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Charles Bukowski sobre el acné

Algunos extractos en donde Bukowski habla sobre su condición que tenía en ese entonces cuando era adolescente, de su obra “La Senda del Perdedor.”:

Capítulo 29



Estaba avergonzado de mis forúnculos en la escuela. En Chelsey, tenías la opción de escoger entre la gimnasia y el entrenamiento militar. Yo tomé el entrenamiento porque entonces no tenía que usar el traje de gimnasia que haría visibles mis forúnculos de mi cuerpo.

Manejar el rifle en los entrenamientos era muy malo para mí. Tenía forúnculos en mis hombros. A veces cuando disparaba el rifle y la fuerza de la culata golpeaba mis hombros los forúnculos explotaban y la sangre salía sobre mi camisa. La sangre salía en mi camisa pero porque estaba hecha de lana y era gruesa, no se miraba como sangre ni era obvio saber qué era.

Le dije a mi mamá lo que me sucedía. Ella cosió parches blancos bajo mi camisa para tratar de amortiguar los golpes, pero no ayudó mucho.

Charles Bukowski sobre el acné

Llegaba al entrenamiento, pero los forúnculos solo empeoraban y empeoraban. Eran tan grandes como nueces y cubrían toda mi cara. Estaba muy avergonzado. A veces en casa yo me paraba frente al espejo y me explotaba uno de los forúnculos. Pus amarilla salía explotada y manchaba al espejo. Y agujeros azules-blancos. En una manera horrible, era fascinante que toda esa cosa estaba dentro de mis granos. Pero yo sabía cuán duro era para las personas verme.

Charles Bukowski sobre el acné

La escuela debió haber avisado a mi padre. Al final de ese entrenamiento yo me había retirado de la escuela. Fuí a mi cama y mis padres me cubrieron con ungüentos. Era una sustancia café pastosa que apestaba. Mi padre prefería esa para mí. Él insistía en que yo debería ponermela por mucho más tiempo del que las instrucciones indicaban. Una noche él insistió en que yo debería dejarme puesta por cuatro horas. Comenzé a gritar. Corrí a la bañera. La llené de agua y empezé a lavarme todo el ungüento de manera dificultosa. Mi cara, pecho y espalda estaban quemadas. No pude acostarme. Mi padre se acercó a mi habitación.

“¡Pensé que te había dicho que te dejaras esa cosa puesta!”

Mira lo que pasó, le dije. Mi madre vino a mi cuarto.

“El hijo de puta no quiere mejorar,” le dijo mi padre a mi madre. “¿Por qué tuve que tener un hijo como este?”

Capítulo 30 [La visita al médico]

“¿Por cuánto tiempo has tenido esto?”

“Un par de años. Cada vez empeora más y más”

“Ajá.”

Pasó un tiempo y de repente habían muchas personas en el cuarto. Eran todos doctores. Almenos lucían y hablaban como doctores. ¿De dónde vinieron todos ellos? Me habían dicho que habían muy pocos doctores en el hospital County Gen de Los Ángeles.

“Acné vulgaris. ¡El peor caso que he visto en todos mis años de práctica!”

“¡Fantástico!”

“¡Increíble!”

“¡Mira el rostro!”

“¡El cuello!”

“Justo terminé de examinar a una chica joven que tiene acné vulgaris. Su espalda estaba cuvierta. Ella lloró. Me dijo, ‘¿Cómo voy a poder conseguir algún chico? Mi espalda va a estar con cicatrizes toda mi vida. ¡Me quiero suicidar!’ ¡Y ahora miren a este muchacho! ¡Si ella lo pudiera ver ella sabría que no tiene nada de qué preocuparse!”

Capítulo 31

Seguí al doctor a otra puerta en el mismo cuarto.

“Tienes un caso peculiar ahí eh”

“Sí, mucho”

“¿Eso dolió?”

“Sí.”

Bueno el dijo “vamos a tratar de drenar un poco”. Lo escuché encender una máquina. Hacía un zumbido fuerte. Podía oler aceite hirviendo. Él puso una aguja eléctrica en mi espalda. Me estaban drenando. El dolor era inmenso. Llenaba todo el cuarto. Sentía toda la sangre recorrer a lo largo de mi espalda. Y sacó la aguja.

“Ahora vamos a drenar otra,” dijo el doctor. Metió la aguja de nuevo. Drenó toda mi espalda y luego lo hizo con mi pecho. Luego me extendí y él drenó mi cuello y cara. La enfermera vino con instrucciones.

“Ahora, señorita Ackerman, quiero estas pústulas bien drenadas. Y cuando salga sangre, mantente apretando. Quiero un buen drenaje. Y luego con la máquina ultravioleta. Dos minutos en cada lado. ”

[Luego sigue una descripción de una enfermera amable tratándolo. Se tomó el tiempo de saber sobre él y tratarlo como un pobre chico joven. Luego del tratamiento él escribe “La señorita Ackerman vino y me dijo que me diera la vuelta, reinició la máquina y se fué. Era la persona más amable que había conocido en ocho años.”]

Capítulo 32

El drenaje y aplastamiento de mis forúnculos continuó por semanas, pero había poco resultado. Cuando un forúnculo se desvanecía, otro nacía. Me paraba frente al espejo, solo, seguidamente; pensando en cuán fea una persona podía verse. Miraba mi rostro con incredulidad, luego me volteaba a examinar los forúnculos de mi espalda. Estaba horrorizado. Sin dudas las personas me miraban, sin dudas ellos decían cosas groseras. No era simplemente un caso de acné de adolescente. Estos eran enormes rojos forúnculos inflamados llenos de pus. Me sentí identificado. Era como si me habían seleccionado para ser así.

Charles Bukowski sobre el acné

Bukowski cuenta mucho más sobre su caso de acné, pero se imaginarán lo demás. Rara vez escuchamos la voz de una víctima del acné, y Bukowski, en su persona de protagonista adolescente habla el dolor, la humillación y el aislamiento que algunos de estos pasientes sienten. Él también comenta sobre la insensibilidad de algunos médicos. Algo de esto ha cambiado, ojalá que si, pero doctores así aún existen.

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