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Desmintiendo Logros conseguido en el gobierno de Peron

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El ascenso de Perón

El inspirador del golpe y epicentro del gobierno militar era el Grupo de Oficiales Unidos, dentro del cual se encontraba el ya influyente Coronel Juan Domingo Perón, un militar nacionalista y anticomunista, admirador del fascismo y corporativismo italianos. Su amplia visión política le permitió diseñar un concepto corporativista adaptado a la situación argentina: el Estado benefactor, además de dirigir la economía y velar por la seguridad de la nación, sería el lugar donde los diferentes grupos sociales resolvieran sus diferencias. De esta manera, se garantizaría que el proletariado se elevara socialmente y que la burguesía no debiera temer por conflictos que habrían de poner en peligro la propiedad privada de los medios de producción. Así se lograría la armonía de clases.

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Perón difundió su proyecto entre los grupos sociales anteriormente citados. En sus discursos al proletariado, Perón subrayaba su identificación con los obreros y se mostraba anticapitalista y antinorteamericano. Con los militares, subrayaba la necesidad de un Estado fuerte que intervenga en la sociedad y en la economía y que asegure la plena ocupación y la protección del trabajo, necesarias para lograr la autarquía económica e impedir los desórdenes sociales previstos para la posguerra. Ante los empresarios señalaba el peligro de las masas desorganizadas y del avance del comunismo en Europa. Les planteaba que la represión directa de estos movimientos conduciría a una revolución de masas; las concesiones y la justicia social que él promovía, en cambio, llevarían a cabo una revolución pacífica que no haría peligrar la organización capitalista de la sociedad. A continuación, un extracto de su discurso en agosto de 1944, en la Bolsa de Comercio:

“Señores capitalistas, no se asusten de mi sindicalismo, nunca mejor que ahora estaría seguro el capitalismo… Lo que quiero es organizar estatalmente a los trabajadores para que el Estado los dirija y les marque rumbos y de esta manera se neutralizarían en su seno las corrientes ideológicas y revoluciones que puedan poner en peligro nuestra sociedad capitalista en la postguerra”.

En sus oscilaciones demagógicas entre el Capital y el Trabajo, Perón ponía en práctica la técnica del péndulo: por cada diez discursos de derecha lanzaba uno de izquierda. Siempre se mostraba como el indicado para encontrar la salida al problema, canalizando la efervescencia del proletariado en un movimiento obrero conducido por el Estado, para lo cual necesitaba adquirir el poder suficiente.

El primer gobierno de Perón (1946-1951)

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la situación política y económica en la que Perón asumió el gobierno no podía ser mejor. Tenía amplias mayorías en ambas cámaras, casi todos los gobiernos de las provincias, estaba respaldado por el Ejército, los sindicatos y la Iglesia y tenía el manejo del creciente aparato estatal (servicios públicos, Banco Industrial, Fabricaciones Militares). Tenía todos los instrumentos políticos en la mano. También gozaba de una situación internacional muy favorable, gracias al auge de precios agrícolas de la posguerra. Las arcas nacionales estaban llenas de divisas de la época de la guerra y la Argentina era el granero del mundo.

La principal preocupación de Perón era mantener y aumentar el empleo industrial urbano, ya que esto era esencial para la protección de su base política. Como presidente continuó otorgando beneficios a los sindicatos y redistribuyendo los ingresos hacia las clases obreras, lo que engrosó el mercado interno, principalmente de cereales y carne. Impulsó la repatriación de la deuda externa mediante la nacionalización de los servicios públicos, como los ferrocarriles, por los cuales, en medio de una ruidosa campaña nacionalista, se pagó tres veces su valor. Una vez superados los temores de la guerra con Brasil, y por las condiciones económicas reinantes, se consideró más sensato dar prioridad a la industria ligera sobre la pesada.


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El entorno de Perón especulaba con que en cinco años sobrevendría otra depresión, seguida por una guerra entre las dos superpotencias, durante la cual la Argentina quedaría aislada. En este lapso de cinco años se debía lograr la independencia económica y la industrialización automantenida, proveyéndose aceleradamente de bienes de capital y materias primas importadas, antes de que cesase su disponibilidad. Se otorgó al sector industrial protección aduanera, amplios créditos y divisas a precios diferenciales para equiparse. Todo esto quedó plasmado en el Plan Quinquenal que lanzó a fines de 1946, en el cual la agricultura era prácticamente omitida, ya que cuando la depresión mundial se produjese, los precios de exportación agrícolas se derrumbarían, como en el ‘30.

