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Carlos Gardel, un zorzal del mundo

A 125 años de su nacimiento, algunos apuntes sobre la vigencia del mayor expositor de tango del mundo

Carlos Gardel, un zorzal del mundo
1930. El Zorzal criollo, Carlos Gardel, es fotografiado al lado de un pequeño zorzal.

Don Vicente se enteró de su llegada e, inmediatamente, quiso acercarse a él de algún modo, así no sea viéndolo en persona. Había llegado de Mar del Plata a Nueva York hacía casi diez años y el arribo de esa voz familiar era para él como si le acercaran su barrio mismo, la criollada, algo sanguíneo, cardíaco y espiritual al mismo tiempo. Don Vicente era peluquero en Manhattan, pero su pasatiempo era tallar en madera… y oír a su pequeño hijo de 12 años tocar el bandoneón. Entonces, decidió tallar un guitarrista en miniatura y enviárselo de obsequio al visitante que llegaba desde el Río de la Plata a la Gran Manzana, con ese hijo que aprendía sus primeras notas musicales. El chico fue a buscarlo, lo encontró en el piso 18 del edificio de Bellas Artes, en la calle Cuarenta y Ocho, le dio el obsequio y, al poco tiempo, ya le decía “Charlie”. Iniciaron entonces una amistad que la historia convertiría en el encuentro de dos mundos, en el antes compartiendo un silencioso jammin’ con el después. El artista de la voz familiar filmaría al poco tiempo una película llamada “El día que me quieras”, y convocó a su joven amigo a interpretar un breve papel de canillita. Tiempo después lo invitaría a una gira por el Caribe y Sudamérica, pero los casi 14 años del incipiente bandoneonista hicieron dudar a su padre. “Estás muy chico, será para la próxima”, dijo don Vicente. “Sí, para la próxima”, le dijo también su amigo grande. No hubo próxima. En esa misma gira el artista fallecería como consecuencia de un trágico accidente aéreo en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, Colombia, el 24 de junio de 1935, y se convertiría en un mito elegante y garboso llamado Carlos Gardel. Su adolescente amigo lloraría con el alma la pérdida, aunque aún no entendiera bien el tango, aunque no recordara nada de Buenos Aires, aunque todavía no dominara el bandoneón, aunque le faltaran años para que su nombre se convirtiera —por caprichos de ciertos puristas— en la antítesis de lo clásico que Gardel representaba. Porque ese niño era Astor Piazzolla, el futuro gran renovador del tango argentino. El antes y el después en un instante y por la eternidad. Y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al primer amor…

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Carlos Gardel, un zorzal del mundo

“Para mí, mi hijo no ha muerto. Siempre lo espero, como siempre lo espero. Y me parece siempre que le voy a llevar su matecito a la cama, siempre, como hacía antes, para despertarlo”, confesaba ante cámaras doña Berta Gardés, madre del Zorzal criollo, solo un año después de la desaparición de su hijo. A pesar de que ya era consciente de su inmortalidad y de su ascensión de músico a ídolo popular y profeta de las multitudes, para ella seguía siendo el chico cantor que se desvelaba diariamente trabajando… y que se despertaba al mediodía aún herido para ‘cortarla’ con el mate de mamá. Aunque tuviera 44 años y representara al macho argentino buen cantor, guitarrista y chupa caña. Aunque, en ese entonces, no tuviera amante conocida.

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En aquel 1936 y con el recuerdo aún fresco de su multitudinario velatorio en el Luna Park —y posterior entierro en el cementerio de la Chacarita—, muchos ya lo veían como una figura eterna. El humano imperfecto de juventud pobre, complicada y malas juntas, trasladado a la estampita beatífica colgada en la radiola. Aunque en alguna silenciosa dimensión, si él la habitara, hubiera preferido, sin duda, seguir cantando, tomarse otro de esos mates de su madre, compartir más cervezas con los amigos, alguna emocionante carrera de caballos, el lecho cálido de una mujer. “A mí no me vengan con mitos”, diría, tal vez, con su acento porteño. Acomodaría su 1.70 m y el mundo entero de su semblante engominado, de su frente mediana, de sus cejas arqueadas y de su nariz recta, como lo hizo para cualquiera de los retratos imperecederos que le tomara José María Silva Fernández y que se convertirían en su estampa, del mismo modo en que la foto de Korda se convirtió en la del Che.

