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Carlos Zannini: la batalla final

Carlos Zannini: la batalla final
Carlos Zannini: la batalla final

Carlos Zannini: la batalla final

Carlos Zannini: la batalla final

Por: Silvia Mercado [email protected]

Carlos Zannini: la batalla final

En la biografía no autorizada de Carlos Zannini que el periodista Eduardo Zanini publicó el año pasado aparece un dato al que se le prestó poca importancia. En la reforma de la Constitución de Santa Cruz que Néstor Kirchner logró en 1994, el abogado cordobés, por entonces ministro de Gobierno de la provincia, no sólo logró el respaldo de la oposición para permitir una reelección del gobernador, sino que eliminó la cláusula de consanguinidad. El dato tiene su curiosidad. Como Santa Cruz era territorio nacional y sólo en 1955 el presidente Juan Domingo Perón firmó el decreto de creación de la “Provincia de la Patagonia”, la convención constituyente recién se realizó en 1956, cuando se había producido el golpe de la Libertadora y gobernaba Pedro Eugenio Aramburu. Se cambió el nombre por Santa Cruz, se prohibió la reelección y, expresamente, se extendió esa prohibición a la familia. Evidentemente, el peronismo había dejado el temor de que un gobierno pudiera ser sucedido por esposa, hijos, nietos, como si se tratara de una monarquía.

​El tema no le era ajeno a Zannini. Como se demuestra en El Creador, el verdadero cerebro del kirchnerismo, la matriz del “modelo Santa Cruz” es la construcción de un aparato de poder permanente, tema que obsesionaba a Néstor Kirchner desde joven, al punto que lo llevó a alucinar con tener más tierras que Julio Argentino Roca, según se lo comentó a varios amigos.

​En 1994, el Frente para la Victoria logró la reforma constitucional con el respaldo de la Unión Cívica Radical, como sucedió a escala nacional. No contento con eso, el día que asumió su segundo mandato, en 1995, en Río Gallegos aparecieron carteles que pregonaban “Kirchner 1999”. Según el ex diputado radical Héctor Di Tulio, fue la época en que él empezó a escuchar, por primera vez, elvamos por todo”, una frase que atribuye a la invención de Zannini.

​Para 1998, cuando se acercaba el fin del segundo mandato, los radicales empezaron a trabajar para suceder a Kirchner. Era evidente que el oficialismo no iba a conseguir los dos tercios de la legislatura necesarios para lograr una nueva convocatoria para reformar la Constitución y obtener la re-re, así que Zannini, por entonces diputado provincial y jefe del bloque oficialista, presentó un proyecto de consulta popular obligatoria, que solo necesitaba mayoría simple para ser implementada. El Frente para la Victoria (FpV) logró aprobarla sin problemas. La oposición hizo una dura campaña en contra. El 51 por ciento del electorado votó a favor, y así Kirchner pudo convocar a una convención constituyente donde obtuvo la reelección indefinida, que bien podría calificarse de inconstitucional, porque se hizo violando los dos tercios del Congreso exigidos.

Opositores atribuyen a Zannini la creación del “vamos por todo”

​Los argumentos que utilizó Zannini merecen destacarse. Lo hizo para “quitarle aspectos antidemocráticos a la elección del gobernador” y para “dejar libre de tutelajes la acción popular“, un antecedente del sanseacabó que pronunció el heredero en la cancha de Argentinos Juniors. La idea de que la expresión popular debe ser tenida en cuenta cada vez que avala la posición del Gobierno (y desestimada por falaz cuando se opone), que vimos frecuentemente en las gestiones kirchneristas, viene de esa época.

​En su discurso en la legislatura santacruceña, Zannini Incluso se animó a criticar a Juan Bautista Alberdi, el padre de nuestro texto constitucional, cuando se manifestó en contra de las reelecciones en países con presidentes que se mueven como reyes sin corona. “Desde los primeros tiempos del debate reelección-antirreelección está el componente de desconfianza de la voluntad popular”, dijo.

​Esa fenomenal capacidad de Zannini para romper los límites institucionales sin hacer revoluciones cruentas, sino forzando leyes y manipulando la Justicia, imponiendo un nuevo andamiaje institucional basado en el valor supremo de la continuidad del gobierno al que sirve, el llamado “modelo Santa Cruz“, un sistema de poder permanente, es el que vino a desplegar ya en la Casa Rosada.

