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Cuentos Cósmico Antenudos 60



Cuentos Cósmico Antenudos 60
166- Mortadela encordada

Todos sabemos que para averiguar si una música que estamos escuchando es una chacarera o un tango, basta con prestarle atención al violín.

Si el instrumento de cuerda frotada, muy similar a una horma de mortadela, desafina constantemente pero sin ofender al público (ya que la afinación inexacta es buscada por cuestiones estéticas y no es producto de una escasa formación del violinisto), podemos afirmar que se trata de una chacarera.

En cambio, si el violín espeta un sonido potente con una afinación perfecta y un vibrato mesurado, estaríamos en condiciones de conjeturar que el artista de turno es Alberto Lissy tocando un tango o cualquier otra cosa.

También podrían ser Enrique Tula, Julia Cardone o Exequiel Bonifacino. Pero, últimamente están grabando poco estos muchachos.

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167- Viejitas y perejiles en yunta

“Del monstruo terrible, sólo quedaba su sombra guardada en aquella pared que le tuvo miedo”

(del libro “Cuentitos Sanguinarios”, de la Doctora Rosí Mary Lemezz).

La piba tenía 90 años, trabajaba repartiendo garrafas y en el barrio le batían “La Viejita”. Ánfora, así se llamaba la viejita, supo ser campeona olímpica de patín y lanzamiento de martillo. Incluso, una vez que se había pasado con el vino tinto, combinó sus especialidades y le encajó un martillazo a la patinadora más adelantada, para alcanzar ese primer puesto que tantas veces la hubo gambeteado.

Fue un ejemplo para los deportistas.

Las hijas, le salieron todas milongueras y los changos, estafadores de niños y ancianos. Pero en el deporte, dejó una buena imagen.

Esa mañana, 60 años después de lo del martillazo, Ánfora hacía su reparto de bombonas (llevando una en cada mano) y ocurrió lo esperable.

Un niño, un animalito y el padre de ambos, jugaban a lanzar cuetes (modalidad cañita voladora) desde una terraza, propiedad de la bestia mayor (el abuelo de los tres perejiles).

Les pareció divertido hacer reventar a la vieja y le tiraron una cañita que cayó justo en la boca de una de sus garrafas.

Después del terremoto, los tres perejiles se asomaron para ver el lugar de los hechos con la tranquilidad de los que se saben inocentes (o in-imputables por lo menos). Comprobaron la destrucción de los envases de gas licuado y empezaron a festejar. Fueron felices hasta que… una treintena de garrafas cayeron (de a pares) en la terraza.

La viejita, recordando sus años de campeona olímpica, les había lanzado toda la carga del camión más dos cascotes de yapa y algún esputo de cortesía.

Los tres perejiles y la bestia mayor, bajaron a pedir clemencia y esto se les oyó decir:

“-Perdónenos, viejecita. No sabíamos que podía defenderse.”

-Muy bien… los perdono. Pero… denme una de esas cañitas para mis hijitas milongueras.

-Tome, viejecita. Sus hijitas se merecen esto y mucho más.

Ánfora, apuntó a la terraza y se cobró la ofensa.

Los diarios, locales y visitantes, se hicieron una panzada con las imágenes aéreas. Algunos llegaron a titular “Se adelantó el festejo de Año Nuevo gracias a una viejita experta en lanzamiento de cuetes.

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168- Rosi y el petómano seductor

“-¡Que terrible dilema moral! ¿Vos qué harías?

-Mirá, el único dilema que conozco es “El Dilema del Sonido en la Guitarra”, de Emilio Pujol.”

(del libro “Uñas, Plectro y Yemas”, de Rosí Leguiter)

Para comenzar un diálogo con una bella niña en un ascensor, nada mejor que:

-Prrr… Prrr… Brooom… Pum… Garrrrrr…

-¡Ay, que ruido terrible! ¿No habrá sido usted, no?

-Por supuesto que no, hermosa dama de melena oscura. Yo no soy de esos petómanos de ascensor de los que hablaban Hanglin y Mactas. Y para demostrarle que no he sido, le contaré una historia lacrimógena.

Resulta que un niño le rompió un vidrio al vecino. Pero como su padre era vidriero, le salió barata la trapisonda y no lo molieron a palos.

Otro niño, más retacón que el primero, rompió de un pelotazo una bomba atómica que otro vecino había sacado al patio. Por suerte, su padre era ingeniero nuclear. Y pudo arreglar la bomba lindera, después de molerlo a palos a su hijito el paticorto.

-¡Ay, que linda historia! No sé cómo pude culparlo a usted de haber emitido semejante gas contaminante. ¿Me perdona?

-Pero claro, hermosa niña.

-Gracias… Pero… ¿y entonces quién fue? Estamos solos en este ascensor.

Aquí, finaliza la clase de galanteo. Antes de su resolución lógica. Porque, como dice Dolina, toda historia termina mal si se espera lo suficiente