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EEUU: La importancia de no nacer importante

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EEUU: La importancia de no nacer importante

En “Las venas abiertas de América Latina”, Eduardo Galeano nos muestra de una forma entre histórica y novelística el paulatino pero constante apoderamiento que sufren las tierras americanas en manos de los europeos. De este modo, vamos descubriendo a medida que transcurre el libro que, desde Chile hasta las islas caribeñas, existieron minas, bosques y tierras que fueron (y son) explotadas en pos de obtener una fuente de ingresos, una fuente de poder de la cual los americanos obtienen, primordialmente, nada.

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Sin embargo, llama la atención el hecho de que esta privatización de las fuentes de materias primas no ocurriera, también, en los Estados Unidos. ¿Qué llevo a los españoles y luego a los ingleses a no generar una nueva zona de explotación en uno de los territorios más extensos de toda América?

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Al igual que ocurrió con el Virreinato del Rio de la Plata, que se extendía a través de la ahora llamada América del Sur, tras la llegada de Cristobal Colón los españoles se apropiaron de gran parte de los territorios de Norteamérica y fundaron el Virreinato de Nueva España, donde el poderío sobre las futuras tierras yanquis se extendía desde Florida hasta Alaska, atravesando todo el mapa de los Estados Unidos.

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Casi cien años pasaron desde la colonización española, hasta que en 1583 la Reina Isabel I autorizó al pirata inglés Sir Walter Raleigh a fundar una colonia al norte de Florida, en lo que sería el inicio de la colonización inglesa sobre las tierras norteamericanas. Ya para el año 1635, y con una economía basada en el cultivo del tabaco, los puritanos ingleses que no acordaban con las prácticas del catolicismo de la Iglesia de Inglaterra se habían establecido en el área de Boston, Plymouth y Connecticut. En 1733, los ingleses habían ocupado trece colonias a lo largo de la costa del Atlántico, desde Nuevo Hampshire en el norte hasta Georgia en el sur.

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Mientras tanto, de forma paralela a la colonización, desde el año 1689 y hasta 1815 Francia y Gran Bretaña sostuvieron varias guerras. Por aquel entonces, los franceses controlaban Canadá y Luisiana, donde se encontraba la vertiente del río Mississippi, lo cual llevó en 1756 al primer ministro británico a invertir soldados y dinero en la conquista de estas tierras. Siete años más tarde, se firmaba el Tratado de Paris, donde Francia le otorgaba a Gran Bretaña el derecho sobre Canadá y toda América del Norte al este del río Mississippi.

A partir de entonces, comenzarían las tensiones con los nativos americanos, causadas por las medidas impuestas por el gobierno británico, quien deseaba aumentar el impuesto sobre los bienes importados y, por otra parte, buscaba imponer la llamada Ley de Alojamiento, a través de la cual los colonos se veían obligados a alojar y alimentar a los soldados británicos. En 1765 se produjo una reunión en la cual los colonos mostraron su malestar frente a las nuevas leyes, y aunque el nuevo impuesto fue revocado, la Ley de Alojamiento se mantuvo vigente, lo que llevó a los colonos a desobedecer este mandato y encendió la mecha para que en 1775 comenzara la guerra por el territorio, la cual acabaría en 1783 con el Tratado de Versalles, donde Inglaterra reconoció la independencia de las trece colonias estadounidenses, tal cual profesaba la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de 1776.

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La apropiación privada de la tierra siempre se anticipó, en América Latina, a su cultivo útil. Los rasgos más retrógrados del sistema de tenencia actualmente vigente no provienen de las crisis, sino que han nacido durante los períodos de mayor prosperidad; a la inversa, los períodos de depresión económica han apaciguado la voracidad de los latifundistas por la conquista de nuevas extensiones. En Brasil, por ejemplo, la decadencia del azúcar y la virtual desaparición del oro y los diamantes hicieron posible, entre 1820 y 1850, una legislación que aseguraba la propiedad de la tierra a quien la ocupara y la hiciera producir. En 1850, el ascenso del café como nuevo «producto rey» determinó la sanción de la Ley de Tierras, cocinada según el paladar de los políticos y los militares del régimen oligárquico, para negar la propiedad de la tierra a quienes la trabajaban, a medida que se iban abriendo, hacia el sur y hacia el oeste, los gigantescos espacios interiores del país. Esta ley «fue reforzada y ratificada desde entonces por una copiosísima legislación, que establecía la compra como única forma de acceso a la tierra y creaba un sistema notarial de registro que haría casi impracticable que un labrador pudiera legalizar su posesión…»

La legislación norteamericana de la misma época se propuso el objetivo opuesto, para promover la colonización interna de los Estados Unidos. Crujían las carretas de los pioneros que iban extendiendo la frontera, a costa de las matanzas de los indígenas, hacia las tierras vírgenes del oeste: la Ley Lincoln de 1862, el Homested Act, aseguraba a cada familia la propiedad de lotes de 65 hectáreas. Cada beneficiario se comprometía a cultivar su parcela por un período no menor de cinco años. El dominio público se colonizó con rapidez asombrosa; la población aumentaba y se propagaba como una enorme mancha de aceite sobre el mapa. La tierra accesible, fértil y casi gratuita, atraía a los campesinos europeos con un imán irresistible: cruzaban el océano y también los Apalaches rumbo a las praderas abiertas. Fueron granjeros libres, así, quienes ocuparon los nuevos territorios del centro y del oeste. Mientras el país crecía en superficie y en población, se creaban fuentes de trabajo agrícola y, al mismo tiempo, se generaba un mercado interno con gran poder adquisitivo, la enorme masa de los granjeros propietarios, para sustentar la pujanza del desarrollo industrial.

