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Bosque de Piedras (Madagascar) Naturaleza Hermosa

Bosque de Piedras (Madagascar) Naturaleza Hermosa

Avanzar por los escarpados pináculos del Tsingy de Bemaraha, en Madagascar, no es tarea fácil Un equipo de espeleólogos y un fotógrafo recorren las entrañas de esta formación geológica.

Por Bernadette Gilbertas y Eva van den Berg, Especial Aventura 2015

Un ligero movimiento, apenas una imperceptible sombra, perturba la fresca atmósfera nocturna tras la tormenta. Un pequeño sifaka de Decken aterriza de un salto sobre una afilada piedra para erguirse con prudencia y otear a su alrededor, hasta que percibe que no hay peligro a la vista. Entonces, una hembra y sus crías lo siguen, y la familia de lémures inicia una serie de saltos desplazándose entre los picos, ligeros y silen­ciosos, hasta desaparecer. Son los reyes en este recóndito lugar: solo un lémur es capaz de mo­­verse con tanta agilidad por este paraje cortante. Para un ser humano, la inmersión en este inmenso macizo calcáreo que conforma el bosque de piedra de la Reserva Natural Integral del Tsingy de Bemaraha, situado en la costa occidental de Madagascar, parece muy poco probable. Aunque no imposible: un equipo francés de espeleólogos lleva años recorriendo las entrañas de esta tierra de tsingy, palabra que en malgache significa «donde no se puede caminar descalzo». Cuando se pronuncia, suena como «ching», lo que recuerda el ruido que se produce al golpear una lámina de piedra caliza. Su origen primigenio, dicen, es el vocablo mitsingitsingina, que quiere decir «bailar de puntillas». Pero seamos francos; por aquí no es fácil transitar ni yendo de puntillas ni enfundados en las más resistentes botas. Uno más bien «se traslada como puede».

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El sistema kárstico del macizo Bemaraha, de más de 100 kilómetros de largo y entre 5 y 25 de ancho, está bordeado por los ríos Tsiribihina y Manambolo y por altos acantilados con vistas a la sabana. Se yergue como un pétreo mar infinito donde las olas son pináculos de piedra ca­liza que constituyen un peligroso lapiaz de aristas afiladas como navajas. La extraordinaria for­mación geológica procede de un gran sustrato calcáreo del jurásico que, tras ser disuelto y esculpido a golpes de lluvia y erosión, acabó creando este tremendo maremágnum de torres puntiagudas y angostas gargantas y cuevas.

«Es una especie de isla dentro de la inmensa isla que es Madagascar, un intrincado laberinto kárstico, húmedo y oscuro en el que se suceden profundos cañones repletos de vegetación», explica Olivier Grunewald, autor de estas imágenes. El fotógrafo francés ha visitado repetidamente esta joya geológica acompañado de Jean-Jacques Delavaux, botánico especializado en ecosistemas tropicales, y de los espeleólogos David Wolozan y Jean-Claude Dobrilla, expertos en sistemas kársticos. La fascinación por este extraño territorio les viene de mucho tiempo atrás. De hecho prendió mecha cuando Dobrilla quedó subyugado al ver una imagen del Tsingy de Bemaraha en una Geographic de 1987. Desde entonces, el espeleólogo francés supo que algún día se sumergiría en ese laberinto mineral, algo que consiguió en 1992. Hoy, Dobrilla está con­siderado como una de las personas que mejor conocen el lugar. Y es que, desde aquella primera visita, él y su equipo han explorado y topogra­fiado unas 200 cuevas y más de 100 kilómetros de túneles subterráneos.

En 2003 Grunewald viajó al Tsingy por primera vez, con sus tres amigos y compatriotas, para participar en el rodaje de un documental. Mientras los espeleólogos se deleitaban observando las rarezas de la piedra caliza, Delavaux sufría un arrebato de «entusiasmo botánico».

«Recuerdo lo maravilloso que fue observar por primera vez toda una serie de plantas que, a pesar de estar arraigadas a una superficie carente de humus y extremadamente recalentada por el sol, crecían en la parte superior de esta selva de piedra, formando fantásticos y frondosos jardines colgantes», dice el botánico. Para Olivier Grunewald, en cambio, el primer contacto visual desde la avioneta que los transportaba desde la localidad de Antsalova fue brutal, pero reconoce que en tierra sintió miedo. «Me sentí irresistiblemente atraído por ese magnífico bosque pétreo. Pero una vez en tierra, cuando tras una larga caminata dejamos atrás la cobertura vegetal y nos encontramos frente a esta descomunal y espinosa meseta azotada por un calor extremo, debo admitir que no me pareció un lugar apto para la vida humana», recuerda.

Apenas explorada, esta área protegida de 1.500 kilómetros cuadrados de extensión fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1990. Y no solo por su extraordinaria geología. Pese a su aspecto inhóspito, alberga selvas de manglar y una biodiversidad abundante que incluye muchas especies emblemáticas, entre ellas 11 especies de lémures, 5 familias de murciélagos, 17 especies de reptiles –entre ellas, el minúsculo camaleón Brookesia perarmata– y 104 especies de aves. Por no hablar de la larga lista de plantas: 650 especies, de las cuales el 87% son endémicas de Bemaraha. Tras aquella primera toma de contacto, Grunewald y sus compañeros de viaje volvieron al Tsingy al año siguiente, y en aquella ocasión pasaron un mes entero inmersos en los cañones. Su campamento, establecido en una repisa rocosa, era el lugar donde descansaban antes de acometer, cada mañana temprano, el descenso por los acantilados. Una tarea peligrosa que exige paciencia y pericia porque un error puede ser fatal.

«Aquí, no caminas. Te arrastras, reptas», afirma Olivier. Obstinados, los hombres prosiguieron su viaje a las entrañas del karst, aferrándose a la roca y a las larguísimas raíces desmesuradas, hipertrofiadas en su afán por perseguir el rastro del agua en el interior de las grietas hasta el fondo de los barrancos. «Una vez dentro del cañón, extremadamente húmedo y fresco, tienes la sensación de estar en el paraíso. Aquí es donde se encuentra la maquinaria de vida del tsingy», dice David Wolozan.

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Hasta la tercera expedición, realizada en época de lluvias porque es cuando se aprecia mejor la exuberancia de la biodiversidad, Grunewald no se sintió por fin en plena armonía entre los pináculos. En cambio, el botánico acabó harto de tanta lluvia. «Pero sé que es el precio que hay que pagar para que la vida siga su curso en el bosque de piedra», afirma. Bajo el beneficioso efecto del agua, la vegetación se prodiga y los habitantes de la selva pétrea proliferan entre las piedras: caracoles, libélulas, lémures, multitud de aves (desde loros hasta rapaces), murciélagos… todos acuden a saciar su sed y a alimentarse en esta temporada de esplendor. La época de lluvias tiene lugar entre los meses de noviembre y abril. Tras ella se sucede una larga retahíla de meses ardientes y secos, que obliga a los seres vivos a replegarse y a minimizar su actividad para resistir los embates de la meteorología.

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