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Don Juan Tenorio

Don Juan Tenorio

Don Juan TenorioGIF

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Este tema está hecho a cuatro manos, dos en España, dos en México, acerca de una obra que causó furor en su estreno en el siglo XIX, y que aún sigue siendo representada en muchas partes de Hispanoamérica (en México gusta tanto la obra, que suele representarse en su forma cómica casi todo el año!). Y por supuesto también sigue representándose cada año en diversos teatros de España. Estamos hablando de la obra Don Juan Tenorio, de José Zorrilla.

Editado por @redblak_monster y @mallorquina2

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Don Juan Tenorio es una obra inmersa en el Romanticismo imperante en ese momento en los círculos literarios, y está llena de los tópicos más candentes de su época: temas como el Amor, la seducción, el concepto de Pecado y de Perdón, la Muerte y la Resurrección, junto con un sutil estudio acerca de la mentalidad femenina, a pesar de que el papel principal está asignado a Don Juan, dan a esta obra el valor suficiente para crear a un personaje y un carácter indispensable para la literatura subsecuente.

Don Juan Tenorio

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Don Juan Tenorio

Don Juan Tenorio

Don Juan Tenorio

Don Juan Tenorio

DON JUAN:

Suprímelo al hecho extraño;

Que apostaron me es notorio

A quién haría, en un año,

Con más fortuna, más daño,

Luis Mejía y Juan Tenorio.

Y cuando se encuentran los amigos y rivales, empiezan a contar sus mutuas iniquidades:

DON JUAN:

(…) desde la Princesa altiva

A la que pesca en ruin barca,

No hay hembra a quien no suscriba,

Y cualquiera empresa abarca

Si en oro o valor estriba.

Búsquenle los reñidores;

Cérquenle los jugadores;

Quien se precie, que le ataje;

A ver si hay quien le aventaje

En juego, en lid o en amores”

Esto escribí; y en medio año

Que mi presencia gozó

Nápoles, no hay lance extraño,

No hubo escándalo ni engaño

En que no me hallara yo.

Por dondequiera que fui, la razón atropellé,

La virtud escarnecí,

A la justicia burlé

Y a las mujeres vendí.

Yo a las cabañas bajé,

Yo a los palacios subí,

Yo los claustros escalé

Y en todas partes dejé

Memoria amarga de mí.

Don Juan Tenorio

DON LUIS:

Sólo una os falta en justicia.

DON JUAN:

¿Me la podéis señalar?

DON LUIS:

Sí, por cierto; una novicia

Que esté para profesar.

Don Juan Tenorio

DON JUAN:

¡Bah! Pues yo os complaceré

Doblemente, porque os digo

Que a la novicia uniré

La dama de algún amigo

Que para casarse esté.

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DOÑA INÉS:

No sé: desde que le vi,

Brígida mía, y su nombre

me dijiste, tengo a ese hombre

siempre delante de mí.

Por doquiera me distraigo

con su agradable recuerdo,

y si un instante le pierdo,

en su recuerdo recaigo.

No sé qué fascinación

en mis sentidos ejerce,

que siempre hacia él se me tuerce

la mente y el corazón:

y aquí y en el oratorio

y en todas partes advierto

que el pensamiento divierto

con la imagen de Tenorio.

Don Juan Tenorio

DON JUAN:

¡Cálmate, pues, vida mía!

Reposa aquí, y un momento

olvida de tu convento

la triste cárcel sombría.

¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más pura la luna brilla

y se respira mejor?

Esta aura que vaga llena

de los sencillos olores

de las campesinas flores

que brota esa orilla amena;

esa agua limpia y serena

que atraviesa sin temor

la barca del pescador

que espera cantando al día,

¿no es cierto, paloma mía,

que están respirando amor?

Esa armonía que el viento

recoge entre esos millares

de floridos olivares,

que agita con manso aliento;

ese dulcísimo acento

con que trina el ruiseñor

de sus copas morador

llamando al cercano día,

¿no es verdad, gacela mía,

que están respirando amor?

Y estas palabras que están

filtrando insensiblemente

tu corazón ya pendiente

de los labios de don Juan,

y cuyas ideas van

inflamando en su interior

un fuego germinador

no encendido todavía,

¿no es verdad, estrella mía,

que están respirando amor?