En cambio, los trabajadores rurales que, desde hace más de un siglo, han movilizado con ímpetu la frontera interior de Brasil, no han sido ni son familias de campesinos libres en busca de un trozo de tierra propia, como observa Ribeiro, sino braceros contratados para servir a los latifundistas que previamente han tomado posesión de los grandes espacios vacíos. Los desiertos interiores nunca fueron accesibles, como no fuera de esta manera, a la población rural. En provecho ajeno, los obreros han ido abriendo el país, a golpes de machete, a través de la selva. La colonización resulta una simple extensión del área latifundista. Entre 1950 y 1960, 65 latifundios brasileños absorbieron la cuarta parte de las nuevas tierras incorporadas a la agricultura.

Estos dos opuestos sistemas de colonización interior muestran una de las diferencias más importantes entre los modelos de desarrollo de los Estados Unidos y de América Latina. ¿Por qué el norte es rico y el sur pobre? El río Bravo señala mucho más que una frontera geográfica. El hondo desequilibrio de nuestros días, que parece confirmar la profecía de Hegel sobre la inevitable guerra entre una y otra América, ¿nació de la expansión imperialista de los Estados Unidos o tiene raíces más antiguas? En realidad, al norte y al sur se habían generado, ya en la matriz colonial, sociedades muy poco parecidas y al servicio de fines que no eran los mismos. Los peregrinos del Mayflower no atravesaron el mar para conquistar tesoros legendarios ni para explotar la mano de obra indígena escasa en el norte, sino para establecerse con sus familias y reproducir, en el Nuevo Mundo, el sistema de vida y de trabajo que practicaban en Europa. No eran soldados de fortuna, sino pioneros; no venían a conquistar, sino a colonizar: fundaron «colonias de poblamiento». Es cierto que el proceso posterior desarrolló, al sur de la bahía de Delaware, una economía de plantaciones esclavistas semejante a la que surgió en América Latina, pero con la diferencia de que en Estados Unidos el centro de gravedad estuvo desde el principio radicado en las granjas y los talleres de Nueva Inglaterra, de donde saldrían los ejércitos vencedores de la Guerra de Secesión en el siglo XIX. Los colonos de Nueva Inglaterra, núcleo original de la civilización norteamericana, no actuaron nunca como agentes coloniales de la acumulación capitalista europea; desde el principio, vivieron al servicio de su propio desarrollo y del desarrollo de su tierra nueva. Las trece colonias del norte sirvieron de desembocadura al ejército de campesinos y artesanos europeos que el desarrollo metropolitano iba lanzando fuera del mercado de trabajo. Trabajadores libres formaron la base de aquella nueva sociedad de este lado del mar.

España y Portugal contaron, en cambio, con una gran abundancia de mano de obra servil en América Latina. A la esclavitud de los indígenas sucedió el trasplante en masa de los esclavos africanos. A lo largo de los siglos, hubo siempre una legión enorme de campesinos desocupados disponibles para ser trasladados a los centros de producción: las zonas florecientes coexistieron siempre con las decadentes, al ritmo de los auges y las caídas de las exportaciones de metales preciosos o azúcar, y las zonas de decadencia surtían de mano de obra a las zonas florecientes. Esta estructura persiste hasta nuestros días, y también en la actualidad implica un bajo nivel de salarios, por la presión que los desocupados ejercen sobre el mercado de trabajo, y frustra el crecimiento del mercado interno de consumo. Pero además, a diferencia de los puritanos del norte, las clases dominantes de la sociedad colonial latinoamericana no se orientaron jamás al desarrollo económico interno. Sus beneficios provenían de fuera; estaban más vinculados al mercado extranjero que a la propia comarca. Terratenientes y mineros y mercaderes habían nacido para cumplir esa función: abastecer a Europa de oro, plata y alimentos. Los caminos trasladaban la carga en un solo sentido: hacia el puerto y los mercados de ultramar. Ésta es también la clave que explica la expansión de los Estados Unidos como unidad nacional y la fracturación de América Latina: nuestros centros de producción no estaban conectados entre sí, sino que formaban un abanico con el vértice muy lejos.

