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Diario de un piloto aleman: a volar!

Diario de un piloto aleman: a volar!



7 DE MARZO DE 1941

Nuevamente de regreso en Alemania.

El escuadrón se halla estacionado en Doberitz, en las afueras de Berlín, y formamos parte de las defensas aéreas de la capital. Los Tommies sólo vienen de noche.

8 DE MARZO DE 1941

He pasado otro fin de semana en Berlín. Ayer encontré a una amiga que conocí durante los días de mi estancia en Werneuchen. Pasamos juntos unas horas felices.

Nunca fue mi intención, pero no puedo remediarlo; parece que me he enamorado de Lilo. Los Tommies tienen la culpa de esto. Andaba en las calles cuando hubo una incursión aérea en Berlín y tuve que entrar a uno de los refugios antiaéreos. Había mucha gente y me vi en la necesidad de compartir mi asiento con una muchacha excepcionalmente atractiva; sin embargo, se mostró muy reservada, y apenas comenzaba a romper el hielo cuando sonó el aviso que todo había pasado y se nos permitía salir del refugio. Pasó mucho tiempo antes de que lograra verla otra vez.

¡Y ahora me he enamorado de ella!

Diario de un piloto aleman: a volar!

24 DE MARZO DE 1941

Lilo y yo nos hemos comprometido hoy. Creo que podremos casarnos el próximo otoño; todo depende del permiso que debe

concederme el Departamento de Personal. También es día de mi cumpleaños. He llegado a los veinte, pero, en opinión

del teniente Ohlschlager, soy todavía muy joven para contraer matrimonio.

—Mejor espera a que termine la guerra — me aconseja

Pero la guerra puede durar treinta años y probablemente para entonces ya no tendría el valor de casarme. De cualquier manera, no quiero esperar tanto antes de conocer lo que el amor encierra.

Ohlschlager me dice que espere, pero sé lo que piensa; siempre anda rondando a Lilo, como palomilla en derredor de la flama, y puede llegar a lograr su intento si persiste en forzar sus atenciones para con ella.

24 DE ABRIL DE 1941

EN NOMBRE DEL FÜHRER NOMBRO AL CADETE DE VUELO HEINZ KNOKE PARA SER ASCENDIDO AL RANGO DE TENIENTE

Con fecha 1º de abril de 1941

“Confirmo este nombramiento con la seguridad de que al cumplir con escrupulosidad su deber de oficial, de acuerdo con el juramento de servicio y lealtad que prestó, quedará justificada la confianza que se le otorga al darle esta Comisión. Por su parte, puede recurrir a la protección especial del Führer.

Fechado en Berlín el día 22 de abril de 1941.

(Firmado) GOERING

Ministro de Aviación del Reich y

Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea”.

Este documento me fue entregado hoy por el Comandante, junto con la cruz ceremonial de un oficial.

En esta forma se ha realizado una ambición. Si fuera comisionado para entrar en acción . . .

22 DE MAYO DE 1941

—¡Hasta la vista, Lilo! ¡Auf Wiedersehen, amor mío!

Estamos en el andén de la estación de la Schlesicher Bahnhof en Berlín y el expreso va a partir. El tren se halla repleto, pero Lilo ha logrado acercarse hasta una de las ventanillas; seguimos despidiéndonos hasta que el tren se pierde de vista. Lilo vivirá con mis padres.

El tren militar con destino a Cherburgo se halla en la siguiente plataforma y debe salir unos cuantos minutos más tarde. Es el que debo abordar; llevo en la bolsa las órdenes de traslado al frente de operaciones.

Mientras el tren se pone en marcha, ya de noche, escuchamos el ruido de las sirenas. Una vez más los ingleses están sobre Berlín.

Diario de un piloto aleman: a volar!



23 DE MAYO DE 1941

El Ala de Combate Núm. 52 tiene apostado su segundo escuadrón en Ostende. Averiguo que la comandancia está situada en el lado Este del aeródromo y me presento al comandante, que es el capitán Woitke. Es un hombre corpulento y la fuerza de su puño me obliga a caer casi de rodillas cuando nos estrechamos la mano. Realmente es un cambio, comparado con la bienvenida que me dio Ohlschlager, cuya garra es débil.