Y esas dos líquidas perlas

que se desprenden tranquilas

de tus radiantes pupilas

convidándome a beberlas,

evaporarse, a no verlas,

de sí mismas al calor;

y ese encendido color

que en tu semblante no había,

¿no es verdad, hermosa mía,

que están respirando amor?

¡Oh! Sí, bellísima Inés

espejo y luz de mis ojos;

escucharme sin enojos,

como lo haces, amor es:

mira aquí a tus plantas, pues,

todo el altivo rigor

de este corazón traidor

que rendirse no creía,

adorando, vida mía,

la esclavitud de tu amor.

Son los celebérrimos versos en que Don Juan se rinde al amor de Doña Inés, en que se transfigura nuestro personaje y empieza a respirar amor por todos sus poros; en que todo lo ve con los ojos del amor. Es que está perdidamente enamorado.

El enamoramiento de Doña Inés no es ningún prodigio siendo obra de ese enamorador casi de oficio. Sigue en estos versos puesto en palabras:

DOÑA INÉS:

Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,

que no podré resistir

mucho tiempo sin morir

tan nunca sentido afán.

¡Ah! Callad por compasión,

que oyéndoos me parece

que mi cerebro enloquece

se arde mi corazón.

¡Ah! Me habéis dado a beber

un filtro infernal, sin duda,

que a rendiros os ayuda

la virtud de la mujer.

Tal vez poseéis, don Juan,

un misterioso amuleto

que a vos me atrae en secreto

como irresistible imán.

Tal vez Satán puso en vos:

su vista fascinadora,

su palabra seductora,

y el amor que negó a Dios.

¡Y qué he de hacer ¡ay de mí!

sino caer en vuestros brazos,

si el corazón en pedazos

me vais robando de aquí?

No, don Juan, en poder mío

resistirte no está ya:

yo voy a ti como va

sorbido al mar ese río.

Tu presencia me enajena,

tus palabras me alucinan,

y tus ojos me fascinan,

y tu aliento me envenena.

¡Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo imploro

de tu hidalga compasión:

o arráncame el corazón,

o ámame porque te adoro.

Y ya en la apoteosis de la acción, Don Juan se reafirma en su amor y lo que empezó en apuesta se le ha convertido en el único compromiso de su vida, en las auténticas palabras de amor formal y para siempre.

DON JUAN:

¿Alma mía! Esa palabra

cambia de modo mi ser,

que alcanzo que puede hacer

hasta que el Edén se me abra.

No es, doña Inés, Satanás

quien pone este amor en mí;

es Dios, que quiere por ti

ganarme para Él quizás.

No, el amor que hoy se atesora

en mi corazón mortal

no es un amor terrenal

como el que sentí hasta ahora;

no es esa chispa fugaz

que cualquier ráfaga apaga;

es incendio que se traga

cuanto ve, inmenso, voraz.

Desecha, pues, tu inquietud,

bellísima doña Inés,

porque me siento a tus pies

capaz aún de la virtud.

Sí, iré mi orgullo a postrar

ante el buen Comendador,

y o habrá de darme tu amor,

o me tendrá que matar.

Don Juan Tenorio

D. LUIS. Muy bien, don Juan.

D. JUAN. ¡Vive Dios!

D. GONZALO. ¿Quién es ese hombre?

D. LUIS. Un testigo

de su miedo, y un amigo,

Comendador, para vos.

D. JUAN. ¡Don Luis!

D. LUIS. Ya he visto bastante,

don Juan, para conocer

cuál uso puedes hacer

de tu valor arrogante;

y quien hiere por detrás

y se humilla en la ocasión,

es tan vil como el ladrón

que roba y huye.

D. JUAN. ¿Esto más?

D. LUIS. Y pues la ira soberana

de Dios junta, como ves,

al padre de doña Inés

y al vengador de doña Ana,

mira el fin que aquí te espera

cuando a igual tiempo te alcanza,

aquí dentro su venganza

y la justicia allá fuera.

D. GONZALO. ¡Oh! Ahora comprendo… ¿Sois vos

el que…?

D. LUIS. Soy don Luis Mejía,

a quien a tiempo os envía

por vuestra venganza Dios.

D. JUAN. ¡Basta, pues, de tal suplicio!

Si con hacienda y honor

ni os muestro ni doy valor

a mi franco sacrificio

y la leal solicitud

con que ofrezco cuanto puedo

tomáis, ¡vive Dios!, por miedo

y os mofáis de mi virtud,

os acepto el que me dais

plazo breve y perentorio,

para mostrarme el Tenorio

de cuyo valor dudáis.

