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Antes de llamarse Urano, se llamaba…

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Antes de llamarse Urano, se llamaba...

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Urano tiene la atmósfera más fría de todo el Sistema Solar, un sistema de anillos como el de Saturno (que no se suele ver fácilmente) y un periodo de rotación en torno al Sol que dura más o menos lo mismo que una vida humana, 84 años.

También tiene un pasado oculto, antes se llamaba simplemente “George”.

Se llamo así, y además de manera oficial, hasta el año 1850, cuando la Her Majesty’s Nautical Almanac Office, nombre pomposo donde los haya y entidad británica que se encargaba de administrar los nombres celestes por aquella época, decidió cambiarlo oficialmente.

¿Qué ocurrió? La historia se remonta casi un siglo atrás, en 1781, cuando el alemán William Herschel descubrió con un telescopio fabricado por él mismo que uno de los objetos que visualizaba en sus sesiones nocturnas se movía ligeramente noche tras noche. Aunque otros astrónomos antes que él lo habían catalogado como estrella, su primera hipótesis fue de que se trataba de un cometa.

Antes de llamarse Urano, se llamaba...
William Herschel

Pronto, otros astrónomos en Rusia y Alemania calcularon la órbita del objeto que había descubierto Herschel y el acuerdo de la comunidad científica fue unánime: la humanidad acaba de descubrir un nuevo planeta, el séptimo.

Una vez confirmado que el objeto de Herschel era un planeta, el astrónomo se encontró en la complicada situación de ponerle un nombre a su descubrimiento.

Simultáneamente, el rey Jorge III (George III), agradado por el hecho de que hubiese sido un británico el descubridor de un nuevo planeta, invitó a Herschel a moverse a la corte oficial del monarca para que así toda su familia pudiese hacer uso de sus telescopios.

Para honrarlo, y como consecuencia, Herschel denominó el planeta que había descubierto como Georgium Sidus, “La estrella de Jorge” en latín. Al rey, obviamente, le encantó aún más la noticia pero la denominación pronto levantó ampollas entre los astrónomos de otros países. Para empezar, argumentaban, era “demasiado inglés” y además rompía con el esquema de nombres mitológicos que se había seguido hasta ese momento.

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Urano, fotografiado en 1986 por la sonda Voyager

Fue otro astrólogo alemán, Johann Bode, el que sugirió el nombre de Urano.

En la mitología griega Urano era el padre de Crono. Saturno es la versión romana de Crono, y puesto que Saturno es a su vez el padre Júpiter (Zeus), para Bode tenía sentido que el nuevo planeta fuese a su vez el padre de Saturno (Crono). A los ingleses no les hizo mucha gracia el cambio de nombre, y la denominación oficial persistió hasta 1850, con el rey Jorge III ya fallecido, cuando finalmente dieron el brazo a torcer y cambiaron la denominación oficial al nombre que de facto ya se utilizaba en el resto del mundo.

Hay alguna coincidencia curiosa más. En 1789, 8 años después del descubrimiento y tras la propuesta de Johann Bode con el nombre de Urano, el francés Martin Klaproth descubría un nuevo elemento. Ese nuevo elemento acabó por llamarse “Uranio” como manera de apoyar la opción de Bode. Durante el siglo XX, el uranio pasaría ser mucho más popular debido a su uso como combustible en los reactores nucleares.

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Aunque parece una combinación casi aleatoria, el símbolo que se utiliza para representar a Urano es en realidad la H de Hershel, su descubridor, coronando un globo, que representa el planeta.

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