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Alternativas engañosas

Alternativas engañosas

En América Latina, casi todos –parecería que, por ahora al menos, el de Bolivia es una excepción– los gobiernos de retórica revolucionaria que aún permanecen están en graves apuros. Lo mismo que el encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, quien perdió el poder en las elecciones del año pasado, se ven acusados no sólo de provocar catástrofes económicas atribuibles a su propia ineptitud y su voluntad de aferrarse a conceptos ideológicos inútiles, sino también de permitir que sus integrantes robaran muchísimo dinero. Aunque muchos imputan la decadencia así supuesta a las características personales de dirigentes como Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Néstor Kirchner y su viuda, Cristina, el que todos se vieran beneficiados por el apoyo fervoroso de muchos intelectuales, artistas y otros que se consideran “progresistas” hace pensar que la debacle tanto económica como moral resultante tiene raíces más profundas. Al fin y al cabo, es difícil creer que todos los chavistas y kirchneristas siempre hayan estado a favor de la corrupción o de estrategias económicas que, andando el tiempo, perjudicarían a los más vulnerables. Antes bien, es de suponer que la mayoría sinceramente querían hacer de sus países respectivos dechados de justicia social.

Alternativas engañosas

¿A qué, pues, se debió la innegable popularidad del chavismo y el kirchnerismo en dichos sectores “progresistas”? En parte, a la hostilidad a menudo vengativa que muchos sienten hacia “la oligarquía”, “el capitalismo salvaje” y “el neoliberalismo”. También habrá incidido la sensación agradable de estar militando en un movimiento de importancia histórica, uno que, además de castigar a los presuntos responsables de las penurias de los pueblos latinoamericanos, lograría reconstruir la sociedad en que vivían para ponerla a la altura de sus expectativas. Asimismo, una vez comprometidos con una causa, muchos militantes son reacios a abandonarla aun cuando les sea evidente que se haya apartado del rumbo previsto y que los líderes, lejos de ponerse al servicio del pueblo, estén resueltos a servirse de él para enriquecerse. Para tales personas, el relato termina pesando mucho más que la realidad.

Alternativas engañosas

La Argentina y Venezuela distan de ser los únicos países en que sectores intelectuales influyentes han confiado en proyectos fantasiosos que siempre estuvieron destinados a fracasar. En distintos países de Europa, sobre todo en Francia e Italia, durante muchos años una proporción sustancial, a veces mayoritaria, de los escritores, artistas y académicos apoyó al comunismo aún después de haberse enterado de los horrores perpetrados sistemáticamente por la dictadura soviética y por los regímenes instalados en países ocupados como Polonia, Hungría y Checoslovaquia. Parecería que es tan fuerte el deseo de tales personas de encontrar una alternativa a la aburrida democracia liberal y la para muchos exasperante economía de mercado que están congénitamente proclives a solidarizarse con movimientos que, en verdad, son radicalmente incompatibles con los principios que quisieran reivindicar. Será por tal razón que, por aberrante que parezca, últimamente muchos izquierdistas occidentales se han solidarizado con islamistas ultraconservadores; al fin y al cabo, no cabe duda alguna de que encarnan una alternativa al statu quo.

La presunta falta de alternativas viables al llamado “pensamiento único” que nadie confiesa compartir pero que, de tomarse en serio las quejas de quienes se afirman sus adversarios, domina el mundo actual, es motivo de mucha frustración. Parecería que los herederos de la tradición contestataria que, a partir de las décadas finales del siglo XVIII, ha desempeñado un papel protagónico en la evolución del pensamiento occidental, se han resignado al fracaso propio y por lo tanto apoyan a cualquier demagogo populista que es lo bastante astuto como para declararse resuelto a impulsar cambios drásticos sin preocuparse por las consecuencias. De tal modo, hacen un gran aporte a lo que dicen odiar. De haber permanecido leales a sus presuntas convicciones, hubieran ayudado a impedir que líderes como Chávez y los Kirchner cometieran errores, para no decir delitos, que tendrían un impacto sumamente negativo en el bienestar de decenas de millones de personas, además, claro está, de desacreditar, una vez más, las causas que, a su manera, por algunos años representaban.

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