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Cómo Perón boicoteó la integración regional

Cómo Perón boicoteó la integración regional y deterioró la relación con Uruguay



En su nuevo libro “El relato peronista”, la periodista Silvia Mercado busca desmitificar al líder justicialista e impugnar los presuntos logros de sus presidencias. Aquí, un análisis de su peligrosa política internacional, que embistió contra los países vecinos y dañó la reputación argentina en el mundo











Cómo Perón boicoteó la integración regional






José “Pepe” Mujica dice que la “Argentina no acompaña un carajo la integración regional” y que “cuando tiene viento de cola” nuestro país “agarra para otro lado”. Lo dijo a pocos días de dejar el gobierno, y luego de años de pagar un alto costo interno por ejercer la “paciencia estratégica” con los argentinos. Pero la década kirchnerista no fue la primera que los uruguayos padecieron con nosotros. La tensión entre los dos países tiene una larga historia, aunque tuvo un pico dramático durante la Segunda Guerra Mundial, que fue vivida en los países del Río de la Plata con sentimientos notoriamente contrapuestos, y todavía empeoró inmediatamente después, con la victoria de Juan Domingo Perón en las elecciones.

Uruguay estuvo a favor de los aliados apenas iniciado el conflicto. Su sociedad democrática y abierta, su vocación igualitaria, la pusieron natural y automáticamente de ese lado. Rodeado por dos importantes naciones, eligió apoyarse en los Estados Unidos, el país más lejano y aun más grande, para sentirse protegido. Por eso cuando se realizó la III Reunión de Consulta entre Ministerios de Relaciones Exteriores de las Repúblicas Americanas entre el 15 y el 28 de enero de 1942 en Río de Janeiro, Uruguay estaba dispuesta a declarar la beligerancia contra el Eje, como otros países de la región, México y la mayoría de los países de América Central.

Así y todo, Uruguay aceptó una convocatoria previa en Buenos Aires, realizada por el canciller Enrique Ruiz Guiñazú, convencido nacionalista que impulsaba la neutralidad, para coordinar posiciones entre Chile, Paraguay y Perú. Los vecinos veían en esa convocatoria un intento argentino por liderar desde Buenos Aires un bloque hegemónico que escondiéndose en la neutralidad, favoreciera al Eje, pero aceptaron la reunión.

Efectivamente, nuestro país algo logró. Ya en Río de Janeiro, Argentina obtuvo un éxito importante frente a Sumner Welles, secretario adjunto de Estado, al lograr que el documento evitara obligar a las naciones a declarar la guerra al Eje, para solo “recomendar” esa decisión. Sin embargo, la mayoría de los países latinoamericanos, incluido Uruguay, aunque no declararon la guerra, rompieron relaciones diplomáticas con los países del Eje. Argentina y Chile fueron la excepción.

El contexto facilitó el viraje de Brasil, que durante la Segunda Guerra se fue convirtiendo en el más poderoso aliado latinoamericano de Estados Unidos, que promovió el potencial militar brasile­ ño con la clara intención de presionar a la Argentina, que usaba su influencia para comerciar libremente con los países aliados europeos y proteger los intereses nazis en la región.

El nuevo balance de fuerzas entre Brasil y Argentina también favoreció a Uruguay, que pudo estrechar las relaciones con los Estados Unidos sin tutelas regionales. A mediados de 1942, Uruguay y Estados Unidos suscribieron un primer acuerdo bilateral para fortalecer el comercio entre ambos países sobre la base de un intercambio libre de tarifas discriminatorias o trabas arancelarias, además de créditos con los que nuestro vecino pudo comprar la The Montevideo Telephone Company, de propiedad norteamericana, e iniciar un vasto programa de obras públicas y viales. “Es decir, la coyuntura bélica y la situación estratégica de Uruguay frente a su renuente vecino, promovieron un acercamiento pragmático”, opina Juan Oddone, historiador uruguayo, enVecinos en discordia.

Como era de esperar, ni el presidente ni el canciller uruguayos asistieron a la asunción del 4 de junio del 46. Uruguay tampoco estuvo entre los primeros envíos de trigo que dispuso Perón apenas asumido como Presidente, lo que obligó a nuestros vecinos a depender del pan negro por muchos años. Y por si fuera poco, en julio del 46, la policía uruguaya desbarató un intento de golpe liderado por el coronel Esteban Cristi, oficial retirado de clara ideología pro nazi, que había tenido estrecha vinculación con los agregados militares argentinos desde el golpe argentino en 1943.

