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Cuentos Cósmico Antenudos 54



Cuentos Cósmico Antenudos 54
148- Trabajito cristalino

-¿No les da vergüenza triunfar ante un rival en inferioridad de condiciones?

– Reconozco que nos sentimos miserables, pero vivimos de esto.

Cuentos Cósmico Antenudos 54
149- Baño cerebral

En el mapeo no le fue bien. Tenía en actividad una sola neurona en la parte posterior del marote (y eso que vivía en la calle Cabezón al 700). Había pasado mucho tiempo en el campo y la imagen luminosa que un baño desprendía por las noches (a 200 metros del rancho que él vigilaba) lo maravilló a tal punto que le quemó la instalación cerebral. Un caso terrible.

Cuentos Cósmico Antenudos 54
150- Monstruo en la tosquera

Era de noche y cayó en un pozo de agua muy negra y pesada. Fue tanteando un cuerpo viscoso, de casi 20 metros, hasta que llegó a tierra seca. Estaba a salvo, pero cometió el error de volver la vista atrás. Un ojo inmenso, brillaba en esa oscuridad imperfecta de las noches de luna llena. La bestia tremenda, recién comenzaba a erguirse y pudo ver un segundo ojo centelleante. La tierra temblaba y él ya no pudo moverse. Cuando esa cosa cubrió el horizonte sólo con parte de su existencia, él miró el piso. Una simpática lagartija, más venenosa y temible que una yarará, le mordió su calzado y, atravesándolo, le inyectó una dosis de su veneno. Cuando pudo tomar consciencia, el sol quemaba como nunca. El aire pútrido de un riachuelo lo mareaba, pero estaba vivo y con eso era suficiente. Tomó el camino más largo, para volver a su casita (bueno, la de sus viejos) y de pronto escuchó una voz que pedía ayuda. Corrió hasta un aljibe y vio un brazo asomado. Tiró de él, pensando que la sinécdoque aparece en la realidad, y se quedó con un brazo ajeno. Eso no sería nada, en el extremo de su tercer brazo había una linda lagartija que volvió a tumbarlo a fuerza de mordidas y veneno.

Cuando abrió los ojos, un médico estaba consolando a sus parientes. Estaba listo, él lo sabía, pero igualmente escuchó el informe negro. Tenía una enfermedad incurable y ya nada podía hacerse, salvo darle unos calmantes y dormirlo. De a poco, fue sintiendo como los líquidos somníferos iban recorriendo su cuerpo. Se sentía mojado y…

-¿Che, no escuchás la campanilla? ¡Vamos, son las siete y vos ahí tirado y… ¿Otra vez todo sucio? ¡Pero con qué soñás vos?

No hay nada que hacerle, otra vez tuvo un sueño complicado. Tomó su uniforme de trabajo y, después de bañarse y cepillarse, se vistió mirando a una simpática lagartija que descansaba en su mesita ratona. Era una lagartija de juguete que le habían regalado en las Islas Caimán. Bah, se la habían dado a su esposa (la pobre mujer que tendría que lavar el colchón) como algo pintoresco.

Pensó un poco, agarró el juguetito junto con un bidón de kerosene y salió rumbo a la Tosquera.

Dicen, las viejas que todo saben, que un loco incendiaba el campo acompañado por un reptil pequeño y venenoso.