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Crónica del Consumo que Consume a una Sociedad

TIJUANA, SEPTIEMBRE 2, 2014/Roberto Santillán y Odilón García.- Mientras camino observo, obligo a mi sentidos para agudizarse en mi entorno. Mi objetivo, la gente que pasa inadvertida por mi presencia y así caminando llegué desde el atareado Boulevard Agua Caliente hasta la Zona del Río, el paraiso de los compradores compulsivos. Y al internarme en Plaza Río con la misión de observar me percato, registro las muecas de la sociedad cuando no le alcanza para cumplir con la lista de deseos

Sol intenso del verano que se despide de la frontera con ráfagas voraces que a 28 centígrados hacen de las suyas y convierten en dos colores las manos, los antebrazos de la gente. Un café y aveces chocolate en los antebrazos y blanco en la piel cubierta por la camisa, un cuello rojizo en “V” en el pecho de los taxistas, los hombres de la tercera edad que llevan los carritos del supermercado del pelícano. Y descubrí que todo gira alrededor del consumismo.

Crónica del Consumo que Consume a una Sociedad

No se percatan, pero el la felicidad es guiada por el dios del consumismo. La compra de ropa, ¿cómo podríamos vivir sin vestirnos? Pero que sea de moda, tendencias urbanas, jóvenes que no lo serían con ropa pasada de moda. Las maracas hacen existir a los presumidos. Había personas que transitaban con total tranquilidad en los pasillos pero con el riesgo de quedarse sin ojos que se les iban y venían de un aparador a otro. Ojos con preocupaciones…

 Hace unas horas el presidente de México habló de las bondades de las reformas (ya sabe usted energética, haciendaria, política, educativa) y aquí los rostros de la frontera dejan asomar el atraso social que dejó el incremento al IVA del 11 al 16 por ciento, la desaceleración económica, el cierre de negocios, la quiebra y por si fuera poco las escasas oportunidades para los comerciantes que se atreven a abrir un changarro, especie en peligro de extinsión.

Al acceso por la puerta principal de la Plaza Río (más de una década de permanencia en Tijuana) me percato de tiendas vacías, algunas con publicidad, ganchos “ESPECIALES” como se dice en la frontera (OFERTAS en el Distrito Federarl) Simplemente publicidad que por más elaborada no atraían a nadie.

Me detengo en la Comercial Mexicana, la tienda más vieja del lugar, y en un banca di la espalda a una fuente que chasqueaba las gotitas de agua con su sonido de meditación. Y me dediqué a observar a las personas caminando en todas direcciones y con una amplia mirada me di cuenta que otros “reporteros” hacían lo mismo que yo. No sé si escriban su reporte como este, pero descubrí que ver a la comunidad puede ser une ejercicio eterno, desde los Vedas o bien los Mexicas en la imponente Gran Tenochtitlán.

Estaba el sol a plono y yo sentado, despreocupado porque tenía esa misión: el observar a las personas, aquellas que solo iban a comprar, comprar y siempre comprar. Siempre deseando más, deseando desde niños y pensé que solo la muerte podría separarlos de esa belleza subrlime de gastarse el dinero.

Sentado en esa banca no pude hacer números para saber cuánto habrían gastado millones de personas que una y otra vez acudieron a esta plaza a veces abarrotada para comprar lo que sea, lo que no necesitamos. Y recordé que yo también lo he hecho; sin embargo, en este último semestre del 2014 la desaceleración económica es brutal.

Observe a una joven cajera que vestía de blusa negra que contrastaba con su piel blanca y se confundía con su cabello intensamente negro. En su mirada note preocupación y en su rostro algo que definiré como insatisfacción; las caras hablan el lenguaje de la no verbalización, algunas caras gritan. Atrás de mí, arriba de la fuente se encontraban unos trabajadores de la plaza que con gran atención, reportero al fin alcancé a escuchar: hablaban del trabajo, de su misión de recolectores de la basura y se quejaban de los precios del jamón, el huevo, recordó uno de ellos que los frijoles eran lo que salvava al pueblo de México: “no re preocupes –decíamos- si traes invitados a la casa y nos caen de improviso, solo le echamos más agua a los frijoles y cual problema” Un kilo de los bayos cuestan 38 pesos, cuando era niño costaban 6.50 el kilo.

De pronto observe que por la amplia puerta de acceso una familia: madre, abuela no vi alguna figura paterna, pero note que los niños que iban con ellas tenían una discapacidad, un cierto retraso, eran tres que finalmente supe eran hijos de la joven mujer porque así les llamó al pedirles que se apuraran. Entraban de visita a una de las tiendas llamada “modatienda”.

Casi con cara enfadada observe a otras mujeres más vanidosas que las anteriores. Tras los aparadores las vi cuando se sorprendían con todo lo que había en la tienda, contemplaban con tiempo de sobra los collares pegados a la pared. Añgunas mujeres que accedían a la tienda traían vestimenta ostentosa, brillos salían de sus prendas, colores vivos, además de un maquillaje remarcado que ocultaba el color natural de su piel, los ojos, las cejas, pestañas prácticamente ocultando su verdadera identidad. Pensé que el rostro más autorizado por el gusto de los caballeros es una copia en cada mujer exesivamente maquillada.

