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El fracaso del socialismo del siglo XXI (MEGAPOST)

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El fracaso del socialismo del siglo XXI (MEGAPOST)


El socialismo del siglo XXI acaba exactamente igual que el del siglo XX: en la escasez más atroz generada por un modelo que penaliza el emprendimiento y la libre iniciativa de los ciudadanos.

El buque insignia del neo-socialismo latinoamericano, la Venezuela chavista, se hunde como el Titanic mientras la orquesta del salón sigue repitiendo falacias sobre “la muerte del capitalismo”.

Entretanto, los súbditos del Mega-Estado Chavista no tienen medicamentos, alimentos ni papel higiénico.

El agotamiento de la petro-chequera venezolana ha llevado a la “madre patria” del socialismo continental, la dictadura cubana, a enfocar sus alternativas de sobrevivencia económica en la normalización de relaciones ofrecida por Estados Unidos.

De ahí que, sin olvidar la estrecha coordinación que existe entre los regímenes autoritarios de Cuba y Venezuela, la realpolitik colocó a Raúl Castro ante prioridades muy diferentes a las de Nicolás Maduro en la reciente Cumbre de las Américas.

Si el objetivo central del heredero de Hugo Chávez era presionar a Barack Obama para eliminar o contener las sanciones norteamericanas contra los funcionarios corruptos del gobierno de Caracas, el del dictador cubano era consolidar el deshielo con el “imperio”.

Teniendo en cuenta la preeminencia de Cuba sobre Venezuela en el bloque socialista latinoamericano, la prioridad castrista se impuso sobre la chavista, de manera que los reclamos contra las sanciones quedaron en un segundo plano frente al acercamiento Obama-Castro, que se robó el show mediático de la Cumbre.

Esto consolida la hipótesis de que en la distensión Cuba-EEUU el perdedor terminará siendo el régimen del PSUV, que podría acabar sacrificado por La Habana ahora que no le reporta utilidad alguna.


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Revolución tecnológica y crisis del petro-populismo

La historia vuelve a repetirse: a mediados de los años 80, la apuesta reaganiana por el salto tecnológico que representaba la Iniciativa de Defensa Estratégica desnudó la obsolescencia del modelo soviético y fue un factor significativo para su derrumbe.

Ahora, otro salto tecnológico (la revolución del shale gas) parece a punto de barrer una serie de regímenes autoritarios basados en el rentismo de los hidrocarburos convencionales.

En Bolivia, este cambio cualitativo en el mercado internacional de los hidrocarburos primero fue negado sistemáticamente por el presidente Evo Morales y por su ministro de economía, Luis Arce Catacora, y solo de manera tardía comienza a ser admitido a regañadientes.

Mientras los responsables de la política económica evista (la denominada “Evonomics”) insisten en el blindaje de Bolivia y en que “no pasará nada”, el barril de petróleo acaba de caer a poco más de 40 dólares.

El ministro Arce Catacora, gurú del modelo rentista boliviano, afirma suelto de cuerpo que el país capeará la tormenta porque ya sorteó bajas anteriores de los precios internacionales.

Lo que no parece entender es que esta es algo más que una bajada pasajera como las que cita. Estamos ante una transformación cualitativa del mercado internacional de los hidrocarburos, que probablemente conduzca a una contracción sostenida del valor del barril del petróleo (y por ende del gas).

Esta transformación es impulsada por la revolución tecnológica del petróleo esquisto o no convencional, que convertirá a países hasta ahora importadores en autosuficientes e incluso en exportadores netos de energía, como es el caso de los Estados Unidos.

Como bien explica Álvaro Vargas Llosa, la manera que han encontrado los sauditas de hacer frente a la competencia del esquisto es precisamente bajar el precio del barril, ya que la mayor parte de los productores del petróleo no convencional lo extraen a un costo de 77 dólares el barril, con la excepción de un grupo de empresas eficientísimas que lo hacen a 66 dólares.

Es así que los regímenes petropopulistas latinoamericanos se encuentran ante un dilema de hierro: piden a la OPEP el recorte de la producción para aumentar el precio del barril, pero esto los llevaría a perder mercados frente al petróleo esquisto.

En resumen: se durmieron en el rentismo y la innovación tecnológica amenaza con llevárselos puestos.


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Disyuntivas del evismo

El régimen que conduce Evo Morales se encuentra ante una disyuntiva: al acabarse el ciclo de bonanza de los precios internacionales de los hidrocarburos, el pragmatismo indica la necesidad de tomar ciertas medidas que el evismo ya ha identificado, pero hacia las cuales no lo predisponen sus inclinaciones naturales.



Ejemplo 1: la debacle de los hidrocarburos convencionales impone la necesidad de darle una mayor libertad de acción al agro cruceño, como vía para impulsar cierta diversificación del modelo económico. De ahí la anunciada Cumbre Agropecuaria.



Sin embargo, el peso estructural del sector cocalero en el oficialismo ya ha comenzado a deformar la iniciativa, buscando dictarle su propia agenda al evento. La cocalerización amenaza con hacer naufragar la Cumbre.

Ejemplo 2: la misma desaceleración del sector petro-gasífero, así como el fracaso comercial de la ALBA y el deshielo entre Cuba y Estados Unidos, señalan como impostergable el acercamiento al mercado norteamericano. Pero la recuperación de las preferencias arancelarias para los textiles bolivianos pasa por un énfasis renovado en la lucha contra el narcotráfico.

Este es el trasfondo que ha motivado recientes declaraciones del nuevo ministro de gobierno Hugo Moldiz, incluyendo cierto guiño favorable a la DEA. Pero una vez más vuelven a pesar las inclinaciones naturales del masismo, llevando a agregar que el eventual acercamiento se daría sin que la agencia antidroga norteamericana vuelva al país.

