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Cuando Güemes capturó un barco inglés a caballo

Cuando Güemes capturó un barco inglés a caballo





Era el 12 de agosto de 1806 cuando una mañana fría se avistó sobre el Río de la Plata, las velas de barcos ingleses que traían 1626 soldados de su majestad el Rey de Inglaterra del regimiento de los invencibles, hasta el momento, número 71.

Los británicos hicieron tierra en las playas de Quilmes y se dirigieron a la ciudad para conquistarla casi sin resistencia. La historia se conoció como la Primera Invasión Inglesa.

La ciudad se entregó sin necesidad de hacer capitulaciones exageradas. El Virrey había escapado con los fondos públicos y habían dejado a Hilarion de la Quintana, brigadier y coronel del Regimiento de Dragones de Buenos Aires y gobernador de armas a cargo de la defensa. Después del mediodía el general de las tropas de tierra del Rey de Inglaterra William Carr Beresford ocupaba el fuerte sin resistencia.






Cuando Güemes capturó un barco inglés a caballo





El primero de agosto a la una de la madrugada, las puertas del fuerte se abrieron para dar paso a 700 hombres de infantería y seis piezas de cañón. Algún soplón había avisado de que en Perdriel a 20 kilómetros de Buenos Aires, se reunían las tropas criollas comandadas por Juan Martín de Pueyrredón y Beresford. Se ordenó rápidamente el ataque. A las siete de las mañana, tomaron por sorpresa a los 50 criollos que apenas alcanzaron a armarse y a presentar batalla. 

De forma insospechada, luego de media hora de combate, la victoria quedó en manos de los criollos; mientras que los patriotas sufrieron tres muertos y seis prisioneros y perdieron tres cañones. Los ingleses tuvieron que lamentar la vida de cuatro oficiales y 22 soldados, y perdieron un cajón de municiones.







Beresford decidió entonces atrincherarse en el fuerte a esperar el desembarco de Liniers que se efectuó el 4 de agosto con una tropa de 1500 hombres en total. El día 10 a la una de la tarde, Hilario de la Quintana se presentó a las puertas del fuerte e intimó a los gritos al general Beresford para que se rindiera. Desde adentro, una voz en mal español le contestó que iban “a defender la plaza hasta que lo dicte la conciencia”.










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El combate final





El 12 de agosto se produjo el combate final. Los porteños empujaron con sus armas a los ingleses atrincherados en las calles hasta replegarlos en la Plaza Mayor guarnecida con 18 piezas de cañón y con soldados apostados sobre las terrazas que daban a la plaza de la Recova. El grueso de las tropas criollas bajaron hacia la plaza por las calles San José (actual Florida) al mando de Liniers. Luego de más de tres horas de combate, los ingleses se replegaron hasta el interior del Fuerte e izaron la bandera blanca pidiendo las condiciones de capitulación. Pero no fue admitida, y la balacera volvió a arreciar contra la casa de gobierno. Recién después de que Beresford mandara a izar la bandera española, el combate concluyó.

Los británicos habían perdido 157 hombres y 1200 prisioneros. Los criollos padecieron 205 bajas. La rendición oficial se realizó a 150 metros de la puerta del fuerte bajo los arcos del Cabildo cuando Beresford después de haber entregado todas las armas, estrechó la mano de Liniers en esa tarde de frío brutal.

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La batalla imposible





Mucho se ha escrito del heroísmo del los porteños en las jornadas de la reconquista, pero poco se sabe de que ese día, mientras los ingleses se rendían, se había producido el combate mas extraño que podía realizarse en aquella época: una carga de caballería abordaba y sometía a los ocupantes de un buque de guerra.



Cuando se produjo la invasión, el joven oficial salteño fue enviado en una misión especial a la ciudad de Córdoba. Pero cuando el virrey Sobremonte se enteró de la patriada de Liniers, le pidió que le llevara un mensaje secreto al francés y que fuera a la máxima velocidad posible. El cadete que partió de la estancia La Candelaria a casi 800 kilómetros de Buenos Aires, realizó el trayecto en unos sorprendentes dos días.

Así el 12 de agosto, el muchacho moreno de ojos de pólvora combatía contra los ingleses en la ribera del río al mando de una partida de caballería. 



Desde el río, el buque Justina azotaba con sus cañones a las tropas criollas que querían acercarse al fuerte por la costa o por las calles cercanas. El barco había peleado con fiereza con sus 26 cañones y sus más de 100 tripulantes entre oficiales y marineros. Pero el río traidor les jugó una mala pasada. Una bajante repentina hizo que la nave encallara a pocos metros de la costa. Enterado de ésto, Liniers se dirigió a Güemes y le ordenó que al frente de un escuadrón de Husares de Pueyrredon siguiera al barco desde la costa. Pero Martín y sus gauchos se salían de la vaina por atacar a los invasores. Contrariando la orden de sus superiores, miró a sus soldados y las sonrisas de sus compañeros de guerra lo envalentonaron. En ese momento tomó las riendas, taconeó a su caballo y enfiló hacia el río al grito de carga. Sus soldados lo siguieron envueltos en un grito que dejó pasmados a los tripulantes de la nave.



Los caballos enfrentaron al río color marrón bufando y relinchando, mientras sus jinetes disparaban sus armas, tacuaras y sables en mano, y desde La Justina devolvían el fuego.




Cuando Güemes capturó un barco inglés a caballo



Güemes y los suyos llegaron hasta el buque atacándolo por todos los flancos y sucedió lo imposible: el capitán del barco inglés levantó un trapo blanco en señal de rendición.

Martín ordenó el alto el fuego y abordó la nave para hacerse cargo. Los ingleses, entonces, descubrieron que habían perdido la batalla a manos de un jovencito alto, moreno de ojos profundos que hablaba con un acento extraño.



Para esos jinetes que realizaron el bizarro abordaje, el río color de león había sido el campo de batalla más movedizo que habrían de conocer.



Cuando Güemes capturó un barco inglés a caballo

Gracias por todo Gaucho



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