Meses después, ya en la campaña política uruguaya, que el 27 de noviembre del 46 eligió la nueva fórmula presidencial, el gobierno argentino intervino en forma explícita, “desplegando publicidad a cara descubierta en favor del Partido Nacional, o aun irrumpiendo en los actos políticos colorados”, contó Oddone. Además, precisó que Tomás Berreta, el candidato a presidente del Partido Colorado, se quejó en Washington de la presencia de “provocadores peronistas” que aparecieron en vehículos identificados con chapas argentinas buscando disolver reuniones partidarias o amedrentar a sus asistentes. También confirmó que había llegado dinero en efectivo desde enviados peronistas para solventar la campaña de Luis Herrera, una información que apareció en algunos diarios montevideanos, pero que el Partido Blanco había negado.

Cómo Perón boicoteó la integración regional

La fórmula colorada integrada por Berreta-Luis Batlle Berres ganó cómodamente. El presidente electo fue invitado a una gira por los Estados Unidos donde todavía estaba Spruille Braden como secretario adjunto de Estado, con quien tuvo una conversación personal. Dijo en el encuentro privado con Braden el presidente uruguayo electo: “No hay duda de que Perón está buscando la hegemonía sobre la totalidad de la porción meridional del continente, y estamos muy preocupados. Río de Janeiro está lejos y Estados Unidos aún más; nosotros estamos cruzando el río tan solo. ¿Por qué se está armando? ¿Por qué está construyendo una gran industria bélica cerca de Córdoba?”.

Seis meses después, Berreta murió. Asumió Batlle Berres, sobrino de José Batlle y Ordóñez, el carismático caudillo uruguayo que llegó dos veces a la presidencia. Luis Batlle tenía 47 años cuando tuvo que asumir como Presidente. Casado con la argentina Matilde Ibáñez, se trataba de un hombre de vanguardia. Apasionado aviador entre 1916 y 1920, promovió la creación de la Fuerza Aérea cuando llegó a la Primera Magistratura. Había sido diputado en la década del 30 y se enfrentó duramente al golpe de 1933, apoyado por el herrerismo.

Este era el hombre que se reunió con Perón el 27 de febrero de 1948 en el medio del Río de la Plata, adonde el argentino llegó a bordo del yate Tecuara y el uruguayo del Capitán Miranda. La elección del lugar del encuentro fue toda una victoria para los uruguayos. Hubo una formulación que realizó el canciller argentino Estanislao Severo Zevallos en 1890, pensamiento conocido como “Doctrina Zeballos”, que postulaba que Uruguay tenía una “costa seca”, que su soberanía terminaba en la arena de sus playas, basado en la interpretación de que en la Convención Preliminar de Paz (el tratado firmado en 1828 entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata), nuestro país no había cedido ni renunciado a parte alguna del Río de la Plata. Que la reunión se hiciera a equidistancia de ambas costas podía ser leído como un reconocimiento -aunque implícito- de los derechos uruguayos.

El encuentro fue propuesto por la Argentina, y Uruguay rápidamente dio el sí, interesado por resolver la gran cantidad de litigios por el turismo (el gobierno peronista hacía cada vez más complicadas las regulaciones para entrar y salir del país), por la balanza comercial (siempre negativa para los uruguayos) y los límites fluviales (una preocupación estructural de nuestro vecino). Ambos Presidentes hicieron un notable esfuerzo por encarrilar la relación. La reunión se hizo frente a la Playa de la Agraciada, Carmelo. Fueron acompañados por sus esposas, que se mantuvieron, tensas, al margen de las negociaciones. También fueron parte de la delegación el canciller argentino Bramuglia, el presidente del Consejo Económico Nacional, Miguel Miranda, el presidente del Banco Central, Orlando Maroglio, y el empresario Alberto Dodero.

