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Cuentos Cósmico Antenudos 49



Cuentos Cósmico Antenudos 49
El parrillero sabio

“Este baño está clausurado desde la 2da. Fundación de Buenos Aires”

(de un cartel de un baño… al que siempre me acerco esperanzado).

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Tres señoritas inglesas, discutieron fuertemente bajo la sombra que proyecta la estatua del Resero (en Mataderos). La disputa, cuentan las viejas, fue por cuestiones de honor. Sin embargo, fuentes oficiales dicen que, luego de haber comprado tres sanguches de chorizo y un vacipán (éste último a ser dividido), comenzaron a darse terribles carterazos, hijos de la angurria y del conocimiento del ensayo de Isaac Asimov acerca de la imposibilidad de cortar una tiza en tres partes iguales. También conocían el cuento “Tres portugueses bajo un paraguas, sin contar el muerto” (de Rodolfo Walsh). Pero este cuento no influyó, porque la cosa venía por sanguches de vacío mal liquidados y no por razones difíciles de desentrañar. Aparte, hay un vacío legal que todos conocemos.

El origen del escándalo quizá sea un misterio, no así su resolución. Un parrillero galante, y con buena mercadería, les ofertó tres sanguches de entraña al precio de uno. Ellas, aprovecharon la ocasión (de H. Baldi) y pagaron el entrañipán, que se triplicaría, para salvar una amistad que las juntaba desde que compraron un departamento de 4 ambientes en Caballito, hace más de 30 años.

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El deber no es bueno

Hoy hice lo mismo que hago cada fin de año. Puse el despertador a las 05:00 hs. y me acosté a las 21:00 hs. Cuando sonó la alarma, en ese silencio tremendo de un primero de enero, me levanté y fui a buscar mi bomba de estruendo. La encendí con dos dedos, no por darme dique sino porque son los únicos que me quedan después de tantos accidentes con pirotecnia, y la arrojé (ésta vez con más suerte) en un zaguán con muy buena acústica. El barrio, pobre, se desperezó al borde del infarto por mi ocurrencia y yo, con la satisfacción del deber cumplido, me tiré otra vez a la catrera.

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Plagios del Chillón

Se me disparó una idea en la alta noche. Los perros, bajo el mando del “Chillón”, comenzaron a ladrar despavoridos. Todavía humeaba una de mis antenas, hermosas por cierto, cuando me acerqué al baño para realizar unos trámites. Dos horas después, con los papeles en regla y un principio de trombosis, eché un vistazo a la jauría comandada por El Chillón mientras contemplaba un torete de soslayo. Un torete hermoso, de bronce macizo con incrustaciones de plata, que uso para atrancar la puerta del rancho desde que me afanaron el insuperable taco de madera que aún extraño con fervor campero.

Considerando que los sanguinarios pichichos estaban tranquilos, fui hasta mi escritorio y volqué al papel la idea que tanto revuelo había causado. Cuando hube terminado, me di cuenta que la ocurrencia era ajena. Creí mi propia imaginación lo que en verdad era el recuerdo de la inventiva de otro. Pero como no recordaba al autor tenía la sensación de ser el propietario, con cara de otario, de la idea guacha (como la ovejita de Giacobbe). Finalmente, aunque el autor sea Dolina, haré la exposición.

Consiste en un programa televisivo llamado “Miremos lo bien que toca Juanjo Domínguez” o, en su versión radial, “Ya que no podemos ver, escuchemos lo bien que ejecuta Juanjo Domínguez”.

Un programa así, sería fuente de consulta para los músicos y enriquecería el pabellón auditivo nacional. Juanjo, tocaría lo que su buen gusto le indicara. Porque si aceptara pedidos, empezarían a llamar sugiriendo temas movidos, alegres, La Cumbia de la Ovejita Guacha, y otros… Otros pedirían tangos, estilos, valsecitos criollos y música clásica. Por esto, Juanjo Domínguez no acepta pedidos. No insistan.

La Empresa.



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