D. LUIS. Sea; y cae a nuestros pies,

digno al menos de esa fama

que por tan bravo te aclama.

D. JUAN. Y venza el infierno, pues.

Ulloa, pues mi alma así

vuelves a hundir en el vicio,

cuando Dios me llame a juicio,

tú responderás por mí.

(Le da un pistoletazo.)

D. GONZALO. ¡Asesino! (Cae.)

D. JUAN. Y tú, insensato,

que me llamas vil ladrón,

di en prueba de tu razón

que cara a cara te mato.

(Riñen, y le da una estocada.)

LUIS ¡Jesús! (Cae.)

D. JUAN. Tarde tu fe ciega

acude al cielo, Mejía,

y no fue por culpa mía;

pero la justicia llega,

y a fe que ha de ver quién soy.

CIUTTI. (Dentro.)

¿Don Juan?

D. JUAN. (Asomando al balcón.)

¿Quién es?

CIUTTI. Por aquí;

salvaos.

D. JUAN. ¿Hay paso?

CIUTTI. Sí;

arrojaos.

D. JUAN. Allá voy.

Llamé al cielo y no me oyó,

y pues sus puertas me cierra,

de mis pasos en la tierra

responda el cielo, y no yo.

(Se arroja por el balcón, y se le oye caer en el agua del río, al

mismo tiempo que el ruido de los remos muestra la rapidez del

barco en que parte; se oyen golpes en las puertas de la

habitación, poco después entra la justicia, soldados, etc.)

Don Juan TenorioGIF

Don Juan Tenorio

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Don Juan Tenorio

Don Juan Tenorio

D. JUAN. (Dirigiéndose a las estatuas.)

Ya estoy aquí, amigos míos.

ESCULTOR. ¿No lo dije? Loco está.

D. JUAN. Mas, ¡cielos, qué es lo que veo!

O es ilusión de mi vista,

o a doña Inés el artista

aquí representa, creo.

ESCULTOR. Sin duda.

D. JUAN. ¿También murió?

ESCULTOR. Dicen que de sentimiento

cuando de nuevo al convento

abandonada volvió

por don Juan.

D. JUAN. ¿Y yace aquí?

ESCULTOR. Sí.

D. JUAN. ¿La visteis muerta vos?

ESCULTOR. Sí.

D. JUAN. ¿Cómo estaba?

ESCULTOR. ¡Por Dios,

que dormida la creí!

La muerte fue tan piadosa

con su cándida hermosura,

que la envió con la frescura

y las tintas de la rosa.

D. JUAN. ¡Ah! Mal la muerte podría

deshacer con torpe mano

el semblante soberano

que un ángel envidiaría.

¡Cuán bella y cuán parecida

su efigie en el mármol es!

¡Quién pudiera, doña Inés,

volver a darte la vida!

¿Es obra del cincel vuestro?

ESCULTOR. Como todas las demás.

D. JUAN. Pues bien merece algo más

un retrato tan maestro.

Tomad.

ESCULTOR. ¿Qué me dais aquí?

D. JUAN. ¿No lo veis?

ESCULTOR. Mas…,caballero…,

¿por qué razón…?

D. JUAN. Porque quiero

yo que os acordéis de mí.

ESCULTOR. Mirad que están bien pagadas.

D. JUAN. Así lo estarán mejor.

ESCULTOR. Mas vamos de aquí, señor,

que aún las llaves entregadas

no están, y al salir la aurora

tengo que partir de aquí.

D. JUAN. Entregádmelas a mí,

y marchaos desde ahora.

ESCULTOR. ¿A vos?

D. JUAN. A mí ¿Qué dudáis?

ESCULTOR. Como no tengo el honor…

D. JUAN. Ea, acabad, escultor.

ESCULTOR. Si el nombre al menos que usáis

supiera…

D. JUAN. ¡Viven los cielos!

Dejad a don Juan Tenorio

velar el lecho mortuorio

en que duermen sus abuelos.

ESCULTOR. ¡Don Juan Tenorio!

D. JUAN. Yo soy.

Y si no me satisfaces,

compañía juro que haces

a tus estatuas desde hoy.

