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Cuentos Cósmico Antenudos 53



Cuentos Cósmico Antenudos 53
145- Esquizofrenia titular

El título de una canción, no tiene por qué definir su contenido. Por ejemplo, “Baño Clientelista” es un título fenomenal. Pero dedicarle versos a un inodoro no sería adentrarse en las profundidades del arte. Por eso, los versos hablan de esas tres palabras que decía Casona.

Haré un intento, para que se haga patente la dificultad. Allí va:

“Ay, mi hermoso inodoro,

no sabes cuanto te adoro.”

Y peor aún:

”Ay, mi hermoso inodoro,

no sabes cuanto te odoro”

Es de un mal gusto inaudito, por eso lo dejamos acá.

Igual, la cosa viene porque escribí un valsecito y en el título figuraba el nombre de un señor. Pero la letra hablaba de una piba preciosa. El problema es que me llegan ramos de rosas todos los días por la confusión. Mire, buen hombre, espero haber aclarado lo referente a los títulos. No se ponga en gastos porque, cuando escribí “una piba preciosa”, me estaba dirigiendo justamente a una piba preciosa. No insista.

Cuentos Cósmico Antenudos 53
146- El sordito cantor

Al tipo le gustaba cantar y no tenía escrúpulos al hacerlo. Su caballito de batalla era “El día que me Quieras” (de Gardel y Alfredo Le Pera). Lo cantaba bastante bien, pero justo en el final le chingaba a la letra diciendo:

“Y un rayo misterioso

arácnido en tu pelo

luciérnaga furiosa

que verá… que eres mi consuelo!…”

Hubiera logrado mayor éxito diciendo “hará nido” en vez de “arácnido” y “luciérnaga curiosa” en lugar de “luciérnaga furiosa”. Pero la estructura y las metáforas de la canción pudieron soportar estoicas. Igualmente, ya no canta. Se compró un campo en la pampa argentina y, quizá encerrado, para estudiar las letras busca silencio.

Cuentos Cósmico Antenudos 53
147- Almanaque sempiterno

-¿Cómo le va, Tracio?

– Va bene, Benegas…

Tengo que decir que me va bien, no puedo contarles de mi desgracia interminable.

Una vez, en el año 1970, me regalaron un almanaque autoadhesivo. Yo, en mi pobre ingenuidad, lo pegué en la ventana de mi espléndida sala de estar. En ese tiempo, no se sabía del poder maligno de los autoadhesivos y yo ni siquiera lo sospechaba.

Hoy, después de 30 años, el vidrio se rompió. Pero el almanaque sigue firme y con su anacronismo tenaz intenta reunificar el ventanal extinto. Ahora que lo veo, noble y esforzado, me parece que ya no quiero despegarlo. Extraño el 1970 igual que él, mi amigo el almanaque.