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El hombre en la eternidad: muerte (solo texto, parte 1)

En la escala logarítmica de la vida del hombre alcanzamos el nivel del noveno hito y, luego, nos detuvimos. El noveno hito es la muerte. En el círculo, el noveno hito es también el cero, el comienzo, la concepción. La muerte y la concepción son una. Este es el misterio del amor y la muerte.

En cada hito entró una energía más intensa. En el primero, la energía de la digestión, en el segundo la de la respiración, en el cuarto la energía edificadora del cuerpo, en el quinto la energía del pensamiento, en el séptimo la energía de la acción pasional, en el octavo la energía del sexo, la creación y el dominio de sí mismo.

En el noveno entra una energía de tal intensidad que para el hombre ordinario es absoluta y final, del modo como el fuego es absoluto y final para un pedazo de madera. Su individualidad se desvanece por completo en ella. El queda destruido y esta energía le parece la muerte.

Pero existe la posibilidad de que tal energía, que llega al hombre ordinario sólo para destruírlo, pueda tener un significado bien diferente para otros seres. Para una mariposa la energía de la llama de la vela sólo existe para destruirla, pero la llama hace posible que vea el hombre. Es demasiado fuerte para la mariposa, pero esta misma fuerza proporciona al hombre una nueva percepción.

La energía de la muerte es la energía que une a todas las cosas, las convierte a todas en una, del modo como todos los objetos de madera puestos al fuego, se unen en el mismo calor y en la misma ceniza. El hombre ordinario no tiene suficiente conciencia para resistir esta energía, así que no puede saber lo que significa tal unificación.

¿Qué es lo que sabe acerca de la muerte? Todo lo que podemos describir ordinariamente son puros signos físicos – la cesación inmediata de la respiración y del latido cardíaco, la pérdida gradual del calor corpóreo en 15 o 20 horas, la onda de rigidez que pasa lentamente desde el maxilar hasta los pies y desaparece en la misma forma, y el comienzo de la putrefacción en dos o tres días.

Todo esto nos habla solamente de la desaparición de un cuerpo individual fuera de la línea del tiempo histórico. Nada nos dice acerca de lo que acontece a la esencia del hombre, a su individualidad. Tampoco nos dice qué ocurre con su conciencia, si es que la ha adquirido. Y no arroja luz sobre lo que podría significar la unificación en la muerte.

¿Hacia dónde va la esencia del hombre en la muerte? ¿Cuál es el misterio de que la muerte y la concepción sean una? Ningún conocimiento ordinario, ninguna experiencia común y, en verdad, ningún ordinario ‘espiritualismo’ nos da indicio alguno.

Sin embargo, hemos encontrado un indicio de la muerte. A partir de nuestra escala de tiempo podemos establecer que con cada respiración de un hombre, todas las moléculas de su cuerpo ‘mueren’ y son reemplazadas por otras. Con cada respiración posee un cuerpo molecular completamente nuevo. Y en un pulso de atención difícilmente perceptible, ‘él mismo’ –todo lo que sabe, comprende, recuerda, todos sus hábitos, gustos, repulsiones, todo lo que él llama ‘yo’– se ha quedado dormido y ha despertado nuevamente para encontrar todo igual que antes.

De modo análogo cada noche, mientras duerme, una gran parte de sus células mueren y son reemplazadas por otras. Por la mañana posee un nuevo cuerpo celular. Sin embargo, cuando despierta, su nuevo cuerpo tiene la forma, constitución y estado de salud idénticos a los del antiguo y despierta en él exactamente el mismo yo que habitaba en el otro.

En esta forma el hombre está muriendo y renaciendo continuamente. Empero, él mismo, su individualidad, permanece la misma. Pues aquellas partes que mueren son recreadas como antes lo fueron. Sólo un cambio infinitesimal, suficiente sólo después de decenas de miles de repeticiones para producir la diferencia entre la juventud y la vejez, ocurre en cada renacimiento.

¿Qué causa esta continuidad? Es la relación de los cosmos y la relación de dimensiones. El tiempo de la célula no está integrado por generaciones de moléculas, sino por su recurrencia, esto es, por su quinta dimensión. El tiempo del hombre no está integrado por las generaciones de células, sino por su recurrencia, por su eternidad.

Con cada respiración el cuerpo molecular del hombre muere y renace. Se queda dormido por un momento. Y en este momento cada molécula recurre, renace la misma. Renace en el punto idéntico en la célula idéntica que antes ocupaba, en el instante idéntico de su muerte, de material idéntico y heredando todos los efectos previamente produ. cidos sobre su alrededor – no puede ser otra que la misma. Si así no fuese, la célula no podría ser la misma.

