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China versus porno – Revista Paco

Por Nicolás Mavrakis @nmavrakis

China versus porno - Revista Paco

Hay que mirar hacia China para saber que, sin dudas, no era la sexualidad lo que les interesaba a los performers españoles en la Facultad de Ciencias Sociales de Buenos Aires. No al menos una sexualidad que tuviera algún vitalismo en su horizonte. Algunas imágenes valen más que algunas palabras: una mujer gorda asiste a otra acostada sobre una mesa precaria mientras se mete en la vagina un cilindro de aluminio, y a eso se reduce el sexo y el placer (y sin ir más lejos, ya que estamos, también la masculinidad). La perspectiva de género dice que en esos cuerpos pálidos y flácidos de globe-trotters profesionales de los estudios de género ‒cuerpos a los que les llovían fotos en un ánimo más parecido al que circula en lugares como Rotten.com que al de cualquier espacio para el porno‒ hay una búsqueda de conciencia antes que de placer. En eso, al menos, el espíritu performático europeo sigue sonando bastante patriarcal; bastante aburrido y patriarcal. No puede haber placer, parece, donde se espera que haya conciencia (en sus momentos más pesadamente moralistas, dicho sea de paso, Rodolfo Walsh también escribe que pensar en la literatura es incompatible con pensar “en la diversión”). El clima general de toda esa frígida pedagogía postporno lo sintetizó bien Ingrid Sarchman cuando escribió que “a mayor exhibición, mayor hastío” (y mirando las redes sociales faltaría sumar nada más que “mayor ridículo”).

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Sin embargo, el sexo todavía puede ser realmente subversivo “si se hace bien”, parafraseando a Woody Allen. Horas después de que subieran sus setenta y un segundos de clásica penetración heterosexual frente al espejo de un vestidor a WeChat ‒una red social bajo control gubernamental, como el resto de la web y la vida en China‒, Hou Tianxu y su novia Yutian, dos estudiantes de la Escuela de Negocios de la Universidad de Beijing, fueron arrestados bajo la acusación de “dañar el corazón de los valores socialistas”. Antes de que sus cuentas fueran eliminadas de WeChat y Weibo ‒el Twitter del comunismo chino‒, Hou Tianxu había escrito que iba a pasar mucho tiempo separado de su novia y que por eso había filmado el video en un vestidor de Uniqlo. Escritas en China mientras millones de usuarios compartían y viralizaban el video contra la voluntad de uno de los aparatos de censura más desarrollados del mundo, las últimas palabras publicadas por Hou Tianxu necesitan leerse en términos más políticos que sociales: “Espero que puedan darnos un poco de privacidad”. Xu Feng, un funcionario de la Administración de Ciberespacio de China, dijo por su lado en la prensa china que “el vulgar video” se había difundido “como un virus”, y que era una preocupación del gobierno “desactivar el material vulgar y resguardar la seguridad el ecosistema digital”. El video, sin embargo, filmado en la tradición occidental más contemporánea del porno amateur ‒los hábitos digitales no pueden ser controlados nada más que con vigilancia estatal‒, no indignó a los usuarios chinos, sino que más bien los excitó incluso democráticamente. En Taobao, la versión china de eBay, se empezaron a vender remeras conmemorativas, mientras los adolescentes que visitaban el local de Uniqlo se sacaban selfies en honor o en solidaridad o, más representativo de la sombra de Occidente, nada más que en un espíritu irónico.

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¿Dónde hacen falta, entonces, verdaderos performers? ¿Y qué es lo que están ocupados tratando de demostrar mientras se les ríen en la cara en internet? Nunca conviene insistir demasiado en la crítica ad hominem (o ad corpum). Algunas cuestiones, de hecho, reclaman lecturas más serias. En Deshacer el género, por ejemplo, hay un vehemente texto de Judith Butler sobre las alegorías de la transexualidad ‒o el transgénero o la disforia de género‒ que termina con una breve posdata. Después de algunas páginas de retórica biopolítica de avant-garde sobre las nuevas y revulsivas formas en que se construyen, heredan y deshacen los géneros sexuales en el Occidente contemporáneo, esa posdata sugiere una mueca: “Cuando este libro iba a ser impreso me entristeció enterarme de que David Reimer se suicidó a los 38 años de edad”. La historia es breve y puede iluminar cómo las teorías a veces no funcionan tan bien cuando se trasladan a la realidad. David Reimer había nacido en Canadá como varón hasta que su pene fue destruido por accidente durante la ceremonia de la circuncisión.

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Tras la emasculación, su familia lo educó ‒bajo el consejo de un sexólogo‒ como mujer, género al que Reimer se adaptó entre los nueve y los once años. Poco antes de llegar a los quince, sin embargo, Reimer volvió a sentirse masculino. Y siguió sintiéndose masculino ‒ablaciones, reconstrucciones, inyecciones e incrustaciones quirúrgicas mediante‒ cuando se casó con Jane Fontaine, madre de tres hijos. Durante toda su vida David Reimer había sufrido trastornos psíquicos graves, hasta que el 5 de mayo de 2004 se encerró en su auto y se pegó un escopetazo en la cabeza. “Es difícil saber qué fue lo que, al final, convirtió su vida en inhabitable”, se pregunta algo decepcionada Butler. ¿Difícil? ¿En serio? La tragedia del ratón de laboratorio mental de Butler y el rápido olvido de la performance en la Facultad de Ciencias Sociales comparten un espíritu grotesco parecido, pero a la sombra de los acontecimientos sexuales en China es casi imposible verlos reducidos casi a lo que son. ¿Pero qué son? ¿Excrecencias académicas en las que se combinan los parasitismos de moda y el turismo internacional? ¿Ejemplos inofensivos de minorías luchando por no aburrirse mientras se transforman sin inconvenientes en nuevas mayorías? En tal caso, ¿cuánto hay que esperar para que los revulsivos performers del colectivo español PostOp cambien los democráticos pasillos universitarios de Buenos Aires y viajen a Beijing a intentar iluminar las conciencias reprimidas pero palpitantes de las multitudes chinas? Ahí sí los esperan verdaderas oportunidades de atacar el status quo. Mientras tanto, menos performers y más Uniqlo////////PACO

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