ESCULTOR. (Alargándole las llaves.)

Tomad. (No quiero la piel

dejar aquí entre sus manos.

Ahora, que los sevillanos

se las compongan con él.) (Vase.)

Don Juan Tenorio

SOMBRA. No; mi espíritu, don Juan,

te aguardó en mi sepultura.

D. JUAN. (De rodillas.)

¡Doña Inés! Sombra querida,

alma de mi corazón,

¡no me quites la razón

si me has de dejar la vida!

Si eres imagen fingida,

sólo hija de mi locura,

no aumentes mi desventura

burlando mi loco afán.

SOMBRA. Yo soy doña Inés, don Juan,

que te oyó en su sepultura.

D. JUAN. ¿Conque vives?

SOMBRA. Para ti;

Mas tengo mi purgatorio

en ese mármol mortuorio

que labraron para mí.

Yo a Dios mi alma ofrecí

en precio de tu alma impura,

y Dios, al ver la ternura

con que te amaba mi afán,

me dijo «Espera a don Juan

en tu misma sepultura.

Y pues quieres ser tan fiel

a un amor de Satanás,

con don Juan te salvarás,

o te perderás con él.

Por él vela: mas si cruel

te desprecia tu ternura,

y en su torpeza y locura

sigue con bárbaro afán,

llévese tu alma don Juan

de tu misma sepultura.»

D. JUAN. (Fascinado.)

¡Yo estoy soñando quizás

con las sombras de un Edén!

SOMBRA. No y ve que si piensas bien,

a tu lado me tendrás;

mas si obras mal, causarás

nuestra eterna desventura.

Y medita con cordura

que es esta noche, don Juan,

el espacio que nos dan

para buscar sepultura.

Adiós, pues; y en la ardua lucha

en que va a entrar tu existencia,

de tu dormida conciencia

la voz que va alzarse escucha;

porque es de importancia mucha

meditar con sumo tiento

la elección de aquel momento

que, sin poder evadirnos,

al mal o al bien ha de abrirnos

la losa del monumento.

Don Juan Tenorio

ESTATUA. Cual los que ves en redor

en eso para el valor,

la juventud y el poder.

D. JUAN. Ceniza, bien; ¡pero fuego!

ESTATUA. El de la ira omnipotente,

do arderás eternamente

por tu desenfreno ciego.

D. JUAN. ¿Conque hay otra vida más

y otro mundo que el de aquí?

¿Conque es verdad, ¡ay de mí!,

lo que no creí jamás?

¡Fatal verdad que me hiela

la sangre en el corazón!

Verdad que mi perdición

solamente me revela.

¿Y ese reló?

ESTATUA. Es la medida

de tu tiempo.

D. JUAN. ¡Expira ya!

ESTATUA. Sí; en cada grano se va

un instante de tu vida.

D. JUAN. ¿Y esos me quedan no más?

ESTATUA. Sí.

D. JUAN. ¡Injusto Dios! Tu poder

me haces ahora conocer,

cuando tiempo no me das

de arrepentirme.

ESTATUA. Don Juan,

un punto de contrición

da a un alma la salvación

y ese punto aún te le dan.

D. JUAN. ¡Imposible! ¡En un momento

borrar treinta años malditos

de crímenes y delitos!

ESTATUA. Aprovéchale con tiento,

(Tocan a muerto.)

porque el plazo va a expirar,

y las campanas doblando

por ti están, y están cavando

la fosa en que te han de echar.

(Se oye a lo lejos el oficio de difuntos.)

D. JUAN. ¿Conque por mí doblan?

ESTATUA. Sí.

D. JUAN. ¿Y esos cantos funerales?

ESTATUA. Los salmos penitenciales,

que están cantando por ti.

(Se ve pasar por la izquierda luz de hachones, y rezan dentro.)

D. JUAN. ¿Y aquel entierro que pasa?

ESTATUA. Es el tuyo.

D. JUAN. ¡Muerto yo!

ESTATUA. El capitán te mató

a la puerta de tu casa.

D. JUAN. Tarde la luz de la fe

penetra en mi corazón,

pues crímenes mi razón

a su luz tan sólo ve.

Los ve… con horrible afán

porque al ver su multitud

ve a Dios en la plenitud

de su ira contra don Juan.

¡Ah! Por doquiera que fui

la razón atropellé,

la virtud escarnecí

y a la justicia burlé,

y emponzoñé cuanto vi.