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Y eso, aunque no a todos los argentinos los convenciera su estilo. “El tango antes, bueno, la letra era más bien obscena, algo muy alegre. El acto de bailar era una especie de simulacro del coito, digamos, que luego Gardel lo hizo sentimental”, aseguraba Jorge Luis Borges, desmitificando al Morocho del Abasto.

Pero en esa ignota dimensión de la que hablábamos, en la fantasía que habita tras cada canción, podría haber un Gardel capaz de decidir si seguir en la tierra o ser idolatrado, y que, quizá, preferiría más tangos, más noches en vela, más discos, más películas, más giras, que ser convertido en otra superstición argentina sin ser argentino de nacimiento. Como Julio Cortázar, de quien dicen que nació en un lugar de Argentina llamado Bruselas. “El Gardel de los años veinte contiene y expresa al porteño encerrado en su pequeño mundo satisfactorio: la pena, la traición, la miseria no son todavía las armas con que atacarán, a partir de la otra década, el porteño y el provinciano resentidos y frustrados. Una última y precaria pureza preserva aún el derretimiento de los boleros y el radioteatro. Gardel no causa, viviendo, la historia que ya se hizo palpable con su muerte”, escribía sobre él, en 1953, el autor de Rayuela. Y agrega: “enseguida se comprende que a Gardel hay que escucharlo en la vitrola, con toda la distorsión y la pérdida imaginables; su voz sale de ella como la conoció el pueblo que no podía escucharlo en persona, como salía de zaguanes y de salas en el año veinticuatro o veinticinco”.

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Por algo un periodista peruano escribe sobre él hoy, a 125 años de su nacimiento probable, a más de 80 de su muerte confirmada. Y otros como yo lo seguirán haciendo hasta el fin del mundo del fin, porque al hablar de él no escribimos solo sobre el personaje, sino sobre todo lo que representa. ¿Y qué representa un hombre cuyo origen sigue siendo parte del misterio o, cuando menos, de la polémica? Si su cuna fue Tacuarembó, en Uruguay, o Toulouse, en Francia; si fue hijo de Berta Gardés o de otra mujer; si su origen está en una relación incestuosa o en una joven abandonada por un hombre poderoso; si en realidad se hizo hombre en El Abasto, rodeado de cafetines, fondas, corralones y prostíbulos. ¿Importa tanto o más que la herencia musical que dejó? Y es que, como ironiza el músico uruguayo Rubén Rada: “Yo pienso que a Gardel lo juntamos con Lennon y McCartney y hacemos un país solo”. Siglo veinte, cambalache, problemático y febril. El que no llora no mama y el que no roba es un gil…

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La voz de Gardel apareció como primigenia, como si antes de él los hombres se hubieran comunicado por señas tras siglos de silencio inexplicable, cósmico, heredado. Asumido como la natural llegada del día y de la noche. Pues si Gardel fue hijo ilegítimo, el tango también lo fue hasta que llegó a La Boca, a SU boca, y él lo legitimó al cantarlo, le dio su herencia y apellido. Porque si Argentina ya tiene experiencia compartiendo con Brasil y Paraguay las majestuosas aguas del Iguazú, puede compartir con Francia y Uruguay una frontera común llamada Gardel, el ciudadano del mundo. Un Martín Fierro en versión urbana, llevado de la pampa al barrio, después de todo:

Cantando me he de morir

cantando me han de enterrar

y cantando he de llegar al

pie del Eterno Padre

dende el vientre de mi madre Carlos Gardel, un zorzal del mundo
vine a este mundo a cantar.

¿Este extracto del libro de Hernández no podría acaso ser un tango, un tema principal en el soundtrack de la vida de Gardel?