Mientras toma una copa de brandy, Woitke me hace varias preguntas. Me simpatiza este gigante que, aparte de ser oficial regular y antiguo en un regimiento, es un piloto experimentado y ostenta la Cruz de Hierro de Primera Clase en el chaquetín que porta garbosamente. En la Batalla de Inglaterra derribó quince aparatos británicos, en su mayoría Spitfires.

Después de media hora me lleva en su auto hasta el sitio donde se encuentra la escuadrilla Núm. 6, a la que he sido asignado.

Soy el cuarto de los oficiales que integran dicha escuadrilla; mi comandante de escuadrilla es el teniente Rech. Al igual que el comandante, los tenientes Barkhorn y Rail ostentan la Cruz de Hierro. El teniente Krupinsky lleva aquí sólo una semana; pero ya hemos estado juntos en el escuadrón de reservas desde el mes de enero. Todos los demás pilotos son oficiales subalternos, pero experimentados; son todos buenos muchachos que saben lo que tienen que hacer. De soslayo me miran con suspicacia, pues parece que no tienen muy buena opinión de los tenientes jóvenes. Cuando averiguan que no juego baraja, me ignoran por completo. En momentos como éste no vale nada la escuadrilla que reluce orgullosamente dando a conocer el nuevo grado.

Ya afuera, el ingeniero en jefe de mantenimiento me muestra un hangar camuflado, donde está mi aparato: un Messerschmitt ME 109E. Lo veo sonreir mientras dice:

—Es un armatoste, pero todavía puede volar. —Tal es su veredicto y añade—:Está suficientemente bueno para no

convertirlo en chatarra. Esto es lo que en realidad piensa.

Una hora después estoy en el aire haciendo movimientos de prácticas; mis aterrizajes son horribles; me he dado cuenta de que hasta el más humilde soldado está viéndome con ojos de incredulidad. Parece que aquí no les inspiro mucha confianza y eso hace las cosas difíciles. Ya al caer la tarde y acompañado del comandante de la escuadrilla vuelvo a subir en práctica de combate. Creo que lo he dejado satisfecho.



24 DE MAYO DE 1941

Nos levantan a las cuatro de la mañana y el jefe nos conduce en su automóvil hasta el campo. Están amunicionando mi aparato; hago que echen a andar el motor para revisarlo por última vez.

—¡Todos los pilotos deben presentarse ante el comandante de la escuadrilla!

El teniente Rech nos da a conocer la orden del día; la escuadrilla deberá llevar a cabo dos misiones de patrulla sobre la costa Sur de Inglaterra. El primer vuelo se hará a las 8 horas y el segundo a las 17; el resto del tiempo quedamos libres, pero deberemos estar listos para despegar en cinco minutos en caso de que se dé la alerta. La escuadrilla Núm. 4 mantiene preparada una sección de cuatro aparatos para despegue instantáneo.

Como ésta es mi primera salida en misión de vuelo, se me asigna a la Sección Núm. 3, que conduce el teniente Barkhorn. Debo volar en la posición táctica Núm. 4, como ala del oficial subalterno Grünert.

Después de haber recibido instrucciones, todos se retiran a dormir en sillones y sofás hasta la hora del almuerzo; salgo al exterior, demasiado excitado para poder dormir, y voy de uno a otro lado, entre los aparatos, hasta que me fastidio; de regreso al salón en donde se hallan las tripulaciones, hago el intento de leer un poco; quizás cuando haya desempeñado unas diez misiones de vuelo pueda dormir como hacen los demás.

A las 7 horas se presenta un ordenanza llevando dos cestos. ¡El desayuno! Me doy cuenta de que tengo hambre.

A las 7:50, el teniente Rech se pone el chaquetín. — ¡Perfectamente, muchachos, vámonos! ¡Todo el mundo afuera!

