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¿Cómo conseguir un árbol enano? La ciencia tras los bonsáis

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Los bonsáis son a la vez una manifestación técnica y artística. Tras ello existe una gran cantidad de ciencia que da pie a una de las aficiones más antiguas que se conoce.

¿Cómo conseguir un árbol enano? La ciencia tras los bonsáis

Pasar de un enorme y majestuoso árbol a una copia “en pequeño”, en una maceta, no es tarea sencilla. El cultivo de bonsáis es una técnica y un arte a la vez. Con una metodología refinada a lo largo de milenios, los expertos consiguen crear auténticas representaciones naturales en un tiesto o maceta. Pero para ello hay que conocer al árbol. Tras la planta existe una gran cantidad de factores que, a base de observación, ensayo y error, se han conseguido dominar. La fisiología de la planta es la que pone los límites que se pueden obtener con un bonsái.

¿De dónde vienen los bonsáis?

El origen de los bonsáis es chino, no japonés

El origen de los bonsáis, tal y como cuenta la historia, está en China. Estos árboles fueron adoptados por la cultura japonesa. bonsái, proviene de los términos bon, bandeja, y sai, cultivar. Mediante una serie de técnicas como son la poda, el trasplante, el alambrado, el pinzado y el abonado, se le da forma al bonsái, el cual tiene una estructura característica. Sí, los bonsáis se clasifican según su estilo, el cual tiene una serie de normas de composición muy estrictas. Así, cuando observamos un bonsái, éste no es sencillamente un árbol en miniatura, sino una expresión estilística de la naturaleza conseguida con mucha paciencia, técnica y filosofía.

Cómo conseguir hojas enanas

Volvamos a la fisiología del árbol. Cuando plantamos una rama de cualquier planta, si conseguimos que sobreviva, esta tenderá a lanzar nuevas yemas que conformarán nuevas ramas. Es algo imprescindible, pues las hojas son un órgano vital para la planta. El tamaño de las hojas, al igual que el del resto de la planta, tenderá a ser igual que antes. ¿Cómo se consiguen árboles en miniatura, entonces? El truco está en sus tejidos. El meristemo es el tejido de crecimiento de una planta. Este conjunto de células, de aspecto tierno, crecen muy rápidamente, formando una nueva rama u otro tejido según diversas hormonas que actúan como señal. Una de esas hormonas es la auxina, que potencia el crecimiento celular de la planta. Otra imprescindible es la citoquinina, que promueve la división. Una vez que el meristemo ha alcanzado cierta consistencia, comienza a diferenciarse, creando un meristemo secundario que engrosa la planta y genera nuevos tejidos. Es en este momento cuando se vuelve “madura”, dura, quedándose como está. A partir de aquí solo se engrosará. Mientras tanto, en la punta del árbol, la yema sigue creciendo, aumentando la longitud de la rama.

¿Cómo conseguir un árbol enano? La ciencia tras los bonsáis
Acer palmatum | Jerry Norbury, Flickr

El crecimiento de los tejidos y su especialización está muy relacionado con la geometría de la planta. Así solo alcanzar cierta posición los tejidos comienzan a diferenciarse y a elongarse (alargarse), en vez de seguir dividiéndose. La producción de hormonas, además, va siempre en el mismo sentido, de manera que, grosso modo, se dirige desde “el interior de la planta”, hasta las yemas en crecimiento. Pero, si cortamos estas ramas que están creciendo, las hormonas ya no llegan a la yema, sino que producen un efecto distinto: provocan la aparición de nuevas yemas laterales en la rama de la que no pueden pasar. De esta manera, lo que se promueve es la ramificación. Pero claro, la misma cantidad de hormonas para diversas yemas no provocará el mismo efecto. Todo lo contrario, lo que obtendremos es un tejido plenamente formado, pero más pequeño, porque la señal ha sido más débil. Es decir, hojas en miniatura. Esta explicación, aunque un poco simplista, permite entender un poco mejor el complicado proceso que ocurre en el bonsái.

Cuidando a un árbol en una maceta

Así, de una manera similar, el árbol adapta toda su fisiología a su situación: una bandeja. Las técnicas empleadas en los bonsáis son importantes porque evitan que el árbol se quede exhausto. Hay que tener en cuenta que una maceta es un lugar muy restringido para un árbol, que podría crecer, en teoría, de forma ilimitada. Sin embargo, esta misma propiedad es la que permite adaptar a la planta a un lugar tan pequeño. Para ello se reducen sus órganos para que no empleen más recursos de los que necesita. Además, cada cierto tiempo se trasplanta para “limpiar”, la tierra, vacía en nutrientes a pesar del abonado. Por supuesto, se emplean abonos especiales que potencian algunos aspectos fisiológicos en vez de otros, ya que un bonsái no está preparado para producir mucha cantidad de fruta. Lo que nos interesa es que florezca, sí, lo que indica que el árbol está sano. Pero la reproducción, la generación de fruto, es una tarea muy costosa para una planta.

¿Cómo conseguir un árbol enano? La ciencia tras los bonsáis
Ficus, del museo de Crespi, el bonsái más antiguo que se conoce.

Algunos críticos de esta técnica afirman que los bonsáis sufren encerrados en una maceta. Pero, dentro de los parámetros que conocemos sobre las plantas, nada implica que eso sea así, siempre que el cuidado sea correcto. Para ello, han de estar supervisados con atención, eso sí. Pero no existen marcadores de estrés, que indicarían que el árbol está sufriendo, ni otro tipo de manifestación del malestar en un árbol bien cuidado. Es más, como decíamos, un bonsái “mimado”, florece como un árbol en la naturaleza. De hecho, es capaz de dar fruto. Si el bonsái tiene el tiempo suficiente, y sus ramas han sido podadas y pinzadas durante años, los frutos pueden ser muestras en miniatura, una manifestación de la adaptación del árbol a su bandeja. Solo como curiosidad, el bonsái más antiguo que se conoce está datado con más de 1.000 años de vida. No es el único caso de bonsáis centenarios con 800 o 500 años viviendo en una maceta, muestra de su adaptación siempre que sean bien cuidados.

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