Perón mantuvo su prédica antinorteamericana elaborando la doctrina de la Tercera Posición, que sostenía que el justicialismo era una ideología socialcristiana basada en los preceptos de justicia y armonía de clases, alejada tanto del capitalismo como del comunismo. Así reanudó las relaciones diplomáticas con la URSS e hizo lo posible para mejorar las relaciones con los EEUU, que, con el advenimiento de la Guerra Fría, estaba menos interesado en combatir a presuntas reliquias de fascismo como Perón, aceptándolo como un baluarte contra el comunismo.

Los adversarios de Perón en esta época se encontraban principalmente entre la clase media, que no era beneficiaria directa de la Justicia Social peronista y que era quien más sufría por la falta de derechos liberales, como la libertad de expresión. Por otro lado, el hecho de que la clase trabajadora ascendiera en status y obtuviera acceso a una calidad de vida anteriormente reservada para la clase media, las enfrentó en el marco de un conflicto cultural.

La manipulación de las instituciones republicanas fue otro factor de enfrentamiento con la oposición. En 1946 Perón expulsó a todos los jueces de la Corte Suprema menos uno, obteniendo el control sobre el Poder Judicial. Al Poder Legislativo se lo vació de toda capacidad de operación: los proyectos se preparaban desde la Presidencia y se aprobaban sin modificaciones, los debates parlamentarios se eludían recurriendo al “cierre del debate”, y todos los legisladores oficialistas debían firmar una renuncia en blanco como garantía de buena conducta. Hizo uso de la intervención federal en variadas ocasiones, prohibió las coaliciones como la Unión democrática o el Frente Popular y subordinó la CGT al Estado. Acabó en 1947 con la autonomía universitaria echando a más de 1500 profesores opositores y restringió la libertad de prensa, persiguiendo a los socialistas y favoreciendo a los periódicos peronistas.

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Durante todo su gobierno, Perón mantuvo una intensa actividad propagandística, como las numerosas reuniones masivas en Plaza de Mayo y la declaración de los Derechos de los Trabajadores. Aquí jugó un muy importante papel su segunda esposa, Eva Duarte de Perón, mitificada como Evita, la abanderada de los humildes, el símbolo de la elevación de los pobres al poder y al status. A través de la Fundación Eva Perón, con subsidios del Estado, Evita repartió alimentos, construyó hospitales, escuelas, fundó la rama femenina del Partido Peronista y pugnó por el otorgamiento del voto femenino, lo que consiguió en 1947. La reputación de Eva Perón resultó muy magnificada gracias a que su carrera coincidió con los años dorados del peronismo.

En 1949, cuando su posición era imbatible, Perón reformó la Constitución. La nueva Constitución iba acorde con la política estatista e intervencionista de Perón, declarando la propiedad nacional del petróleo y el derecho estatal a nacionalizar los servicios públicos y a regular el comercio, así como a expropiar empresas o tierras (lo que dejaba la puerta abierta para una eventual reforma agraria). Aumentaba el poder presidencial y del Estado y la autoridad para intervenir provincias, permitía la reelección ilimitada, y establecía la elección directa del Presidente y senadores. La libertad y los derechos individuales liberales se vieron reemplazados por derechos corporativistas.

Pasados cinco años de gobierno, el Plan Quinquenal dio un balance negativo. La idea de que una industrialización liviana acelerada otorgaría independencia económica a nuestro país era errónea, ya que la floreciente industria necesitaba más que nunca importaciones de bienes de capital y combustibles. Esto provocó un irrefrenable aumento de las importaciones, objetivo opuesto al del plan. Por otro lado, las reservas de divisas se estaban consumiendo – las exportaciones de materia prima acumulaban monedas inconvertibles, libras británicas principalmente – y el campo, gracias a la política peronista de transferencia de recursos a la industria, estaba en franca decadencia. La nacionalización de los servicios extranjeros no había fortalecido la soberanía económica sino que la había debilitado. La fuerte capacidad negociadora de los sindicatos, al trabar eventuales ajustes salariales o reducciones de personal, era un obstáculo para el mejoramiento de la productividad industrial. A esto se sumó la fatídica decisión del gobierno de los EEUU de que los dólares del Plan Marshall (para la reconstrucción de Europa) no podrían utilizarse para comprar productos argentinos. El país entró en crisis. El Plan Quinquenal había fallado.

