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Belgrano de América: el más grande del interior

Belgrano de América: el más grande del interior

Belgrano de América: el más grande del interior
El estadio Mario Alberto Kempes lució ayer como en sus memorables jornadas. Los hinchas de Belgrano que habían preanunciado coparlo, se movieron masivamente hacia sus tribunas bajo la lluvia que ayer decidió instalarse sobre la ciudad.

Cualquier medio fue válido para tratar de ingresar lo menos húmedo posible al reparo de los techos del estadio. Pocos lo lograron a pesar de algunos paraguas, capas plásticas o rompevientos de dudosas capacidades impermeabilizantes.

Pero aun pasados por agua, los piratas (que por su natural condición deberían estar acostumbrados a la humedad), fueron un aluvión que llenó todos los espacios del mundialista tiñéndolo de un celeste intenso, por ahí amontonándose un poco más para evitar los sectores más expuestos a los factores climáticos, especialmente en el primer tiempo.

La consecuencia de esta gran movilización apasionada dio como resultado un marco de final, tanto visual como sonoro, porque el aliento fue insistente, compacto, estruendoso.

Cualquier desprevenido no hubiese creído que “sólo” estaba en juego una plaza a la próxima Copa Sudamericana.

Pero quienes interpretan el alma del hincha celeste saben que este masivo acompañamiento que desafió los efectos de la Corriente del Niño, no significó únicamente ir alentar a los jugadores ante la posibilidad de alcanzar una nueva chance en una competencia continental, sino que constituyó un tributo al equipo que sin sobrarle nada (más bien con carencias), peleó bien arriba el torneo largo en la máxima categoría del fútbol argentino.

El “ovaciómetro”

Una cuestión de innegable orgullo celeste. Y si bien el reconocimiento fue general, a la hora del nombre por nombre, en la presentación del equipo, cuando la voz del estadio llegó al “Chino” Zelarayán, la ovación fue más intensa que en otras ocasiones, tanto que sonó a despedida resignada, a último partido con la camiseta celeste del ídolo surgido y consagrado en el club, y con anunciado destino internacional.

Ayer, los piratas desafiaron a las nubes con su propia tormenta de serpentinas a la salida del equipo, tan intensa que por momentos hizo desaparecer a la cabecera sur, y desafiaron también a los relámpagos haciendo destellar miles de celulares en el comienzo del segundo tiempo y a los truenos (por si los había) con sus gargantas, que no se cerraron en ningún momento, ni siquiera cuando Colón se puso 1-0 en el primer tiempo y que estallaron definitivamente con el empate de Óbolo y el pitazo final.

Ese último sonido del árbitro abrió el capítulo final del espectáculo de luz, sonido y color que se había armado en el Kempes, con una larga sesión de fuegos artificiales incluidos.

Hinchas agradecidos, felices y convencidos de que todo valió la pena. Incluida cierta dosis de sufrimiento.

Belgrano de América: el más grande del interior

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