​Cuando el kirchnerismo aterrizó en el 2003 lo hizo a capa y espada, aunque no todos lo notaron. En una entrevista con “Política con rouge”, Hilda “Chiche” Duhalde contó que apenas su marido le traspasó la banda a su sucesor, la familia Duhalde, que estaba sentada en el recinto de Diputados mirando el acto, fue sacada a los empujones por personal de Ceremonial que, en voz baja pero agresiva, le decía que “ya no tienen nada que hacer acá”. En ese momento, la anécdota sonaba increíble. Hoy ya no. Por entonces, en los pasillos del Gobierno se repetía que los Kirchner tenían el proyecto de gobernar por lo menos 16 años, el tiempo mínimo necesario para modificar la matriz cultural argentina, y sentar las nuevas bases nacionales. También a mucha gente le parecían comentarios absurdos.

​Aún en la actualidad, cuando los Kirchner gobiernan desde hace 12 años y se ufanan de que ganarán de nuevo, en este caso llevando al “verdadero cerebro” del armado institucional kirchnerista como candidato a vicepresidente, todavía hay quienes confían que será posible una gestión moderada, abierta al mundo, dialoguista con la oposición, respetuosa de las libertades individuales y de expresión.

​Otros, en cambio, piensan lo contrario: que la llegada de Zannini a la vicepresidencia será para terminar de hacer lo que quedó inconcluso, desde cooptar la Corte Suprema y terminar de colonizar la Justicia, hasta dividir al Grupo Clarín, pasando por acallar las voces disidentes y lograr candidatos de La Cámpora competitivos en más intendencias que las que obtendrán en estas elecciones, para pasar a la escala de gobernadores. Tal vez entonces, sí sea el tiempo de que dejarle el camino a otros, los jóvenes camporistas nacidos a la política en los últimos años.

​Los expertos en materia legislativa dicen que esos pronósticos son exagerados, que finalmente La Cámpora sólo tendrá 20 diputados en la Cámara a partir del 10 de diciembre. No perciben que hace dos años, sólo tenían diez y hace 6, sólo dos, es decir, se trata de un diseño de poder por etapas, y para siempre, desinteresado en la gestión porque el interés principal es la permanencia.

Zannini, como Cristina, no come vidrio. Busca lo imposible con las herramientas posibles. Pactó con los intendentes fuertes del Conurbano que no les pondría competencia, a cambio de cargos para los camporistas y sus aliados. Quiso dejar bien conformes a los llamados “barones”, para que no jueguen a media máquina. Ya vio lo que pasó cuando Kirchner los apretó tanto, que terminaron dividiendo su lealtad con Francisco De Narváez, en el 2009.

Zannini dio los argumentos para las reformas constitucionales que habilitaron la reelección indefinida en Santa Cruz

​No le conocemos la voz, pero el año pasado soñó que podía ser candidato a Presidente, y lo dejó trascender a algunos medios. Cristina le pidió que no insistiera, que nadie lo votaría. Pero encontró el modo de ser, sin ser. Hacia adentro, se trata de “el más parecido a Cristina”, la única variable que mueve el amperímetro en el mundo K. Hacia afuera, tiene la ventaja de que es un ilustre desconocido. El único problema es que no puede decir lo que de verdad piensa, porque ahuyentaría a los electores independientes, pero está acostumbrado a vivir en el secreto.

​Tal vez ha llegado el tiempo de que los argentinos empecemos a saber quién es exactamente el hombre capaz de esconder todo rastro de un expediente por pedido de Kirchner, callar cuando está en desacuerdo con Cristina para evitar un reto, hablar con un juez para frenar el procesamiento de un funcionario, inventar puestas en escena mediáticas para ocultar una información desfavorable al Gobierno o mandar a espiar hasta los empresarios amigos, por las dudas.

​Poner luz sobre su figura no será sencillo. Conoce como nadie las estrategias para pasar inadvertido. Una cosa es segura: no llegó hasta acá para dejar cosas sin terminar y se está preparando sigilosamente para la próxima batalla, la final.

Carlos Zannini: la batalla final
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