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EL ESPÍA MEXICANO 10-B: que desbarato una invasión de USA

EL ESPÍA MEXICANO 10-B: que desbarato una invasión de USA

Durante muchos años se guardó en secreto un episodio tenso y difícil entre las relaciones diplomáticas de México y los Estados Unidos.

EL ESPÍA MEXICANO 10-B: que desbarato una invasión de USA
Emilio Portes Gill

Tuvieron que pasar 43 largos años (1950) en que el ex presidente Emilio Portes Gil publicó en el periódico El Universal algunos datos sobre la forma en que México evitó una invasión norteamericana por el año de 1927, pero no fue hasta 1993 que se pudo conocer una carta del secretario de Relaciones Exteriores Aarón Sáenz del Gabinete del presidente Plutarco Elías Calles, dirigida al secretario de Estado norteamericano Frank B. Kellogg. El texto se basa en documentos históricos que proceden de los boletines 14 y 55 de los archivos de Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca.

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Plutarco Elías Calles

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Fernando Torreblanca

No es de sorprender que, uno de los principales puntos de discordia entre Estados Unidos y México fuera el petróleo. Recién estrenando su período presidencial, Plutarco Elías Calles, ni tardo ni peresozo, inmediatamente rechazó los Tratados de Bucareli de 1923, pactados entre Estados Unidos y México signados, con la única mano que le quedaba buena, por Álvaro Obregón; y comenzó a redactar una nueva ley sobre el petróleo que se cumpliera estrictamente y con apego al artículo 27 de la Constitución.

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Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), las diferencias entre las compañías extranjeras y el gobierno mexicano fueron creciendo hasta llegar a los manazos. El primer foco de alerta surgió cuando el presidente Calles lanzó la nueva ley sobre el petróleo que le daba a las compañías extranjeras el plazo de un año para renovar sus concesiones, que a partir de entonces solo sería por 50 años y sin derecho de apelación ante otros paises.

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James R. Sheffield

Los personajes claves de esta historia que reaccionaron con un tono por demás malévolos fueron el embajador norteamericano en México, James R. Sheffield, quien era un potentado abogado neoyorkino bastante colmilludo y férreo defensor de los intereses de su país que mostró una actitud hostil contra Calles tachándolo, entre otros peyorativos, de comunista e injuriosa contra México sobre la pretensión presidencial de regular las concesiones del petróleo.

Calles nunca se consideró asimismo como comunista (si acaso espiritista), pero consideraba la revolución como una forma de gobernar más que una posición ideológica. La opinión pública en los gringos se tornó áspera en contra de la política mexicana cuando la primera embajada de la Unión Soviética -nunca antes establecida-, se instauró en nuestro país, ocasión en la que el embajador de dicha dependencia señaló que “ningún país muestra más similitudes que la Unión Soviética y México”… ‘Ya no me ayudes compadre’ – diría calles.

Ante todo este zafarrancho que acabó con un intercambio de ‘Matrioshkas’, algunos miembros del gabinete estadounidense, empezando por Sheffield, consideraron que México era el segundo país bolchevique en la Tierra, primera en América, y comenzaron a referirse irónicamente como; “Soviet México”… en fin, una pretexto más para meter sus narices donde no los llaman.

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Frank B. Kellogg

Pero el intrigoso de Sheffield no estaba solo, había otro personaje de mala leche que tampoco se quedó atrás; fue el Secretario de Estado Frank B. Kellogg, con amplios intereses que lo hacían frotarse las manitas dentro de las compañías petroleras que operaban en México; y fueron ellos precisamente quienes urdieron el maquiavélico ‘Plan Especial Green’ que propusieron al presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge, a fin de convencerlo a realizar una invasión a México aprovechando la inestabilidad del gobierno por el movimiento revolucionario cristero (1926-1929), desatado por la alta clerecía y comunidad católica en contra del Gobierno Callista y el uso de las minifaldas.

En resúmen, el debate sobre la nueva ley de petróleo ocurrió en 1925, con los intereses de Estados Unidos opuestos a todas las iniciativas. En 1926, la nueva ley fue promulgada. En enero de 1927 el gobierno de Calles canceló los permisos de las compañías petroleras que no cumplieran y respetaran la ley.

Pués bien, toda esta controversia jurídica enfrentó a los delegados de ambos gobiernos en medio de un ring donde hubo de todo, menós reglas, durante un año, y a pesar de que Calles dio muestras de dejarse querer (nomás tantito) en algunos puntos, Sheffield mantuvo rígidas sus posiciones, considerando inaceptable que el gobierno diera vida al Artículo 27 constitucional… pos oye!

Dicho precepto entregaba a la nación el dominio de los recursos naturales, y solo ésta podía transferirlos a los particulares imponiendo las modalidades que dicta el interés público y…Mientras esto ocurría en la superficie política, el embajador y el secretario de Estado conspiraban por debajo de la mesa para provocar una ruptura entre ambos países, y don Plutarco (al fin medium brujo o sabe Dios qué) sabía que esa tensión podía provocar una intervención armada y pos nó, ‘con qué ojos divina tuerta?’; la situación económica del país estaba bastante balaceada (todavía).

El presidente Calles solía decir que había un término en política que era clave y había que aplicar como regla; “si no le madruga usted a su enemigo, su enemigo le madruga a usted”; por lo que fue necesario urdir el madruguete introduciendo un espía mexicano en la embajada de los Estados Unidos para saber exactamente los planes macabros de este par de sinverguenzas –Sheffield y Kellogg- y enterarse cómo, cuando y por dónde se pretendía invadir a México y también los fines aviesos para tal invasión. Quizá lo consultó con la ‘Ouija’ y ésta le recomendó los servicios de un espía.

