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Cuentos Argentinos y Antenudos 20



Cuentos Argentinos y Antenudos 20
61- Incentivo al desacato

“Nunca confiamos en la industria nacional. Por eso nuestros mapas, escudos e insignias son fabricados en el exterior.”

(del libro “El Cipayo Angola”, de Rosarito Levendepatr)

-¡Esta vez, los agarré! Ustedes, dicen que el Estado debe funcionar como una empresa. ¿No?

-¡Pero claro, señor integrante de la clase proletaria!

-Entonces, estoy en condiciones de asegurarles que se han equivocado al dejar el cobro de multas en garras privadas. Porque la eficiencia en la obtención de ganancias, pronto los llevará a fraguar pruebas, documentos y, de ser posible, también algunas leyes menores.

-¿Eso nos quería decir? ¿Cree que nacimos hace 21 años? ¡Nosotros, como empresarios de lo público, estamos en todo, papá!

Para cobrar multas, confiamos en el sector privado. Pero le dimos la concesión a la empresa que demostró ser menos eficiente. Así, nos aseguramos que no haya cobros indebidos. Al menos, en el corto plazo. Porque, con el tiempo, podrían recibir asesoramiento de alguno de nuestros Ministros. Pero, por ahora, la cosa está bien. ¿Entendiste, perejil?

-Ahora, sí. Y… hasta quisiera sumarme a su agrupación política, gentil caballero.

-Gracias, por la intención. Pero, no aceptamos pobres. Nos hacen caer la imagen en las encuestas, vio.

62- El testigo fumador

“Sandra Goncito, es poeta y anarquista; De allí, su métrica impar”

(del libro “Simetría Logarítmica”, de la matemática rusa Rosí Leoctogonov)

-¿Qué lo hace sospechar, Don Fiscal?

-Y… está bien, eso de que no seamos nada. Pero… esta semana, se nos fueron 8 testigos.

-¡Pero eso es normal! La Tasa de Mortalidad de Testigos, tiende a ocupar los primeros puestos en muchos países. Aparte, los nuestros eran de fumar mucho y eso…

-Tiene razón, habrá sido el cigarrillo. Mandelé mis condolencias a las madres.

-Eran todos hijos de la misma madre, Don. Y… acá me informan que hoy la pisó un tanque, cuando iba a comprar puchos.

-Ahora, recuerdo a esa señora. Doña Anita Pitillo, era una nube, casi. ¡Otra vez, fue el cigarrillo! ¡Cómo pude pensar mal de Caín Sicarietti!

-¿Vio? Recuerda lo que nos enseñaron en…

-Sí, la primera hipótesis a investigar debe ser siempre la del suicidio no inducido.

Cuentos Argentinos y Antenudos 20
63- Café de menta viperina

“Ella, tenía problemitas a la hora de dormir (a la noche). Y para ello, guardaba unas cuantas pastillitas en su mesota de luz. Eso sí… para los días difíciles, en el último cajón, atesoraba un trabuco semi-automático.”

(del libro “El Último Cajón”, de Rosí Lemezzitduluz)

El Alcalde cipayo, no estaba haciendo muy bien las cosas. Por eso, se le ocurrió poner una máquina de dar café para calmar los ánimos de la plebe y así, asegurarse un segundo mandato (en el que gobernaría pensando puramente en los intereses extranjeros que lo encandilaron desde niño).

Pero el plan, inteligente por donde se lo mire, no funcionó. Y hasta podría decirse que la máquina cafetera fue la que produjo su posterior derrocamiento. La sucesión de hechos, fue de lo más normal.

La máquina, que decía dar crédito aunque no vuelto, empezó a tragar monedas. Nunca dio café y, cuando se envalentonó, en vez de dar vasitos agarró la manía de escupir insultos gruesos impresos en fino papel reciclado.

Alguien, un justiciero quizá, le estampó un cartel que puso al tanto a los incautos:

“Esta máquina me debe 2 mangos, me debe. ¡Me debe 2 mangos, che!”

Y la frase, como era de esperarse, fue llevada como estandarte por los insurrectos que tomaron la Casa de Gobierno y todos los fecas capuchinos que contenía la máquina terrible (después de arrancarle las tripas con uñas y dientes a la máquina y a un perro pati-corto y panzón que vigilaba el lugar).

Dicen que al alcalde, terribilísimo sátrapa, le hicieron tragar 50 vasitos y unas 220 cucharitas plásticas, aparte de 100 sobrecitos de azúcar.

Pero los que dicen esto, son los mismos que dicen que la caída del tirano, fue provocada por la cafetera chúcara y tragamonedas.

Está en ustedes creerlo. Yo, no le doy crédito a la versión. Pero la repito y le doy forma literaria porque así conviene a la economía de la editorial para la que trabajo.