Con cada noche, el cuerpo celular del hombre muere y renace. Se queda dormido. En este sueño cada célula recurre, renace la misma. Renace en el mismo punto idéntico del cuerpo humano que antes ocupaba en el instante idéntico de su muerte, de material idéntico y heredando todos los efectos que previamente produjo sobre su alrededor – no puede ser otra que la misma. Si así no fuese, no podría continuar el cuerpo humano.

Con cada vida, el cuerpo humano muere y renace. Cae dormido. En este sueño su cuerpo recurre, renace el mismo. Renace en el mismo punto idéntico del mundo de la humanidad que antes ocupaba, en el idéntico instante de su muerte, de material idéntico y heredando todos los efectos producidos previamente sobre su alrededor – no puede ser otro que el mismo. Si así no fuese, la humanidad no podría continuar.

Hemos dejado a la analogía seguir su curso. ¿Cuál es el significado de este extraño y terrible resultado? Sólo puede significar que a cada acabamiento la vida deja un residuo de efectos –sobre la naturaleza, sobre el medio ambiente, sobre otros hombres y mujeres– que devienen las causas automáticas de la vida por venir. La impresión dejada por los hechos de este cuerpo es el molde exacto de la forma del próximo cuerpo. Esta impresión es la huella de la esencia del hombre. La huella es la imagen de su causa y la causa de su imagen próxima. La esencia y sus efectos son uno.

En el momento de la muerte, el esquema de estos efectos, transformado por este relámpago cósmico en un signo único, es lanzado a través del tiempo sobre el embrión que espera. Este es el secreto de lo que ocurre a la esencia del hombre en la muerte. Causa el nacimiento de nuevo del mismo cuerpo, en el mismo lugar, de los mismos padres, al mismo tiempo.

Tal posibilidad no puede pertenecer al tiempo ordinario, esto es, a la cuarta dimensión del hombre. Sólo puede pertenecer a su quinta dimensión, su recurrencia, su eternidad.

Muerte y concepción son una en la eternidad. La vida de cada hombre radica en el tiempo, pero la suma de sus vidas radica en la eternidad. El punto en que una vida se une a la siguiente es el punto donde el tiempo se une a la eternidad. En este punto los efectos de su vida pasan de un tiempo a otro tiempo. Lo que fué crea lo que será. Y todo lo que el hombre llama su ‘yo’, debe quedar dormido para despertar nuevamente en el mismo cuerpo, el mismo medio ambiente, los mismos problemas dejados antes – sin darse cuenta de que hubiera sido otro.

Porque no podemos penetrar directamente en mundos inferiores, no podemos conjeturar qué desintegración, explosión y fusión de éxtasis cegadores acarrea el oxígeno de cada una de nuestras inspiraciones a las moléculas de la sangre. Pero por nosotros mismos nos damos cuenta que este choque que separa el fin de una vida del comienzo de la siguiente, que arranca la esencia del cadáver y la lanza hacia atrás, hasta la misma simiente, es el más tremendo con que ha de enfrentarse el ser humano. En realidad, es demasiado fuerte para los hombres ordinarios que no tienen más alternativa que olvidar y dormirse.

Anteriormente comparamos el nacimiento y el fin de la niñez con los puntos críticos en los que el vapor se convierte en agua y el agua en hielo. El momento de la muerte y el de la concepción podrían, entonces, enlazarse a un punto en el cual, en un solo instante, el hielo regresara a través de todas las etapas, desintegrado en oxígeno e hidrógeno y, al mismo tiempo, de nuevo condensado en vapor. Pero para desintegrar la molécula en sus átomos separados y unir nuevamente estos átomos, se requeriría no solamente el calor, sino un intenso choque eléctrico. La energía de la muerte parece tener algún efecto análogo sobre todo el ser humano, desintegrándolo en las partes componentes del cuerpo, esencia, personalidad y vida y de reunir al mismo momento, en una forma diferente, aquello que sobrevive.

El instante en el cual todas las causas insatisfechas implantadas en la vida pasada son arrancadas del cadáver por la muerte, es el mismo terrible instante de impregnación, cuando los genes o la rúbrica del cuerpo que será, se precipitan a unirse en su nuevo esquema. Esto es aquello.

El cuerpo viejo decae y retorna a la tierra. El cuerpo magnético que fuera su vida, vuela a la Luna. La personalidad, en cualquier caso un reflejo, se desvanece con el objeto que reflejaba. Y la esencia, ahora una quintaesencia de causas acumuladas, pasa instantáneamente a través del tiempo para lanzar el cuerpo de otra vida.

Mas el hombre ordinario carece de alma consciente para que le acompañe. Así, no puede saber qué es la muerte, ni qué es la unificación de la muerte. Las causas pasan de una a otra vida, sin ser acompañadas por la conciencia. Si tuviese el hombre un alma consciente entonces, tendría la muerte para él un significado diferente.

Continuara…

Tomado del Libro: El desarrollo de la Luz

de Collin Rodney, alumno del Sr. P. D. Ouspensky

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