Todos los detalles del infiltrado que realizó el trabajo de espionaje se concentró en un nombre en clave: 10-B, no se sabe si 10 era por su rango o su talla y la B por su apellido o la copa de su brassiere, porque tampoco se supo si fue hombre, mujer o cosa, si norteamericano con raíces mexicanas o mexicano con chamba en la propia embajada. Lo cierto es que el espía que trabajó para el Gobierno mexicano y específicamente con Luis N. Morones, a la sazón secretario de Industria, Comercio y Trabajo, a quien describen como un ‘zorro’ disfrazado que finalmente logró su objetivo; obtener toda la documentación concerniente al Plan Especial Green y descubrir que el pérfido embajador Sheffield era, ni mas ni menos; accionista de uno de los monopolios petroleros más poderosos del mundo: la Standard Oil Company (ExxonMobil). Por algo dicen que: ‘el que es perico, dondequiera es verde’.

El agente 10-B arriesgó su pellejo como caperucita roja pero dentro del hocico del lobo feroz. En las oficinas de un embajador que sentía un odio racista -casi patológico- por un gobierno en el que había muy poca ‘estirpe blanca en el gabinete’ y a los que consideraba bolcheviques mas radicales y peligrosos que los rusos. La misión del espía consistía en sacar documentos clasificados para ser fotografiados; en cada ocasión el tiempo apremiaba ya que debía sacarlos y regresarlos a la embajada en el menor tiempo posible y sin levantar la mínima sospecha.

En un año y medio 10-B entrego más de 300 documentos con los cuales Calles confirmó la existencia de la conspiración y, de paso, la profunda aversión de Sheffield hacia su persona. También se entero de las actividades de algunos generales mexicanos con ciertas mañas, y que en Washington sabían que había enviado armas a Nicaragua en apoyo al constitucionalista Juan Bautista Sacasa: hecho que fue utilizado por la prensa estadounidense ‘New York Times’ para demostrar que Calles pretendía exportar su revolución bolchevique a Centro-América, un franco reto a los Estados Unidos que apoyaba al partido opuesto; el conservador. Como usted sabe, los gringos, ‘donde ponen los ojos… ponen la balas!’.

Durante la operación al estilo ‘James Bond 007′, distintas situaciones pusieron en grave riesgo a 10-B, no solo por el contraespionaje sino también por filtraciones de documentos, desde el gobierno, a la prensa de aquel país. El caso es que en Washington, no solo supieron del robo de las carteras en la embajada, sino también de la fuga de información, pero a pesar de las investigaciones y alertas tanto la embajada como el departamento de Estado se aventaron la pelotita uno al otro, sin detectar a nuestro 10-B ni a sus informantes, entre quienes estaba un tal William Copperland.

En medio de la crisis, Calles decidió jugar la ultima carta para evitar la guerra: con una persona de su confianza envío al presidente Coolidge las pruebas que tenia en su poder con la advertencia de que al primer intento de desembarco, se publicarían en todo el mundo los documentos que probarían la infamia que se trataba de cometer, una vez más, contra nuestro México.

En Nicaragua acontecía una crisis entre los partidos, liberal y conservadores y los gringos, como siempre (de metiches), intentaban mantener su esfera de influencia y controlar con sus intervenciones armadas. En esta ocasión, vaya usted a saber si Coolidge calculó que México no era Nicaragua. Que no solo requería un contingente militar cien veces mayor, sino que por la reciente experiencia mexicana en una guerra popular, no podía predecir el tiempo ni las complicaciones y consecuencias de una guerra bananera.

Mientras tanto, en México se confirmó que, por órdenes del Departamento de Estado, una flota de barcos de guerra se dirigía a los estados de Tamaulipas y Veracruz. De inmediato, Calles mandó señales de humo a su amigo, el entonces gobernador de Tamaulipas, Emilio Portes Gil, quien testimonió:

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La valiosa información obtenida fue de gran utilidad cuando se desató el conflicto belicoso el 27 de Febrero de 1927. Fue así que el presidente de los Estados Unidos Calvin Coolidge, tomó la decisión más sensata y se comunicó con su homólogo para disolver la crisis. Ante la autenticidad de las pruebas no le quedó mas remedio que doblar las manitas y abortó el llamado “Plan Especial Green”, suspendiendo la travesía de los acorazados cañoneros que ya se divisaban desde los puertos, como así lo informara el general Lázaro Cárdenas, entonces jefe de las operaciones militares en la zona norte del Estado de Veracruz.

Como premio de consolación, a los pocos días se inaugura la línea telefónica directa entre el Palacio Nacional y la Casa Blanca con una amistosa conferencia. El intrigoso embajador James R. Sheffield fue removido y sustituido por Dwight W. Morrow que, como prominente banquero de Nueva York, estaba mas preocupado por la deuda mexicana que, además, México no podía solventar sin los ingresos petroleros. En cuanto al secretario de Estado Frank Billings Kellogg fue removido de su cargo.

No me cabe duda que el Presidente Plutarco Elías Calles sorteó con habilidad, valor y patriotismo, una intervención armada gracias al personaje anónimo ‘10-B’. Después de la última comunicación con el -o la- espía, nada se supo de su persona. Con ésto me queda claro que el gobierno mexicano hundió en el olvido su arriesgada labor y hasta la fecha ni siquiera sabemos su identidad como para mandarle flores a su sepulcro, levantarle un monumento en honor a la verdad o qué sé yo.

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