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Cuentos Cósmico Antenudos 56



Cuentos Cósmico Antenudos 56
154- Sonidos internos

Cada vez más gente compra reproductores de música semovientes. En la mayoría de los casos, lo hacen por la ausencia de una música interna que los entretenga. ¿Para qué memorizar melodías o arreglos orquestales si podemos usar aparatitos cantores que, por funcionar con auriculares, nos van dejando sorditos al tiempo que nos divierten? Si uno se dedicara a pensar, en el transcurso de un viaje en colectivo, sería muy mal visto. Siempre es necesario un objeto, algo tangible que transmita cultura. Leer un libro es algo que tiene cierta nobleza, pero hoy escribo (porque me pagaron) para defender la memoria, el pensamiento abstracto, la indagación y la creación de inspirados versos. Como los del famosísimo chamamé “El Equino”, que ustedes pueden escuchar en www.purevolume.com/alfredofigueras con cualquier audífono con conexión de Internet.

Cuentos Cósmico Antenudos 56
155- Recorrido eterno

Íbamos, todos nosotros, en el colectivo 92 (ese verdecito que termina en Puente 12) y fuimos víctimas de un hecho muy pintoresco y terrible. Más pintoresco que terrible, para no generar falsas expectativas.

Resulta que una viejecilla, que gustaba de viajar de pié, se aferró al timbre (ese que apretamos cuando queremos descender del transporte público automotor) allá por la mitad del recorrido. Un muchachito, corto de palabra al igual que todos los que estábamos en ese colectivo, luego de mirar con ternura a una niña de preciosos ojitos verdes, se atrevió a tocar el preciado timbre. El chofer, frenó. Se acercó al cordón y…

“-No me bajo en ésta, señor conductor”- Dijo la viejecilla.

El colectivo se fue llenando, y nadie se animaba a pedirle permiso a la señora que, a pesar de tener prisionero al timbre, no tenía mucho interés en descender. Como ninguno la superaba en edad, ni en fuerza, nos resignamos.

Después de una hora, bajamos en la Terminal y cada uno empezó a planear su vuelta a casita.

Lo más fácil hubiera sido que tomáramos el mismo coche. Pero, la viejita, seguía allí diciendo:

“-No me bajo en esta, señor conductor.”

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156- Apología de la redundancia

Encontré una llamita de literatura en un libro acerca de los Sistemas de Comunicación. Lo citaré:

“Acá, en el análisis de las finanzas y en la auditoría interna, hay que informar hasta el dato más minúsculo, hay que informar. No le tengan miedo a la redundancia pues, muchas veces, ayuda a evaluar con mayor eficacia y en su justa medida a los datos.”

Bueno, dice que para combatir el ruido, en la comunicación, la redundancia es un eco necesario.

Sólo los conceptos repetidos se salvan del olvido. Las verdades absolutas, si son dichas nada más que una vez, se precipitan a los abismos de la desmemoria. Por eso, aprovecho a recordarles que la niña del cuento anterior (que ya habrán olvidado) tenía unos hermosos ojos verdes.

Ahora, siguiendo con la defensa de la tautología, el pleonasmo y la batología, voy a terminar ésta carilla aplicando un ostinato sobre la idea central y solitaria.

La repetición, genera familiaridad. Es de ésta forma, que la cumbia de la industria se instala en nuestra vida (hasta apagarla). Con una melodía primitiva y un ritmo reducido, para desterrar hasta la posible aparición de un matiz, consigue la simpatía de los que se cansaron de pensar (quizá por motivos entendibles) y los divierte mientras los hunde en la sordera vocacional.