Note en la mirada de las personas que trabajan en los puestos ambulantes curiosidad al verme en la banca, ahí sentado por mucho tiempo y la mirada inquisitiva estuvo a punto de incomodar mi misión, pero me repuse y seguí entre la gente y un guardia de seguridad que me echó el ojo y decidió no despegarse mucho de mi. Tal vez yo fui mal pensado y coincidimos en su punto de vigilancia de la plaza y yo en el mío de observación.

Observe a niños jugando alrededor de la fuente sonriendo, tan fuerte que contagiaron a otro más pequeño que venía en una carreola y ante el albororo se incorporó para pretender caminar pero como casi todos los padres, como buenos aguafiestas, se lo impidieron tajantemente y alejaron del lugar. Si usted le tomó una foto a su hija ahí trepada en la fuente, también la vi así como a una mujer asiática que caminaba, la más presurosa, con una bolsa en la mano para hacer sus compras a gran velocidad. Su vestimenta era sobria: camisa azul con rayas de color gris, pantalón de mezclilla y zapatos abiertos.

El puesto ambulante de enfrente que vendía banderas, listones y objetos patrióticos en clara referencia al mes de septiembre mostraba un contraste: presentes el verde, el blanco, el rojo, el águila, los motivos de la independencia y a la vez el rostro aburrido del vendedor, inconforme con su trabajo y nada entusiasmado en lo que hacía.

Problemas sociales como indigencia o personas limpiando carros por una dádiva aquí no se veían. Vendedores ambulantes de pepitas, elotes, carritos de hotdogs, tacos varios, imposible dentro de las plaza. La vigilancia de la Policía Comercial y los guardias de seguridad lo impiden.

Fue notorio una clara preocupación en la gente que pretendía comprar muchas cosas y nada más no les alcanzó. Querían comprar cosas que creían lo haría felices pero aunque compraron algo, no todo, no se mostraban satisfechas.

Me sorpendió ver a varios niños esclavizados a una tabla electrónica, sin importarles la presencia de sus padres, la belleza de la plaza, lo que se pudiera consumir, el sol del verano que termina, nada les llama la atención, me atrevo a decir que ni siqueira el estruendo de un rayo, sino sus videojuegos conectados al Wi-Fi (nombre corto de la marca Wi-Fi Alliance creada por la Wireless Ethernet Compatibility Aliance (WECA). Gracias a la tecnología y a los puntos de conexión invisibles, ya no son los niños de antes, ahora son los niños visuales de pantallas de litio y gracias a eso todo ha cambiado. Son los niños de hoy y si hablamos de los adolescentes también son traen consigo el sello de la indiferencia; su mirada traspasa a los presentes sin fijarse en ellos y sin mirar a su alrededor, simplemente dispuestos a comprar un cable de repuesto del Xbox, unos audífonos como aceptable compañía y en general ambicionar el nuevo Iphone, el Galaxi Note Book, los nuevos “bienes” que les dará satisfacción por el momento.

noté algunos jóvenes con el cabello color verde, además de observar a mí salida de la plaza a una pareja muy particular: una muchacha con el cabello rojo intenso, blusa escotada y una falta muy corta además de traer maquillaje que competía con las mujeres que vi al principio solo que más negros en su cara; el joven que le acompañaba traía uno de esos radios NEXTEL que no funcionan en la cintura, vestía camisa negra con rallas de color gris, pantalón jeans azul oscuro y zapatos negros; de complexión robusta y mucho más alto que la muchacha, no compraron nada, solo caminaron hacia el cine.

Olvidaba decir que bajo un árbol grande que daba una buena sombra se sentaban las personas de la tercera edad hombres sabios de unos 70 que hacían lo mismo que yo observaban a los que pasaban o simplemente leían el periódico (espero que lean esto alguna vez) Dentro de una cafetería famosa con mesas y sillas afuera del local note una singular acción por parte de los clientes: no platicaban como antes en el café donde se daban cita hoy simplemente se sentaban cómodamente frente a un teléfono inteligente para contemplarlo, hacerle gestos y acariciarlo con los dedos, tal vez para contestar un chat. Descubrí el deporte de mirar a la pantalla sin parpadear y para ganar el juego es impresindible tampoco observar a su alrededor.

Crónica del Consumo que Consume a una Sociedad

Una buena parte de la sociedad fronteriza se ha vuelto consumista, con una falta de seguridad en sí misma (todo lo asegura el tener y si no tienes no eres nadie) impulsados a comprar objetos hermosos que tarde o temprano comprenderá que no necesitaba. Pero tal vez arrastrados todos en un gran embudo de la aprobación de los demás.Crónica del Consumo que Consume a una Sociedad

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