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Desarrollismo siglo XXI

Desarrollismo siglo XXI

Desarrollismo siglo XXI

Desarrollismo siglo XXI
Mauricio Macri junto a un billete con la imágen del desarrolista Arturo Frondizi

Por MARIO TEIJEIRO

Luego de un mes de gobierno, el cambio es notable y positivo, particularmente en el aspecto político. La nueva orientación de la política exterior, la actitud frente a los problemas de seguridad y narcotráfico, la apertura al dialogo y el consenso político, son ejemplos de un país que va retornando a la normalidad.

El entusiasmo de haber evitado el camino venezolano se ve amenguado sin embargo por la amenaza de la economía. El gobierno de Macri ha asumido, sin beneficio de inventario, una herencia económica calamitosa, que tendrá que administrar sin poder propio en el Congreso de la Nación y con un contexto internacional en franco deterioro. Tiene un futuro económico cuesta arriba. Sin embargo transmite una enorme confianza en sus ideas y su capacidad de acción. Su idea económica mas trascendente es su credo desarrollista, que lo lleva a apostar a que, generando confianza e inversión, la economía volverá a crecer; y con ese crecimiento los desequilibrios heredados se solucionarán solos. Sera cierto? La intención de esta nota es llamar la atención que los riesgos económicos son importantes y que desatenderlos podría generar una recidiva populista.

Que es el desarrollismo?

Como la mayoría de nuestro empresariado industrial, Macri rescata como modelo el desarrollismo de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio (1958–62). Para entender el significado de esa adhesión, cabe recordar que el desarrollismo combinó políticas macroeconómicas de corto plazo muy ortodoxas (equilibrio fiscal con gasto público controlado, preferencia por la inversión pública en lugar del gasto corriente improductivo, tipo de cambio fijo y estabilidad de precios), con una acentuación de la discriminación aduanera con el fin de favorecer el desarrollo acelerado de ciertas industrias sólo orientadas al mercado interno y sin la escala necesaria para ser internacionalmente competitivas. El mero crecimiento industrial era visto como una garantía de alcanzar rápidamente el nivel de vida de los países desarrollados, forzando una estructura productiva que se les pareciera.

El desarrollismo tuvo una corta vida política pero una prolongada consecuencia económica, ya que las políticas de protección industrial continuaron con gobiernos militares o civiles, radicales o peronistas; y aun hoy continúan perfilando un modelo de país con una industria no competitiva, que sobrevive sólo con el mercado interno, sin capacidad de pagar salarios cercanos al primer mundo y sin capacidad de emplear una marginalidad pauperizada.

La vigencia del desarrollismo se explica por los fortísimos intereses industriales que la protección arancelaria generó. Los intereses de nuestro empresariado son de derecha (en el sentido de defender los intereses de un capitalismo protegido por el Estado) pero no son liberales, pues no desean someterse a una competencia que contribuya a la eficiencia, al crecimiento y al progreso del conjunto económico.

El desarrollismo de Macri

En comparación con el desarrollismo de Frondizi y Frigerio, el desarrollismo Siglo XXI de Macri luce inicialmente con muchas desventajas para ser exitoso. En primer lugar, se han asumido como válidas y permanentes la mayoría de las políticas populistas de Cristina. Un sobre empleo estatal de 1,500,000 de personas se lo combatirá revisando solo 78,000 empleos políticos. Se piensa ampliar los planes asistencialistas, conformándose con eliminar los punteros que los distribuían clientelarmente. Si se materializa el 82% móvil o se desgrava del IVA el consumo de jubilados, estaremos aumentando aún más el gasto corriente y restando recursos para la inversión pública.

En segundo lugar, hay una visión keynesiana que considera que el déficit fiscal heredado (7% del PBI y en aumento) no es un problema en la medida que se consiga endeudamiento interno o externo para financiarlo. La eliminación de los subsidios a las tarifas públicas de los sectores de ingresos medios y altos parece ser la única política dura destinada a reducir el déficit, aunque probablemente no alcance a compensar la prometida rebaja del impuesto a las ganancias a los salarios y la eliminación de impuestos al agro.

En tercer lugar, existe una preferencia por maximizar el endeudamiento externo, no sólo para recuperar el nivel de reservas (en cuyo caso seria razonable), sino para financiar permanentemente el déficit fiscal. Por donde miremos en el mundo, desde nuestra Convertibilidad hasta el caso griego, sobra la evidencia de los riesgos del endeudamiento externo, particularmente cuando es mucho y destinado a financiar consumo público o privado o inversión doméstica de baja productividad (como la sobre inversión inmobiliaria de los españoles).