Sacan rodando los aparatos de los hangares; mi armatoste se halla en el extremo lejano del área de dispersión, junto al del oficial subalterno Grünert; éste se adelanta a paso largo y bosteza.

—Recuerde usted, señor, que suceda lo que suceda, si llegamos a entrar en combate, no debe alejarse de mi lado; de lo contrario, puede usted encontrarse con un Spitfire que le agujeree los pantalones.

7:55 horas. Me pongo el paracaídas y los mecánicos me ayudan a ajustarme los tirantes.

7:58 horas. La excitación es terrible. El jefe ha levantado la mano; se oye el golpe de cierre de las cabinas. ¡Enciendan! Rugen los motores al empezar a trabajar; atravesamos el campo sin despegar y minutos después la escuadrilla está ya en el aire.

Inmediatamente Rech vira en dirección al mar. Hay muy poca visibilidad, la altura de las nubes es de 500 pies. En unos cuantos segundos dejamos atrás la tierra y la perdemos de vista. Apenas si se puede adivinar el horizonte. Acelero, porque mi armatoste se está quedando rezagado y debo mantenerme a la altura de los demás.

Nos dirigimos hacia el Oeste, volando muy bajo sobre las aguas; la superficie del mar se halla en completa calma; no hay señales de barcos o aviones; el radio se mantiene en silencio; el único ruido que se escucha es el de los motores.

Delante de nosotros empieza a distinguirse una línea gris: es la costa de Inglaterra. La Cruzamos al Norte de Deal.

Durante varios minutos, Rech vuela internándose en tierra; sigue las vías del ferrocarril que conduce a Canterbury. No hay tráfico. La gente alza los ojos para vernos; indudablemente creen que son Spitfires, pues la niebla no les permite distinguirnos bien.

El jefe hace virar su aparato y desciende tras de un punto que le sirve de blanco; no sé lo que es. El compañero que va a mi lado también entra en picada y comienza a hacer fuego. Veo que se trata de una batería emplazada al centro de una serie de costales de arena y que consiste de un cañón antiaéreo, múltiple, de veinte milímetros. Sus proyectiles de luces brillan delante de mí; me están apuntando. Inclino el aparato y vuelo muy bajo a través de un campo abierto. Grünert hace un segundo ataque. Ajusto las miras y reviso las ametralladoras. Surgen más y más hilos de perlas que contrastan vigorosamente con el gris opaco de las nubes.

Nunca llego a estar a punto de disparar; todo lo que puedo hacer es no perder de vista a Grünert. En cualquier momento, surgiendo de entre la niebla, pueden precipitarse sobre nosotros los Spitfires.

La escuadrilla vuelve a entrar en formación y se dirige hacia el Este; tras de nosotros algo ha quedado incendiándose. No he llegado a disparar una sola vez y esto me hace sentirme realmente torpe. Cierto que estaba tan excitado que difícilmente habría dado en cualquier blanco; debo aprender a conservar la calma.

Hacia el Norte de nosotros, en Ramsgate y Margate,

hay estaciones de combate, pero en esta ocasión no se presentan ni Spitfires ni Hurricanes. Sin embargo. ¿si llegaran a interceptamos? Cubro la retaguardia en la formación que lleva la escuadrilla y siempre el que ocupa ese sitio es al que derriban. Esto sucede más en el caso de un novato, mas si es tan excitable como yo. . .

Son las 9:14, aterrizamos en Ostende y me presento al comandante de la escuadrilla.

—¿Y bien, cómo te fue? ¿Hiciste algún blanco?

—No, señor.

—¿Oh? ¿Y por qué no?

—No llegué a disparar.

Rech se echa a reir y dándome palmaditas en la espalda dice:

—No te preocupes, la próxima vez tendrás mejor suerte. Acuérdate que Roma no se hizo en un día.

A las 17:05 horas despegamos para efectuar nuestra segunda misión.

Esta vez ninguno tiene oportunidad de disparar; pasamos algún tiempo dando vueltas sobre el mar entre Folkstone y Dover. Los Tommies no vuelan cuando el tiempo está tan malo. Y todavía está peor sobre las Islas Británicas.

