertó, se levantó de su musgoso lecho, y me dijo a mil voces que su fin se acercaba, que le procurara una tela, pinceles y pintura (que conseguí con un gendarme de buen corazón).

Llegó el día, se despertó llorando (yo no pensaba que su rostro fuera capaz de expresar), raudo y veloz como un relámpago dibujó, dibujó, cuando hubo acabado, una mirada al cielo, luego un desplome… los guardias se llevaron su cadáver, veo el cuadro es el rostro de un joven, con las lagrimas de mi infeliz compañero en los ojos.

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