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Argentina y su pasado esclavista, negrero y rascista

Argentina y su pasado esclavista, negrero y rascista
Cuando niños, todos hemos cantado en nuestro colegio la Marcha de San Lorenzo mirando subir la bandera en actos patrios, pero nadie nos dijo que fue escrita por un músico afroargentino, hijo de esclavos, llamado Cayetano Silva; tampoco, cuando jugábamos a la ronda nos dijeros que no se trataba de un juego, sino de un ritual africano.

Silva, que fue empleado policial, pero que además enseñaba italiano en más de catorce dialectos y fundó una escuela de música , en 1920 la policía le negó sepultura en el Panteón Policial por ser negro.



Foto de Cayetano Silva. Creador de la Marcha de San Lorenzo


Argentina y su pasado esclavista, negrero y rascista

Desde fines del siglo XVI y durante más de 200 años, los negreros hicieron fortuna vendiéndolos y nuestra sociedad encontró natural comprarlos y hacer uso de ellos. Es decir, poseerlos como parte de sus bienes, junto con las tierras o el ganado.

Se estima que en Latinoamérica se trajeron entre 12 y 15 millones de africanos, y que al puerto de Buenos Aires, uno de los principales de tráfico y comercio negrero, ingresaron más de doscientos mil. Aunque parte de estos esclavos fueron destinados a otras regiones de la colonia española, la mayoría quedó en nuestras tierras para ser utilizados por los amos tanto en tareas rurales como domésticas y trabajando para ellos en distintos oficios fuera de la casa.

Según el censo de 1778:

En Buenos Aires los africanos eran el 30% de la población.

En Córdoba, más del 40%.

Y en algunas zonas del Norte, superaban ampliamente el 50%.


La historia dice también que durante el siglo XIX, en unas cuantas décadas, fueron desapareciendo. la Asamblea de 1813 decretó que los hijos de esclavos que nacieran en nuestro país serían libres.

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Estatua “La esclavitud” del escultur argentino Francisco Cafferata

El cruce del Atlántico desde las factorías africanas se realizaba en veleros que los portugueses denominaron “tumbeiros” ( de tumbas), sombría calificación que alude a una trágica realidad: durante el siglo XVIII y considerando las mejores condiciones posibles de salud y navegación, apenas sobrevivían al viaje entre un 60% y 70% de los hombres embarcados.

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Las penurias no terminaban con el arribo a Buenos Aires: eran confinados en los barracones que los asentistas tenían, por ejemplo, en el solar ubicado en Belgrano y Balcarce, en los actuales parque Retiro y Lezama, y, más tarde, en Barracas. Alí se eles aplicaba una marca a fuego que los identificaba. Esta brutal práctica, el “carimbado”, fue norma hasta 1784 y se relacionaba con el pago de impuestos a la Corona y con impedir los intentos de fuga.

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Pero no solo las grandes compañias ingresaban esclavos, el contrabando era habitual: traían a los negros a través de la extensa y despoblada frontera entre Brasil y la Banda Oriental, o por la Colonia del Sacramento, mediante pequeñas embarcaciones que arribaban a la costa del Río de la Plata, y no pocas veces con la complicidad de gobernadores y autoridades locales. Incluso, hay documentos que prueban que, si estaban en peligro de ser apresados, los contrabandistas no dudaban en ahogar su carga humana.

Los principales propietarios de esclavos eran los comerciantes, funcionarios y hacendados. También, las órdenes religiosas emplearon esclavos desde el comienzo de la evangelización; ya en el siglo XVI, fray Bartolomé de las Casas, el gran defensor de los indios, planteaba la necesidad de importarlos para el trabajo.

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Con el siglo XIX llegaron las ideas libertarias, en principio desde Inglaterra, lo que muchos autores asocian con la expansión industrial y la necesidad de contar con un sistema de mano de obra libre y asalariada capaz de consumir lo que produce.

Según el censo de 1887, había en el país solo un 1,8% de negros y mulatos, y en el informe del censo de 1895, se aclaró que “no tardará en quedar la población unificada por completo formando una nueva y hermosa raza blanca.”

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Se dice que muchos murieron en las luchas independentistas, otros en la guerra con el Paraguay y también en las epidemias de cólera y fiebre amarilla. Sabemos que del Ejército de los Andes formaron parte más de 1500 esclavos libertos, donados por sus amos o “rescatados” por cuenta del Estado para ser enrolados, y que volvieron muy pocos.

A este panorama sombrío debemos sumarle la falta de matrimonios entre afros y, por ende, la baja natalidad, producido tanto por la desaprensión de los propietarios como por evitar pérdidas producidas durante el embarazo.

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La libertad no significacaba el fin de los problemas. Sin duda, negros y mulatos, esclavos, y fundamentalmente los libres, se encontraban inscriptos en los sectores más bajos de esta sociedad compartiendo con blancos pobres y con indios y mestizos una realidad a veces similar: la desocupación y la inestabilidad, la pobreza que conduce a la “vagancia” y al delito. Y en este caso se agrega todo el peso de los prejuicios raciales.

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Los últimos factores a considerar son la gran inmigración europea y el accionar de una sociedad que quería construir una nación blanca:

” La superioridad de la raza blanca es un hecho aceptado – escribió José Ingenieros en 1901- Todo lo que se haga por las razas inferiores es anticientífico. A lo sumo, se los podría proteger para que se extingan agradablemente.”


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