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Por eso este año, cuando se cumplieron 80 de su adición al santoral donde levitan otros ídolos de multitudes con vidas truncadas trágicamente, como Rodolfo Valentino, los homenajes no se hicieron esperar en Argentina, su Buenos Aires querido; en Uruguay, la patria que lo reclama; o en Colombia, donde su garganta se impuso al viento por última vez. Conciertos, exposiciones y tributos que nos hablan de una figura que seguirá vigente en el imaginario popular mientras las palabras amor, traición, nostalgia o venganza también lo sigan. Porque esos temas que componía junto con Alfredo Le Pera —fallecido junto a él en Medellín—, como “Volver”, “El día que me quieras” o “Cuesta abajo”, siguen sintiéndose iguales hoy como cuando el mundo era en blanco y negro. En esa voz cálida, profundamente arraigada a los sentimientos, repleta de matices, hay una identidad en la que cantan ciudades, pueblos, parejas u hombres solitarios. En el mundo no cabría toda la humilde alegría de mi pobre corazón…

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Varias décadas antes de los Grammy latinos y de la incursión de artistas hispanos en el mercado norteamericano, Gardel logró convertirse en una estrella del cine (grabó para la Paramount) y de la música por derecho propio. No le neguemos el honor: Carlitos es el padre del crossover en esta parte del mundo. Además, tiene otro mérito: a pesar de filmar en Norteamérica nunca aceptó cantar en inglés. “¿Cómo voy a cantar en un idioma que no entiendo? ¡Yo tengo que sentir lo que canto!”, habría dicho tras negarse a esas concesiones que, para él, desnaturalizaban su arte. A pesar de ello, logró ser la primera gran figura de la música en globalizarse a través de la radio, los discos y el cine en tiempos en que no había televisión ni Internet.

Su cantar es consecuencia de la pasión y el nervio, pero es también ciencia, ingeniería de los sentidos: su voz establece puentes, comunica, trae y aleja, eleva, construye. Porque Gardel, cuando canta, reafirma, explica, filosofa, impone, corrige, aclara, solloza, le grita al mundo, ondea un manifiesto por sí mismo, declara independencias, origina revoluciones sin (aparentemente) derramar sangre. Sin la voz de Gardel, muchas canciones serían murales inmóviles. Gracias a ese canto, bailan y nos cuentan sobre un mundo que ya no es pero que, en el fondo, vuelve a ser cuando sus canciones suenan y son entonadas por otros.

Gracias al alcance de su talento, fue posible ver y oír a Gardel cantando en las calles de San Juan de Puerto Rico, luciéndose en importantes teatros de París, sorprendiendo en Barcelona, apareciendo como un artista de lujo en Nueva York o cantando en altamar frente a las olas, mientras iba de un lugar a otro porque, cuando podía, elegía moverse en barco y no en avión. Y es que a pesar de ser zorzal, prefería no volar. Nacido en Toulouse en 1890 o en Tacuarembó en 1887, le cantó a Buenos Aires, triunfó en Francia, se hizo estrella en Estados Unidos. Medellín lo hizo mito. Su patria es tan intangible como universal.

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“Yo, que nunca fui tanguero, que jamás aprendí a tocar un pedacito de tango, recibí con fuerte emoción la voz de Gardel, su acento, su forma de marcar las palabras, su temperamento, su simpatía desbordante, su calidad de artista nacido para producir, en ese género, la más pura belleza popular”, escribió sobre él el inmenso Atahualpa Yupanqui en sus “Moemorias”, recordando el día en que usó el único peso que llevaba en el bolsillo para oír al Zorzal en un pequeño recital, mientras él mismo aún se buscaba la vida, guitarra en mano. Y continúa: “Gardel era como Buenos Aires después de haberse confesado, con penas y nostalgias, con rabias y amores. El alma de la ciudad cabía en él, honrosamente”. Mientras tanto hoy, un posible compatriota como Charles Aznavour también le adjudica cierta responsabilidad en su carrera. “Yo aprendí, sobre todo, de Charles Trenet, Maurice Chevalier, Édith Piaf y Carlos Gardel”, ha dicho el cantante francés de 91 años. Acoplame el corazón con tu canción/ Comunícalo con alas de guitarra/ Y un pianito de juguete/ Que tocás tan solo vos/ Vos sos Dios, vos sos Gardel/ Vos sos lo más, canta Charly García, como para completar el tributo. Una satisfacción más en medio de la nostalgia tanguera. Después de todo, ya lo dijo Santos Discépolo: el tango es un pensamiento triste que se baila.

