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Chilenos descienden de peruanos

Los chilenos descienden de los Incas, pero lo niegan por odio y resentimiento.

Recientemente varios investigadores anunciaron la existencia de una ciudad inca bajo los cimientos del Santiago actual. Aunque los orígenes incas de la capital son conocidos por los historiadores, para el historiador Gonzalo Peralta su poca difusión se relaciona con la histórica negación de la influencia peruana en nuestro país.

Chilenos descienden de peruanos
Gonzalo Peralta, historiador.

Todos los días, los peruanos se instalan a un costado de la Plaza de Armas de Santiago para conversar, comer e intercambiar productos. Una costumbre que partió en los años noventa con la creciente inmigración de este colectivo a Chile. Sin embargo, uno podría aventurar que ellos no están llegando, sino volviendo a un lugar donde estuvieron mucho antes sus antepasados, los incas.

De hecho, resulta sorprendente que hayan elegido la Plaza de Armas como punto de reunión, como si en su inconsciente supieran que allí mismo, hasta la llegada de los españoles, se encontraba el “tambo”, un lugar de descanso utilizado por los incas en su tránsito por Chile. Algunos historiadores creen que dicho lugar fue usado luego por el español Pedro de Valdivia como punto de referencia para crear la Plaza de Armas de Santiago, en un lugar donde ya existía un asentamiento inca cuyo nombre se perdió en el tiempo.

Todo esto puede sonar a fantasía, pero no lo es. En efecto, en enero de este año, el boletín del Museo Nacional de Historia Natural de Chile presentó un estudio del arqueólogo del museo, Rubén Stehberg, y del investigador Gonzalo Sotomayor de la Universidad Andrés Bello, que concluyó que bajo el casco antiguo de Santiago había una infraestructura incaica de la cual salían caminos en todas las direcciones.

Es conocido entre los historiadores que los incas llegaron hasta el Valle Central. Según el estudio publicado por el boletín, el asentamiento incluía “el célebre Camino del Inca, centros de adoración de altura, edificios, viviendas, canales, acequias, chacras y cementerios”. De hecho, el Camino del Inca, habría ocupado el trazo que hoy tiene la avenida Independencia, para entrar a la localidad desde el norte. Y lugares como El Salto, en Recoleta, deberían su nombre a un canal incaico que terminaba en forma de catarata en ese lugar y cuyo fin era regar las tierras agrícolas de la zona.

Los investigadores creen que Pedro de Valdivia no fundó la ciudad, sino que se asentó en una localidad ya existente con el fin de iniciar desde allí la invasión al sur de Chile.

Influencia pre y posthispánica



Para Gonzalo Peralta, los orígenes incas de Santiago no son un secreto entre los historiadores. “Tengo la impresión de que no se enseña en el sentido de que no se relaciona con la ciudad actual”, señala. Para Peralta se habla de algunos restos incas –como el Camino o la momia del cerro El Plomo– como si hubieran desaparecido con la llegada de los españoles. Esto también incluye nombres de origen quechua, alimentos y adelantos tecnológicos agrícolas.

“Creo que lo que falta en la enseñanza para dar un sentido de continuidad es justamente hacer la relación entre esa presencia inca, la aborigen chilena y luego la llegada española, con todas las mezclas que eso produjo”, explica.

Peralta cree que los propios españoles que llegaron, al venir desde Perú, trajeron consigo una fuerte influencia cultural incásica. Incluso durante las guerras del siglo XVI “vienen muchos soldados que son en realidad mestizos peruanos, así que sigue habiendo de cierto modo una influencia inca posterior”, estima.

“Los españoles del Perú ya habían adoptado hábitos peruanos antiguos, como costumbres alimenticias, un idioma. Hablamos del poroto, el choclo, el camote, el uso de una vestimenta más fina, la cerámica, las construcciones con piedra. Todo eso lo traen los incas y los españoles lo absorben porque en Perú hay un mestizaje. Por eso la influencia inca tampoco acaba cuando llegan los españoles, sino que sigue de otra forma”.

El historiador recuerda que los españoles arribaron con dignatarios incas, que de hecho facilitaron el asentamiento de Pedro de Valdivia en el Valle Central, ya que los habitantes locales habían tenido un contacto previo con los indígenas peruanos. Eso permitió una “fundación pacífica” de Santiago, sin conflicto, justamente gracias a la influencia inca. “Los españoles usan la burocracia y la infraestructura inca para reemplazar el poder inca por el poder español, y no tener que construir todo de nuevo”, aclara. “Si hubieran llegado a un lugar desconocido, donde no hay un idioma para comunicarse, las cosas habrían sido distintas”, afirma el historiador.

“Lo que había aquí era una preciudad, por así decirlo, un lugar donde se reunían grupos dispersos –incluidos los ‘huarpes’, un grupo indígena del norte de Argentina, así como miembros de la cultura local Aconcagua– a comerciar. Los españoles llegan allí ya informados de que existe este emplazamiento –un tanto abandonado, ya que habían empezado algunas guerras civiles incas en Perú- y lo aprovechan”.

Negación de la influencia inca



Para Peralta la influencia inca fue “durante largo tiempo una supremacía, algo más incómodo aún para cierta historiografía más nacionalista o patriotera, sobre todo la del siglo XIX” (es mucho mayor a lo reconocido hasta ahora). “Yo creo que tiene que ver con la vieja pugna o enemistad de Chile con Perú”, explica, “dos países que tienen una relación ‘larga, tortuosa y compleja’, justamente porque el vínculo es ‘estrecho’, tal como ocurre en las relaciones familiares o de pareja”.

Peralta apunta que esto data desde la invasión inca y luego la Conquista, cuando desde Perú viene la invasión española (1536). Luego, durante la guerra de independencia (1810-1818), es desde Perú que llegan las tropas españolas, “en buena medida peruanos”, a reprimir el movimiento patriota. Después, la campaña del Ejército libertador que marchó a Lima (1820) fue en buena medida “una guerra contra el Perú” en su calidad de principal centro de operaciones de España en América del Sur. A eso se suma la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839) y luego la Guerra del Pacífico (1879).

Para los historiadores más nacionalistas, “las historias nacionales eran básicamente la instalación de un ideario o un destino manifiesto de unas naciones por sobre otras. Ahí la influencia peruana entraba a molestar en esa construcción cultural”, precisa.

Aunque desde el regreso a la democracia se han incorporado a la enseñanza escolar conceptos como “la multiculturalidad” y la “herencia indígena”, y se cuestiona el concepto de “descubrimiento de América”, en palabras de Peralta “no se hace énfasis en cómo pervivió (en Chile) la influencia incásica”.

Plantea que el tránsito de una cultura a otra fue mucho más fluido de lo admitido hasta ahora, y que debe haber una aceptación que vaya más allá de “unas ruinas” sin relación con la actualidad. “Lo inca se ve como unos restos mudos”.

“El tema incaico aparece como una etapa cerrada, como si la historia comenzara en 1536 con la llegada de los españoles”, dice Peralta, como si temporalmente “de aquí a acá estaban los incas, de aquí a acá los españoles. Esos cortes son muy arbitrarios, pero hay que saber cruzar esas fronteras para hacer el trabajo de conectarlas, y eso no se hace en el caso de los incas. Es un ejercicio intelectual que no se ha hecho, más que aceptar que haya habido aquí una presencia inca importante”.

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