Las patas cortas de la estrategia

La estrategia inicial del gobierno corre el riesgo de combinar los aspectos más negativos de los tres enfoques fallidos que han dominado la política económica argentina en los últimos 70 años (el populismo, el desarrollismo y el neoliberalismo).

En primer lugar, no hay aún una política explicita y agresiva de reducción del déficit fiscal. En este sentido se está copiando del populismo el gasto público desbordado, financiado con déficits fiscales insostenibles (con el agravante de convalidar esta vez la peor de las experiencias populistas, ya que gracias a una presión tributaria record, el gasto público nunca había alcanzado los niveles actuales).

En segundo lugar, se ha confirmado una estrategia de protección industrial similar a la preexistente. En este sentido se está copiando del desarrollismo una política arancelaria que, aún después de la exitosa eliminación del cepo, continua discriminando groseramente a favor de la industria de mercado interno y en contra de los sectores de exportación mas competitivos, incluyendo las economías regionales.

En tercer lugar, con el énfasis en recrear la confianza y arreglar con los holdouts, se está copiando del neoliberalismo el apego a los capitales golondrinas y al endeudamiento externo que, si se materializa, garantizaría un atraso cambiario crónico, sea cual fuere el patrón cambiario o monetario que se elija.

La experiencia nos indica que más allá de un éxito inicial explicado por la confianza que ha despertado el nuevo gobierno, una combinación de una economía cerrada al comercio con desborde fiscal financiado con deuda externa o capitales golondrina sería, a corto plazo, garantía de atraso cambiario; y con el tiempo, podría derivar en un endeudamiento externo insostenible.

Una visión voluntarista

Macri y su equipo creen que la herencia recibida se corrige sola dando confianza a los capitales y recuperando la inversión. Si se apuesta al crecimiento, los aumentos de la recaudación impositiva permitirían cerrar el desequilibrio fiscal y los aumentos de productividad harían que los hoy desalineados salarios en dólares se transformen en competitivos.

Es una estrategia muy parecida a la de los inicios de la Convertibilidad, cuando se pretendió ganar el apoyo político para las privatizaciones y desregulaciones con aumentos de salarios y jubilaciones financiados con ingresos de capitales externos. La expectativa era también entonces que los aumentos de productividad que se generarían con las reformas estructurales garantizarían un crecimiento que permitiría ajustar el fisco automáticamente y validar altos salarios en dólares.

Crecer sin corregir previamente los desequilibrios preexistentes es una propuesta políticamente atractiva, pero es un atajo sin futuro. Si se pretende invertir más, antes o simultáneamente hay que bajar el gasto publico corriente y el consumo privado para hacer lugar a esa mayor inversión sin generar presiones inflacionarias adicionales. La idea que el consumo y la inversión son complementos que se potencian entre sí puede ser válida solamente en una economía con desempleo, que no es nuestra situación actual.

Si se pretende además que la inversión sea productiva y contribuya a un crecimiento sostenible, los precios relativos hay que corregirlos antes y no sacrificar su corrección por lograr una reducción inflacionaria inmediata. Si los precios relativos no son previamente corregidos, los ingresos de capitales privados se orientaran a financiar burbujas inmobiliarias o, peor aun, un descontrolado déficit fiscal.

Conclusión

El Presidente Macri necesita consensos con el peronismo no kirchnerista para aprobar leyes en el Congreso, pero ese peronismo lo acompañará en reformas que le vengan bien para su pelea en la interna peronista. Difícilmente lo apoyará en iniciativas que lo dejen pegado a políticas de ajuste. Sea por las restricciones políticas o por las convicciones equivocadas, es entonces probable que el programa económico sea una mezcla de los peores elementos del populismo, del desarrollismo y del neoliberalismo. Si logra generar confianza y se tiene éxito en destrabar rápidamente el financiamiento externo, puede tener una luna de miel que lo ayude a mejorar sus chances electorales en 2017. Pero su éxito inmediato sería al costo de consolidar los principales desajustes estructurales (economía cerrada al comercio, sector publico sobredimensionado y deficitario, atraso cambiario crónico) que condicionan la decadencia argentina. La fragilidad de la estrategia económica mantendría así vivo el espectro de un nuevo fracaso económico y de un retorno del populismo.

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