La crisis en el comercio y la agricultura produjeron la contracción de la industria, el empleo y los ingresos. La capacidad de maniobra de Perón se vio limitada y debió aumentar en autoritarismo y demagogia, demostrando que el peronismo en el poder era incapaz de soportar ataques opositores

El régimen fue cada vez más amenazador y represivo. Amplió los poderes de la Policía, estableció con los sindicatos una forma de control directo y peronizó del todo la CGT, al mismo tiempo que se acabó su tolerancia ante las huelgas. Cercenó las libertades individuales por medio de la censura, las redadas en los principales diarios y agencias de noticias y la prohibición de viajar al Uruguay, donde se exiliaban los opositores. También sancionó la Ley de Desacato, típica de regímenes de facto, e incrementó la actividad propagandística oficialista.

Mientras la base popular era controlada por medio de los sindicatos y muchas veces por medio de la represión directa, las clases media y alta se convirtieron en una fuente de campaña opositora. El costo laboral que significaba la política justicialista, ignorado durante la época de las vacas gordas, empujó a gran parte de la burguesía industrial al campo opositor.

Los conflictos sociales y los avances del autoritarismo civil incomodaban a los militares, que empezaron a preguntarse acerca de la solidez de un sistema supuestamente de orden, pero basado en la agitación constante. Tratando de aliviar las tensiones con las Fuerzas Armadas, el gobierno estimuló la carrera militar, disminuyendo el número de reclutas y aumentando los sueldos y el número de oficiales.

En estas condiciones se acercó la fecha de elecciones. Durante la campaña, los peronistas monopolizaron los medios de comunicación, rompieron las manifestaciones opositoras y silenciaron a los disidentes con arrestos por desacato. Así, en 1951 Perón ganó las elecciones con el 64% de los votos, obteniendo una aplastante mayoría en todas las provincias y en la Capital.

El segundo gobierno de Perón (1952-1955)

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En 1952, el gobierno adoptó un nuevo rumbo económico con el Segundo Plan Quinquenal 1953-1957. Con este plan, más liberal que el anterior, se intentó reavivar el desarrollo agrícola y reequilibrar la balanza comercial, quitando recursos a la industria y estimulando las exportaciones. Por medio del congelamiento de los salarios y la suspención de los subsidios alimenticios se apuntó a la reducción del consumo interno y de la inflación. Se le dio más prioridad a la industria pesada que a la ligera, por su capacidad de reemplazar importaciones de bienes de capital. Se favoreció a las empresas grandes en perjuicio de las chicas y se proyectó el aumento de la producción energética.

Este plan sólo tuvo un éxito parcial y de corta vida. Durante un breve período frenó la inflación y restauró la balanza de pagos, pero no logró resucitar a la agricultura. La industria quedó estancada y no pudo seguir absorbiendo la mano de obra que seguía emigrando del empobrecido interior, para acumularse en las villas miseria de rápida proliferación. Cada vez más industriales, paralizados por los sindicatos y la situación económica, empezaron a llegar a la conclusión de que Perón, al frente de la clase obrera organizada, era un estorbo.

Conclusiones

Desde años antes de ser derrocado, Perón había evidenciado una cierta disposición a reformar en parte su régimen político y económico, permitiendo, por ejemplo, la entrada de algunos capitales extranjeros al país y la aparición de opositores en los medios oficialistas. Quizás si le hubieran permitido terminar su mandato, Perón hubiese continuado con la apertura y hubiese sido derrotado en las elecciones de 1957, ahorrándole a la Argentina muchas décadas de enfrentamientos y gobiernos civiles condicionados y débiles. O, lo más probable, hubiera ocurrido que el peronismo ganase las elecciones nuevamente, pero ya no pudiendo ignorar las presiones de la oposición. Para que esto sucediese, aquellos que lo derrotaron deberían haber relegado sus años de opresión bajo el gobierno peronista y “ofrecido la otra mejilla” (actitud extremadamente loable que, evidentemente, no tuvieron) para que Perón pudiese articular su política en función de los intereses económicos opositores. Aquí infiero que este deseo de revancha inmediata que tenían fue arrastrado por el mismo régimen peronista, cuya intolerancia y verticalismo volviose en su contra e influyó en su prematura deposición.

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