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Cuando las feministas son literalmente feminazis

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BIENVENIDO A MI CRAP

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Una prominente feminista británica y columnista del muy políticamente correcto Guardian, Julie Bindel, ha declarado en una entrevista que a los hombres se nos debería internar “en algún tipo de campo” vigilado por guardias, aunque permitiría las visitas de madres, hermanas y parejas. Esta radical confiesa desear con toda su alma que la heterosexualidad desaparezca y que le pone enferma que las mujeres hagan una excepción con los hombres a los que aman de su condena universal a nuestro género, porque ellos también se benefician de los privilegios del patriarcado y no impiden a otros hombres ser una mierda. Porque los hombres somos todos una mierda, ya saben.

Bindel pertenece a una corriente cada vez más popular dentro del feminismo que considera que la orientación sexual es una elección y que, de hecho, la obligación de toda mujer es ser lesbiana por suponer “un desafío a la institución de la heterosexualidad y una forma de resistencia a las relaciones patriarcales”, como escribía otra feminista norteamericana, Diane Richardson. Para ellas, en realidad es la heterosexualidad la corriente sexual artifical que ha sido impuesta a la mujer por el “patriarcado”. Esta corriente tiene una larga historia en el feminismo, pero generalmente no se expone a la luz pública a las claras porque provoca una lógica repulsión.

La profesora Charlotte Bunch escribía ya en 1971 que el lesbianismo es “la clave para la liberación” y sólo son de fiar en la lucha contra la dominación masculina “las mujeres que cortan sus lazos con el privilegio masculino”, es decir, con los hombres. En un discurso de 1980, Marilyn Frye aseguraba que “la heterosexualidad ampliamente extendida” es “un producto completamente artificial del patriarcado” y que la mayoría de las mujeres son “coaccionadas” para que sean heterosexuales. Andrea Dworkin afirmaba en 1987 que el acto sexual es “una expresión formal, pura y estéril del desprecio del hombre por la mujer”. En 1994 Dee Graham sentenciaba: “La violencia del hombre contra la mujer y el acto sexual normal son esenciales para el patriarcado porque establecen el dominio del pene sobre la vagina, y por tanto de las relaciones de poder entre los sexos”. En España, la diputada podemita Beatriz Gimeno nos enseña que

la heterosexualidad no es la manera natural de vivir la sexualidad, sino que es una herramienta política y social con una función muy concreta que las feministas denunciaron hace décadas: subordinar las mujeres a los hombres.

Se podría escribir un libro con estas sandeces. Bindel no es una excepción, sino una más dentro de una corriente del feminismo que se enseña en las universidades, pese a que más que un producto del pensamiento lógico parece más carne de psiquiatra.

Dentro de esa corriente, el separacionismo es una idea central que promulga que las mujeres deben vivir completamente separadas de los hombres para que así tomen conciencia de la realidad del patriarcado. De ahí a meternos a todos en un campo de concentración, como quiere Julie Bindel, solo hay un paso. Pero aquí, como en tantas cosas, el doble rasero de la izquierda luce en todo su esplendor. Bindel seguirá estando presente en medios como la BBC, seguirá escribiendo en el Guardian, no perderá su puesto de investigadora universitaria ni recibirá críticas del resto de feministas; no hablemos de tratarla como una apestada para la sociedad civilizada, lo que estaría más que justificado por sus ideas. Ningún hombre que dijera una barbaridad semejante disfrutaría de tanto respeto; de hecho, se trata mucho peor a quienes llevan una camisa con dibujos de mujeres provocativas o hacen bromas sobre laboratorios mixtos que a las feminazis que quieren meter a la mitad de la población mundial en un campo de concentración por ser hombres. Pero la izquierda es progreso y tolerancia, ya saben.

DEJA BITS SALAME

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