Diario de un piloto aleman: a volar!

27 DE MAYO DE 1941

Durante los dos últimos días el Canal ha estado envuelto en densa niebla. No ha habido ninguna actividad en ninguno de los dos bandos.

Aun hoy podemos efectuar un ataque, volando bajo, contra el aeródromo inglés que hay cerca de Ramsgate. El tiempo nos obligó a mantener el vuelo a la altura de la copa de los árboles.

En la primera incursión, despegamos a las 7:15 horas. Grünert y yo escogimos de blanco los depósitos de combustible que hay en la estación de combate. No se ve ningún aparato. Atacamos el aeródromo una y otra vez, disparando sobre cualquier objeto que se ve en movimiento. El fuego de las baterías antiaéreas es muy reducido, las defensas son débiles. Cuando damos por terminada nuestra misión, parte de los tambores de combustible quedan en llamas.

A las 10 horas regresamos en una segunda incursión. Esta vez localizo un emplazamiento de fuego antiaéreo que hay al

Oeste, en el extremo de la pista. Entro al ataque desde una altura no mayor de diez pies del nivel del piso; pero los Tommies se mantienen firmes y abren el fuego contra mí; sus proyectiles pasan muy cerca de mi cabeza y los disparos que hago dan contra los costales de arena que les sirven de protectores. Vuelvo dos veces más atacando el mismo blanco. Grünert está ocupado disparando sobre un hangar camuflado en el que alcanzo a distinguir un Hurricane. En mi tercer intento tengo éxito y veo cómo mis proyectiles de veinte milímetros estallan en el cañón antiaéreo. El artillero número uno cae del asiento.

De pronto, el radio anuncia: “¡Spitfires!”

Seis u ocho de éstos se acercan por el lado Norte. No sabiendo qué hacer, procuro mantenerme muy de cerca, tras de Grünert. Se origina una confusión general que dura varios minutos. Mis camaradas se avisan unos a otros cuando atacan los Tommies. Grünert me recuerda que permanezca junto a él.

Volamos a una altura no mayor de unos cuantos pies; la punta del ala de mi aparato casi tropieza con las copas de los árboles cuando viro en seguimiento de Grünert. Casi rozándonos, por encima, pasa un Spitfire como relámpago; otro más queda por unos instantes en el centro de mis miras y abro el fuego. Inmediatamente se oculta en la niebla densa y baja.

—¡Le diste! — grita alguien que creo es Barkhorn. Un Spitfire desciende rápidamente hasta estrellarse al otro lado del terraplén.

Estos malditos pueden hacer virajes infernalmente cortos; parece que no hay manera de acorralarlos. Grünert pasa varios minutos tratando, en vano, de derribar a dos Tommies que vuelan juntos; pero siempre se le escapan, perdiéndose en la niebla.

Se nos está agotando el combustible; es hora de regresar a casa. Por momentos espero ver que se encienda la luz roja en señal de aviso. Lo mismo pasa a los demás compañeros.

Rech se dirige hacia el Este.

Cuando aterrizamos en Ostende, falta el sargento Obauer.

28 DE MAYO DE 1941

Los ingleses han correspondido a nuestra visita. Aparatos Blenheim y Spitfire han estado haciendo incursiones durante todo el día.

Empezaron a venir desde muy temprano, al amanecer, como a las 4 horas, en los momentos en que íbamos en el auto rumbo al aeródromo. Llegó un cierto número de Hurricanes, barriendo los diques, y ametrallando nuestros hangares de conservación.

Los demás despegaron a fin de interceptarlos, pero, desgraciadamente, mi aparato estará fuera de servicio hasta en la tarde; tiene una fuga en el tubo de presión que da al tren de aterrizaje y no puedo retraer la rueda del lado derecho.

