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El exterminio sagrado: Culturas Espartana,Judia y Mexica

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Vivir con un colectivo mayoritario encargado de trabajar por tí es una ventajai pero también tiene sus inconvenientes. Uno de ellos es que un día esa gente se harte y se alce en armas, por lo que una forma de prevenirlo es sembrar el terror entre sus integrantes periódicamente y dejarles claro cuál será su destino. Es lo que se conoce como exterminio sagrado.

Se trata de un comportamiento que se dio en la Antigüedad en varios casos. De hecho, no sólo en esa época y a este lado del Atlántico sino también mucho después y allende los mares, pues ése sería el sentido básico -a decir de los antropólogos especializados- de los grandes holocaustos que realizaban ocasional pero cíclicamente los mexicas: los sacrificios humanos eran comunes en toda Mesoamérica -en realidad en todo el continente- pero sólo en Tenochtitlán alcanzaban ese carácter paroxístico que, además, no empezó hasta que esa civilización alcanzó el poder predominante en la región pasada la mitad del siglo XV.

Y aunque la población azteca se zambullía plena y entregadamente a esa orgía de sangre pintada de ceremonia religiosa (alimentar al sol para que salga cada mañana), no todos los pueblos la veían con la misma ilusión. Una cosa era ofrecer una víctima a los dioses de vez en cuando y otra aquella compulsiva matanza que superaba toda medida, como en 1487, cuando se inauguró el nuevo templo de Huitzilopochtli y los sacerdotes se pasaron cuatro días, cuchillo de obsidiana en mano, turnándose para sacar corazones palpitantes en las catorce pirámides de la ciudad: fray Diego de Durán cuenta en su Historia de las Indias de Nueva España que los caciques de otras ciudades asistían al espectáculo escandalizados, con incomodidad y temor. Seguramente ésa era la intención

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guerra florida

Guerras Floridas se llamaba a las realizadas con la intención exclusiva de capturar víctimas para sacrificar y, precisamente por eso, relativamente incruentas. Choques pactados entre ambos bandos, además, que se detenían cuando los sacerdotes consideraban que había número suficiente de prisioneros, pero que, en el caso mexica, servían de paso para infundir miedo a todo posible enemigo y como entrenamiento para el ejército. Algo muy conveniente en una período de plena expansión como el que vivían.


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judios

Matanzas disuasoras que en la Grecia Antigua también tuvieron su versión. Fue, cómo no, en Esparta, la principal ciudad-estado de la región de Lacedemonia, donde se estableció una rígida división social entre los dominadores y los demás, conocidos como periecos. Los primeros, ciudadanos de la capital llamados espartiatas (cuya élite eran los homoioi o iguales), se dedicaban exclusivamente a la vida militar y dejaban el trabajo de sus fincas en manos de los ilotas, una clase campesina que estaba adscrita a la tierra de manera similar a la de los siervos medievales.

Puesto que los ilotas eran muy superiores numéricamente, en proporción de veinte a uno, constituían una amenaza potencial para sus dueños y siempre flotaba en el ambiente el fantasma de la revuelta. Esa tensa situación influyó a menudo en las decisiones espartanas sobre política exterior y por eso el gobierno solía ser reticente a realizar campañas fuera del Peloponeso dejando indefenso su país, pese a que los ilotas también se integraban en el ejército como auxiliares; algunos (neodamodes) incluso conseguían la libertad plena si se distinguían en combate.

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mexicas

Pero eso último era algo excepcional, de ahí que el estado espartano desarrollara una brutal costumbre ligada al entrenamiento de sus jóvenes guerreros: la Krypteía. Los niños espartanos se preparaban para la guerra desde los cinco años, edad a la que se iban a vivir a barracones para integrarse en pelotones en los que se les proporcionaban, paralelamente, formación cultural (leer, escribir, danza, música) y atlética. Al cumplir los doce pasaban a ser mentores (jóvenes), les cortaban el pelo, les quitaban el calzado y la ropa (se quedaban únicamente una capa) y se intensificaba su entrenamiento. La dieta era escasa y robar comida estaba bien visto… siempre que no se dejaran pillar. Con dieciocho años pasaban a ser adultos (eiren) y, ya casados y hoplitas expertos, eran los encargados de entrenar a las generaciones que venían detrás.

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Plutarco decía que los espartanos eran los únicos hombres que encontraban en la guerra un descanso a su duro entrenamiento. Cuando los éforos (los cinco magistrados elegidos anualmente que aconsejaban y controlaban a los dos reyes) tomaban posesión de su cargo, declaraban la guerra a los ilotas y enviaban un contingentes de jóvenes guerreros seleccionados entre los mejores al campo precariamente equipados con la misión de matar a cualquier ilota que se cruzasen o atacar sus poblados para exterminar a los habitantes y arrebatarles la comida. Las características exactas que tenemos de la Krypteía varían según el testimonio de los autores (aparte de Plutarco, Tucídides y Heráclides Lembos), así que es difícil saber si era un método de amedrentamiento, un rito iniciático, un sistema de control parapolicial o, probablemente, todo ello a la vez.

El caso es que hay más ejemplos de exterminio sagrado y uno de los más clásicos es el Herem, una tradición institucionalizada en el Israel bíblico pero adoptada de anteriores costumbres mesopotámicas como la Asakkum de Mari, un concepto de tabú religioso del que otros pueblos, como los moabitas, desarrollaron una versión bélica. También los hebreos, que lo aplicaron con los cananeos, a los que sometían a una dominación y explotación parecida la de los ilotas por los espartanos. En el caso judío, estaba el agravante de que Canaán (el territorio geográfico de la franja sirio-alestina) era idólatra, adorando a divinidades como El, Baal o Asera, lo que exigía una separación taxativa entre ambas poblaciones para evitar la contaminación religiosa.

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“Victoria de Josué sobre los amalecitas”, de Nicolás Poussin

guerra florida

Canaán fue conquistada por las tribus israelitas a mediados del segundo milenio a.C. como parte de su Tierra Prometida. Su fundador había sido Cam, el hijo maldito de Noé, cuyo devenir le alejó del verdadero Dios, según la historia que los propios hebreos escribieron. El caso es que los judíos quedaban rodeados por pueblos paganos con el riesgo que ello suponía, tal cual pasaba en los casos anteriormente descritos, y ya sabemos cómo se las gastaba Yahvé. Una vez más se solaparon el envoltorio religioso y las causas socioeconómicas, y el Deuteronomio dictó su dura sentencia: exterminio de varones y mujeres, de niños y ancianos, de todo ser que respirase en suma, con quema de cosechas y poblados y apropiación de sus bienes para ofrendárselos al Señor; si la tierra objetivo de la campaña no era colindante con Israel, sólo morían los hombres y el resto quedaba esclavizado.

Controlar por el terror e impedir el desarrollo de esos grupos sometidos como estados asentados que pudieran rivalizar con el dominante son las causas de una terrible costumbre que demuestra una vez más la máxima hobessiana del Hombre como lobo para el Hombre.

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