“Las trece colonias del norte tuvieron, bien pudiera decirse, la dicha de la desgracia. Su experiencia histórica mostró la tremenda importancia de no nacer importante. Porque al norte de América no había oro ni había plata, ni civilizaciones indígenas con densas concentraciones de población ya organizada para el trabajo, ni suelos tropicales de fertilidad fabulosa en la franja costera que los peregrinos ingleses colonizaron”. La naturaleza se había mostrado avara, y también la historia: faltaban los metales y la mano de obra esclava para arrancar los metales del vientre de la tierra. Fue una suerte. Por lo demás, desde Maryland hasta Nueva Escocia, pasando por Nueva Inglaterra, las colonias del norte producían, en virtud del clima y por las características de los suelos, exactamente lo mismo que la agricultura británica, es decir, que no ofrecían a la metrópoli, como advierte Bagú, una producción complementaria.

Muy distinta era la situación de las Antillas y de las colonias ibéricas de tierra firme. De las tierras tropicales brotaban el azúcar, el tabaco, el algodón, el añil, la trementina; una pequeña isla del Caribe resultaba más importante para Inglaterra, desde el punto de vista económico, que las trece colonias matrices de los Estados Unidos.

Estas circunstancias explican el ascenso y la consolidación de los Estados Unidos, como un sistema económicamente autónomo, que no drenaba hacia fuera la riqueza generada en su seno. Eran muy flojos los lazos que ataban la colonia a la metrópoli; en Barbados o Jamaica, en cambio, sólo se reinvertían los capitales indispensables para reponer los esclavos a medida que se iban gastando. No fueron factores raciales, como se ve, los que decidieron el desarrollo de unos y el subdesarrollo de otros: las islas británicas de las Antillas no tenían nada de españolas ni de portuguesas. La verdad es que la insignificancia económica de las trece colonias permitió la temprana diversificación de sus exportaciones y alumbró el impetuoso desarrollo de las manufacturas. La industrialización norteamericana contó, desde antes de la independencia, con estímulos y protecciones oficiales. Inglaterra se mostraba tolerante, al mismo tiempo que prohibía estrictamente que sus islas antillanas fabricaran siquiera un alfiler

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Tal y como podemos ver durante todo el proceso de colonización de la tierra estadounidense, si bien la tierra cayó en manos europeas, ni el terreno ni los indígenas, por lo menos en lo que respecta a la obtención de materias primas, sufrieron el castigo que si padecieron las tierras sureñas. Si indagamos un poco más profundamente en el Virreinato de Nueva España, descubrimos que, si bien la minería era una de sus principales actividades económicas, los centros mineros se encontraban en Zacatecas, Pachuca, Fresnillo, Guanajuto y San Luis Potosí, territorios que ahora forman parte de México. Asimismo, la agricultura desarrollada en esta parte del continente se basó en el maíz, el cacao y en otros productos originarios de la llamada Mesoamérica, que abarcaba parte de México, Guatemala, El Salvador, Belice, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Por supuesto, no podemos dejar de lado a Cuba, una isla caribeña que fue presa de su industria azucarera hasta la famosa Revolución liderada por Fidel Castro y el Che Guevara.

De este modo, producto de unas colonias desprovistas que no ofrecían a la metrópoli una producción complementaria, sino exactamente lo mismo que la agricultura local, el territorio de los Estados Unidos se transformó por aquellos años en un lugar de desarrollo alterno al de Europa y, consecuentemente, de producción libre. A diferencia de lo que ocurría en el sur, en las colonias británicas se promovía una colonización interna, donde los indigenas no eran esclavizados sino asesinados, para darle a los nuevos pobladores un territorio donde cultivar. La llamada Ley Lincoln aseguraba a cada familia la propiedad de lotes de 65 hectáreas, un extenso campo accesible, fértil y casi gratuito. Se generaba un mercado interno, donde los nativos no eran esclavizados sino que nacían hijos de granjeros propietarios, que formaban parte del desarrollo económico. A la larga, se estaba generando un Estado autónomo, autosustentable y con una economía fuerte, que acabaría por independizarse al ser declarada su independencia.

Mientras en Estados Unidos se producía un mercado libre, en los demás territorios americanos llegaban los europeos a explotar las minas de cobre, oro, hierro, estaño; a obtener azúcar, café o cuero; a desbaratar el territorio y privatizarlo. El paso del tiempo no acercó ambas partes del continente, sino que agrandó la brecha y colocó a los Estados Unidos no solo al costado, sino del lado de enfrente. Poco a poco, lo que antes dominaban los europeos pasó a ser dominado por empresas en busca de explotar el vasto territorio americano, que vio como, desde 1492, le arrebataban su riqueza natural. A diferencia de los Estados Unidos, la independencia no trajo consigo un mercado interno fuerte y autosustentable, sino que la economía siguió dependiendo de las potencias europeas y, posteriormente, de este país vecino. No es casualidad que, quinientos años más tarde, Estados Unidos tenga una de las industrias metalúrgicas más grandes del mundo y, a la vez, importen la mitad de las riquezas mineras necesarias para el desarrollo de las mismas.

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