Por fin, a eso de las 18:30 horas, despego junto con Barkhorn, Krupinsky y Grünert. Se informa que cerca de Dunquerque vuelan aparatos Blenheim y Spitfire. Nuestras baterías antiaéreas ya han abierto el fuego contra el enemigo, pero, por supuesto, sin ningún resultado. Los artilleros de los emplazamientos antiaéreos siempre se sienten orgullosos cuando tienen oportunidad de ahuyentar a los visitantes, pero no les agrada que se les diga que nunca dan en un blanco.

Ascendemos a 20,000 pies. No hay una sola nube en el horizonte; nos sentimos deslumbrados por el sol que está ocultándose en el Poniente. Me parece distinguir aparatos enemigos, hasta que me doy cuenta de que son solamente pequeñas gotas de aceite que hay sobre el parabrisa.

Desde la base nos ordenan seguir hasta Calais; se han recibido informes de que cerca de ahí vuelan varios Blenheims. Estoy en completa tensión e impaciente mientras escudriño el horizonte.

Intempestivamente, Barkhorn da la vuelta con precipitación y regresa hacia el punto de donde veníamos. Los Hurricanes

vienen tras de nosotros; es el único lugar hacia donde no se me ocurrió voltear. Tratan de atacarnos: levantamos el vuelo en ascenso prolongado, casi vertical, y viramos bruscamente hacia la izquierda, quedando tras de ellos; se alejan en dirección al mar, pero nuestra velocidad es mayor; antes de dos minutos quedan a nuestro alcance de tiro y comienza la lucha.

Hay enorme confusión, durante la cual todos giramos en un torbellino de locura; me doy cuenta de que estoy tras la cola de uno de los Tormmies y procuro conservar la posición; me descubre y vira hacia la izquierda, en dirección al sol; asciendo en su persecución y hago funcionar las ametralladoras, pero estoy totalmente cegado. ¡Maldita sea! Intento cubrirme los ojos con la mano, pero es inútil, ha escapado y siento tal rabia que quisiera darme de golpes.

Grünert sigue lanzando gritos de aliento; le contesto que no puedo ver más; tengo que abandonar la lucha. ¡Y pensar que ésta pudo haber sido mi primera presa!

En el futuro debo tener en cuenta el usar anteojos para protegerme de los rayos del sol.

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30 DE MAYO DE 1941



“Area de Patrullas: Dover – Ashford – Canterbury”. Asi reza la orden del día. “La Ruta del Lechero”, es como la llaman los veteranos de la escuadrilla.

El tiempo está nublado; la visibilidad es pobre. Permanecemos en el aire durante una hora y media y aterrizamos nuevamente sin haber avistado enemigo alguno.

21 DE JUNIO DE 1941

Han pasado tres semanas desde la última vez que el escuadrón estuvo en acción. Nuestra base es ahora Suwalki, antigua estación de la Fuerza Aérea Polaca, cerca de la frontera rusa. Los Stukas y bombarderos de combate también utilizan el mismo aeródromo.

Durante las dos últimas semanas, nuestros ejércitos han estado concentrándose en masa, aumentando su fuerza a lo largo de la frontera oriental. Nadie sabe lo que ocurre. Hay rumores de que los rusos nos permitirán cruzar el Cáucaso en un intento para ocupar los campos petroleros del Medio Oriente y los Dardanelos, a fin de apoderarnos del Canal de Suez.

Se rumora también un ataque directo a Rusia. Me gusta la idea. El bolchevismo es el enemigo número uno de Europa y de la civilización occidental; si no se le combate, llegará el día en que domine el mundo entero. Mis camaradas son de la misma opinión; pero también recuerdan el pacto que existe entre el Reich y la Unión Soviética. Veremos qué sucede.

Por la tarde llegan órdenes de derribar el transporte aéreo que hace la travesía de Berlín a Moscú. El comandante despega con la sección local que le corresponde, pero fallan en su intento de interceptar el Douglas.

Pasamos la noche sentados en el comedor. Continúan las conjeturas.

¿Qué querrá decir eso de “Operación Barbarroja”? Es el nombre clave que se da a la enorme actividad militar que se desarrolla al Oriente del Reich. Las órdenes de derribar el transporte aéreo ruso me han convencido de que vamos a la guerra contra el bolchevismo.

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