Según publicó El País, de Montevideo, la reunión la arrancó Perón, que oficiaba de anfitrión, ya que el encuentro se estaba realizando arriba del Tecuara. Su preocupación era formar un frente de productores de carne para defender mejor el precio ante los compradores europeos, básicamente los británicos, que querían deprimirlo. Los detalles de la propuesta los dio Miguel Miranda, quien explicó que por ser Argentina el país con mayor producción cárnica, se encargaría de los cobros correspondientes a las ventas conjuntas. “Un sólido silencio siguió a las expresiones del jefe de Estado argentino”, escribió Jorge Otero Menéndez en su libro Uruguay, un destino incierto hasta que un miembro de la delegación uruguaya dijo: “Muy bien, ministro, muy bien, brindemos por la hermandad rioplatense”, que fue el modo que tuvieron nuestros vecinos de desviar el asunto y pasar a los problemas que interesaban a Uruguay.

Al concluir, los dos Presidentes realizaron una declaración conjunta donde se destacaron los acuerdos más importantes: el establecimiento de un servicio de ferry, la libre circulación a través de la frontera argentino-‌uruguaya, la creación de una comisión permanente para regular el comercio entre ambos países, y la intención de terminar con los litigios limítrofes a través de un arbitraje internacional. Eran, de todos modos, generalidades y ninguna propuesta de soluciones concretas. Los diarios uruguayos reflejaron cierta decepción con el encuentro que era vital para sus intereses. Efectivamente, los acuerdos no fueron sustanciales, el documento finalmente no fue firmado, y la distancia personal entre Perón y Batlle no fue saldada. En particular, un cable del embajador norteamericano ante Montevideo, Ellis O. Briggs, comentó que a Batlle le molestó cierta arrogancia de parte del presidente argentino, y que incluso se sintió presionado a firmar un documento en el que la cancillería uruguaya no había intervenido

Jorge Batlle, hijo de Batlle Berres, que acompañó a su padre a la edad de 20 años, ya que actuaba como una especie de asesor informal, contó su experiencia: “La tensión era evidente, sobre todo para los uruguayos, que nos sentíamos maltratados por Perón. Para mi mamá, especialmente, fue difícil, como puede verse en las fotos de la época, sobre todo unas en las que mira de reojo a Evita, con cierto desdén”.

Para Batlle, la reunión entre su padre y Perón no fue demasiado importante, pero reconoce que tuvo un valor estratégico: “Al realizarse en el medio del Río, se sentó un precedente que le dio sustentabilidad al reclamo de límites uruguayo. Cuando Perón volvió a ser Presidente, quiso reconciliarse con Uruguay y lo primero que hizo en materia internacional fue firmar el tratado que puso fin a la disputa por los límites en el río entre ambos”.

En efecto, Perón asumió su tercera presidencia el 12 de octubre de 1973 y el 19 de noviembre ya había firmado el Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo, que estableció la libertad de navegación y la igualdad de uso de los canales situados en agua de uso común, permitiendo la navegación de buques comerciales y de guerra de terceros países autorizados por la otra parte, siempre que no afectaran el orden público y la seguridad. Cuando se fue de este mundo, el líder argentino había resuelto las cuentas pendientes que tenía con el vecino país, pero entre la reunión con Batlle Berres y el golpe del 55, todavía hizo sufrir bastante a los uruguayos.

Cómo Perón boicoteó la integración regional

El historiador Oddone cuenta: “Antes de terminar 1948, se hizo público en Buenos Aires un supuesto complot criminal contra la vida de Perón y su esposa, del que se responsabilizó a John Griffiths, un ex agregado de prensa expulsado de Argentina y luego radicado en Montevideo. Tal circunstancia dio pie en los diarios peronistas a la versión de un complot con ramificación uruguaya, lo que acrecentó la hostilidad popular contra los Estados Unidos y reavivando, de paso, la inquina contra el gobierno de Batlle Berres”.

Se trataba del episodio que terminó con Cipriano Reyes en la cárcel. De paso, el gobierno argentino aprovechaba para criticar al uruguayo, a quien acusó de excesiva tolerancia contra los que intentaban asesinar a la pareja presidencial argentina.

Pero a Perón no le alcanzaron las desmentidas. Por cadena nacional, como responsabilizando al gobierno uruguayo, aseguró que Griffiths no actuaba por su cuenta, por eso “se instaló cómodamente en el Uruguay, y desde allí está dirigiendo la insurrección en este país. Hoy ha tenido la desvergüenza, desde Radio El Espectador de Montevideo, de afirmar que esto es una farsa y que no existe tal conspiración2.