También se encuadra dentro de este marco de contradicciones el hecho de que el vocero elegido sea alguien que ha admitido tener contactos con la narco-guerrilla de las FARC, uno de los principales cárteles de la droga de América del Sur.

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Contradicciones en el equipo económico

Pese a la negación oficial de la crisis en ciernes, hace algunos meses se registraron contradicciones dentro del equipo económico gubernamental que desnudaban la realidad.

Dos figuras claves en el equipo económico del gobierno evista, el ministro de hacienda Luis Arce Catacora y el (poco después fallecido) presidente de la petrolera estatal YPFB, Carlos Villegas, incurrieron en flagrantes contradicciones sobre la manera en la que el régimen encararía la bajada en los precios internacionales de los hidrocarburos.

Según Villegas, la situación podría enfrentarse echando mano a las Reservas Internacionales, pero este sinceramiento que da cuenta de lo preocupante del tema fue contradicho por Arce, quien volvió al guión oficial de “no pasa nada-no tenemos miedo” asegurando que no sería necesario acudir a las RIN.

En su lapsus de sinceridad, Villegas también dijo que el gobierno central podría utilizar recursos de las gobernaciones y de los municipios para hacer frente a la emergencia, revelando lo que realmente estaría en la agenda del oficialismo.

Así se entiende por qué el Movimiento Al Socialismo ha lanzado la consigna centralista de “No al Pacto Fiscal mientras no hayan estatutos ni cartas orgánicas”.

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Centralismo fiscal y fin de la bonanza

Al gobierno de Evo Morales nunca le interesó descentralizar la renta estatal: ni cuando la pasajera bonanza de los precios internacionales de los hidrocarburos engrosaba las arcas públicas ni, mucho menos, en tiempos de debacle.

En el primero de los casos, porque centralizar los ingentes recursos era la oportunidad de construir una poderosa maquinaria clientelista-electoral, como efectivamente se hizo en los últimos nueve años.

En el segundo de los casos nos encontramos ahora, con el actual debate sobre el Pacto Fiscal, tema al que muy probablemente el régimen populista aplique sus “maniobras envolventes”, dilatando el diálogo para congelarlo después con la más peregrina de las excusas.

En esta nueva coyuntura, el gobierno central buscará retener el control de los menguantes recursos para sostener el mayor tiempo posible la reproducción en el poder de la nomenklatura evista, única finalidad real de la camarilla gobernante, que cumple a cabalidad con la definición más rigurosa del término oligarquía.

Las pensiones en manos del evismo

Ante la necesidad de buscar nuevas fuentes de financiamiento, también podría haber la tentación de echarle mano a los ahorros de la gente para paliar cuentas deficitarias.

La nueva Ley de Pensiones dictada por el régimen populista de Evo Morales impone la estatización de los ahorros de retiro de los bolivianos, hasta ahora administrados en AFPs privadas de libre elección y que pasarán a manos de una Gestora Pública monopólica.

La medida es cuestionable tanto porque implica restringir el derecho de los ciudadanos a decidir dónde colocar sus ahorros para la jubilación, como por el riesgo de un manejo poco transparente o irregular en manos de la burocracia evista.

Los antecedentes administrativos de estos últimos nueve años son nefastos, y si pensamos que los fondos de pensiones deberán ser invertidos para generar rentabilidad, habrá que persignarse para que los iluminados planificadores masistas no arrojen el dinero de los aportantes al agujero negro de las ineficientes empresas estatales.

El fracaso de la estatización textilera

La Empresa Pública Nacional de Textiles (Enatex) es una muestra del fracaso de la política de estatizaciones del presidente Evo Morales (la rentabilidad de YPFB fue la excepción a la regla mientras duró la burbuja de los precios internacionales, pero habrá que ver su desempeño en tiempos de “vacas flacas”).

La compañía textilera se encuentra al borde de la quiebra y los burócratas a cargo del sector buscan la forma de endilgarles culpas a sus colegas, sin que ninguno llegue a acercarse al problema de fondo.

En busca del chivo expiatorio

En realidad, las declaraciones del vicepresidente serían parte de un nuevo guión oficial de discurso emergente, pensado para capear la crisis.

En la misma línea, el ministro Arce Catacora arremetió contra los empresarios bolivianos.

El funcionario dijo que es “una vergüenza” que la inversión privada nacional no llegue al 10% del PIB, comparándola con la inversión pública del 15%, e incluso responsabilizó al empresariado por la reducción en la previsión de crecimiento de Bolivia para este año.

La intención es evidente: encontrar un chivo expiatorio para la desaceleración económica que viene con el fin del modelo rentista de la Evonomics, basado en un extractivismo sin innovación tecnológica.

La culpa será de los malvados empresarios capitalistas, mientras que la inversión pública será la “gran salvadora” en el ciclo de debacle. Este es el guión gubernamental emergente, con el que además de confundir a la población se busca justificar una nueva oleada de gastos superfluos, que servirán para seguir enriqueciendo a la nueva élite pero dejarán al país enterrado en el agujero negro de una deuda exterior sin precedentes.

Habría que recordarle al ministro que la mentada inversión pública de los últimos años no ha sido otra cosa que el resultado rentista de una previa inversión privada en exploración, realizada durante el odiado periodo “neoliberal”.

También sería bueno preguntarse por las trabas burocráticas y las decisiones arbitrarias (cupos y prohibiciones de exportación, competencia desleal de empresas estatales con las privadas) que están desincentivando el emprendimiento de los ciudadanos.

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