Yo a las cabañas bajé

y a los palacios subí,

y los claustros escalé;

y pues tal mi vida fue,

no, no hay perdón para mí.

¡Mas ahí estáis todavía

(A los fantasmas.)

con quietud tan pertinaz!

Dejadme morir en paz

a solas con mi agonía.

Mas con esta horrenda calma,

¿qué me auguráis, sombras fieras?

¿Qué esperan de mí?

(A la estatua de DON GONZALO.)

ESTATUA. Que mueras

para llevarse tu alma.

Y adiós, don Juan; ya tu vida

toca a su fin, y pues vano

todo fue, dame la mano

en señal de despedida.

D. JUAN. ¿Muéstrasme ahora amistad?

ESTATUA. Sí: que injusto fui contigo,

y Dios me manda tu amigo

volver a la eternidad.

D. JUAN. Toma, pues.

ESTATUA. Ahora, don Juan,

pues desperdicias también

el momento que te dan,

conmigo al infierno ven.

D. JUAN. ¡Aparta, piedra fingida!

Suelta, suéltame esa mano,

que aún queda el último grano

en el reloj de mi vida.

Suéltala, que si es verdad

que un punto de contrición

da a un alma la salvación

de toda una eternidad,

yo, Santo Dios, creo en Ti:

si es mi maldad inaudita,

tu piedad es infinita…

¡Señor, ten piedad de mí!

ESTATUA. Ya es tarde.

D.ª INÉS. ¡No! Heme ya aquí,

don Juan mi mano asegura

esta mano que a la altura

tendió tu contrito afán,

y Dios perdona a don Juan

al pie de la sepultura.

D. JUAN. ¡Dios clemente! ¡Doña Inés!

D.ª INÉS. Fantasmas, desvaneceos:

su fe nos salva…, volveos

a vuestros sepulcros, pues.

La voluntad de Dios es

de mi alma con la amargura

purifiqué su alma impura,

y Dios concedió a mi afán

la salvación de don Juan

al pie de la sepultura.

D. JUAN. ¡Inés de mi corazón!

D.ª INÉS. Yo mi alma he dado por ti,

y Dios te otorga por mí

tu dudosa salvación.

Misterio es que en comprensin

no cabe de criatura:

y sólo en vida más pura

los justos comprenderán

que el amor salvó a don Juan

al pie de la sepultura.

Cesad, cantos funerales

(Cesa la música y salmodia.)

callad, mortuorias campanas

(Dejan de tocar a muerto.)

ocupad, sombras livianas,

vuestras urnas sepulcrales

(Vuelven los esqueletos a sus tumbas, que se cierran.)

volved a los pedestales,

animadas esculturas;

(Vuelven las estatuas a sus lugares.)

y las celestes venturas

en que los justos están,

empiecen para don Juan

en las mismas sepulturas.

(Las flores se abren y dan paso a varios angelitos que rodean a

DOÑA INÉS y a DON JUAN, derramando sobre ellos flores y

perfumes, y al son de una música dulce y lejana, se ilumina el

teatro con luz de aurora. DOÑA INÉS cae sobre un lecho de

flores, que quedará a la vista en lugar de su tumba, que

desaparece.)

Escena última

DOÑA INÉS, DON JUAN y LOS ÁNGELES

D. JUAN. ¡Clemente Dios, gloria a Ti!

Mañana a los sevillanos

aterrará el creer que a manos

de mis víctimas caí.

Mas es justo: quede aquí

al universo notorio

que, pues me abre el purgatorio

un punto de penitencia,

es el Dios de la clemencia

el Dios de Don Juan Tenorio.

(Cae DON JUAN a los pies de DOÑA INÉS, Y mueren ambos. De

sus bocas salen sus almas representadas en dos brillantes llamas,

que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el telón.)

Don Juan Tenorio

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Don Juan Tenorio

Don Juan Tenorio

Don Juan Tenorio

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Y queda la duda en el aire: ¿Quién es el auténtico Don Juan? ¿El conquistador que no se deja conquistar, o el conquistador conquistado? El veredicto popular es implacable: Del Don Juan enamorado, rendido a los pies de su amada Doña Inés, dice: “Éste no es mi Don Juan, que me lo han cambiado”. El que nos fascina es el calavera. ¿Por qué será?

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