La investigadora cordobesa Delia del Pilar Otero, docente de la Universidad Católica de Córdoba y especialista de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Brasilia, realizó un valioso trabajo sobre “Propaganda política y relaciones interregionales” durante las presidencias de Ibáñez y Perón. Para ella, la “peronización” de la vida cotidiana, “un rasgo distintivo de la democracia de masas” con realización de grandes concentraciones públicas como competencias deportivas, actos conmemorativos y encuentros multitudinarios con participación de sectores populares, tuvo su réplica en las relaciones de Perón con América latina.

Así, el presidente argentino no solo fundó Agencia Latina, que tenía sede en México DF, para competir con las United Press y Associated Press, sino que creó el Servicio Internacional Radiofónico Argentino (SIRA), con el que distribuía programas radiales y compraba publicidad o incluso emisoras en distintos países de la región.

Según Otero, el gobierno argentino tenía espacios de propaganda en Radio Nacional de Lima, Radio Venezuela de Caracas, Radio Panamericana de Managua, La Voz de Honduras de Tegucigalpa, Radio Colonial de Quito, La Voz de las Américas de Guatemala, La Voz del Salvador de El Salvador, Cadena Continental de México, Radio Globo de Río de Janeiro, Radio Aspiazu de La Paz y Radio Miramar de Panamá. Lo comprobó analizando en el Archivo General de la Nación varios expedientes de Gastos Reservados de Propaganda entre los años 1951-1954.

A través del Servicio Internacional Cinematográfico Argentino (SICA) se procedió a la difusión y promoción política en cines latinoamericanos y a través del Comité Olímpico Argentino y la Confederación Argentina de Deportes se realizaron los Primeros Juegos Panamericanos de 1951, bautizados Juan Domingo Perón.

Por su lado, la diplomacia sindical vino acompañada con el nacimiento de ATLAS (Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalistas), la central sindical creada para contrarrestar el congreso sindical que se realizó en Lima el 10 de enero de 1948, del que fue excluida la CGT de la Argentina, acusada por los norteamericanos de ser el instrumento de “un gobierno totalitario y antidemocrático”. La American Federation of Labor (AFL) convocó a esa conferencia para sentar las bases de una federación sindical hemisférica. La ocasión fue aprovechada para que Argentina enviara delegados a todos los países americanos a visitar nuestro país, donde serían agasajados por Perón y Evita. Fue una de las primeras responsabilidades de los agregados obreros, cuyas acciones cayeron muy mal no solo en Lima, sino también en Río de Janeiro, México, Ciudad Trujillo, La Habana, San José de Costa Rica, Santiago de Chile y Quito.

Así fue que Buenos Aires se transformó en una meca de sindicalistas de todo el continente. Entre ellos, el mexicano Luis Morones, que fue a la conferencia de Lima, tomó la palabra y cuestionó duramente que no se hubiera invitado a la CGT. Se retiró, viajó inmediatamente a nuestro país, y aquí se reunió con José Espejo, secretario general de la central sindical argentina. Ambos fueron los primeros responsables de organizar la ATLAS, que se presentó en sociedad en noviembre de 1952 en la ciudad de México, gracias al respaldo económico del gobierno argentino, aunque su sede permanente estuvo en Buenos Aires.

En La internacional justicialista, Zanatta asegura que “el activismo sindical peronista en el extranjero no hizo otra cosa que crecer y atacar a Washington”, lo que facilitaba la llegada de sindicalistas a Buenos Aires, pero complicaba excesivamente los vínculos políticos con los países, que evidentemente no podían tolerar semejantes injerencias. El italiano atribuye a la influencia de Eva Duarte en la política exterior, la decisión de darle preponderancia a la ideología por sobre la diplomacia, y al mesianismo expansionista por sobre la política, en detrimento de Bramuglia.

Para Zanatta, la política exterior de Perón fue un fracaso, porque dejó un legado de temor y desconfianza:“[…] una herencia desfavorable nunca revertida con el paso del tiempo, la de un país refractario a asumir compromisos y a adherir a instituciones multilaterales, a veces poco confiable y otras veces transgresor y con frecuencia oportunista en la obtención de ventajas a corto plazo a costa de estropear bienes raros y frágiles que solo dan fruto con el paso del tiempo: prestigio, confianza, credibilidad”.





La experiencia es tan parecida a la década kirchnerista que asusta.





Este artículo es una versión condensada del capítulo “Perón y los países vecinos”, incluido en el libro “El relato peronista”, de Silvia Mercado (Planeta).




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