“Mi idea es hacer del tango la base de un gran espectáculo”, dice Gardel en una de sus películas. Y vaya que lo logró. ¿Queremos hablar nuevamente de su vigencia? En el 2003 la voz de Gardel, que ha sido escuchada —en las más de 800 canciones que grabó— a través de gramófonos, vitrolas, tornamesas, caseteras, disqueteras y en formatos de 78, 33 y 45 rpm, amén del mp3, fue registrada por la Unesco en el programa “Memoria del mundo, dedicado a la preservación de documentos patrimoniales de importancia universal”. Será por eso que dicen que Gardel cada vez canta mejor.

Adiós muchachos, compañeros de mi vida, barra querida de aquellos tiempos.

Me toca a mí hoy emprender la retirada, debo alejarme de mi buena muchachada…

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Sinatra y Piaf: leyendas centenarias

“Carlos Gardel me salvó la vida”, proclama una historia que da vueltas por varias páginas web y que, se asegura, es contada por el mismísimo Frank Sinatra. Se supone que ambos cantantes se encontraron en Nueva York, hacia 1934, cuando el intérprete de “Strangers in the Night” tenía apenas 19 años y el Zorzal criollo llegaba para realizar un programa en la NBC.

Nancy Barbato, su entonces novia, le habría dicho a Gardel que Frank tenía talento pero que desperdiciaba su vida, pues andaba en problemas con la ley por sus malas juntas. Carlitos, acostumbrado a estar rodeado de ‘angelitos’, entendió la figura. “¿Qué hago, señor Gardel?”, preguntó la Voz, casi sin ella. “Pues, para empezar, métete al concurso que está organizando la radio, Major Bowes Amateur Hour”. Sinatra participó junto con The Three Flashes, ganaron y ese fue uno de los espaldarazos a su futura carrera.

Más de 40 años después llegaría a Buenos Aires para dar un concierto, pero casi clandestinamente, antes de dicho recital, fue al lugar donde antes se ubicaba el café O’Rondeman, barra de Gardel y sus amigos en los años treinta. Dejó un antiguo ticket ahí y murmuró algo que pocos oyeron: “Thanks for helping me to live, mister Gardel”. A pesar de que Nancy Barbato —luego Sinatra— disfruta aún de buena salud a sus 98 años, nadie ha podido comprobar la veracidad de esta historia.

El próximo 12 de diciembre, Francis Albert Sinatra, una de las voces más bellas de la música contemporánea, hubiera cumplido 100 años, en un mundo donde quedan ya pocos testigos de sus años de esplendor.

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Por su parte, la vida de Édith Giovanna Gassion, conocida luego como Édith Piaf, una de las voces femeninas más intensas del siglo XX, parecía signada por la tragedia desde un principio. Nació un 19 de diciembre de 1915, hace casi 100 años, literalmente, en la calle. Fue abandonada varios años por sus padres y criada por su abuela, quien regentaba un burdel.

Creció en la más absoluta miseria económica y humana; en la juventud tuvo una hija que murió poco después de meningitis, hasta que un día fue descubierta por un empresario mientras cantaba en una calle de París por solo unas monedas. A veces pareciera que este hecho, más que definir su suerte y su ascenso al estrellato, la marcaría negativamente.

Aunque Édith tenía un corazón generoso, una de las voces más privilegiadas de Europa y el cariño de un público devoto, su vida era una constante búsqueda de amor. Lo persiguió, lo encontró temporalmente en otros artistas como Raymond Asso, Georges Moustaki, Yves Montand o Charles Aznavour, pero fue el boxeador Marcel Cerdan quien le robó el corazón. Cuando en 1949 él murió en un accidente de aviación mientras volaba a su encuentro, el destino del Gorrión de París quedó sellado. Su adicción a la morfina la llevó a un desequilibrio del que a duras penas lograba salir —a veces— para presentarse en público. A pesar de ser una figura mundial y tener éxito a ambos lados del Atlántico, la intérprete de “Non, Je Ne Regrette Rien” o “La Vie en Rose” sucumbió a sus adicciones y a un cáncer hepático; el 11 de octubre de 1963 se anunció su muerte. “El barco se acaba de hundir. Este es mi último día en esta tierra. […] Nunca he conocido un ser más desprendido de su alma. Ella no entregaba su alma, ella la regalaba, ella tiraba oro por las ventanas”, dijo su amigo Jean Cocteau. Pocas horas después, él también fallecería.

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