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Alexander Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe

  • Es un diminuto punto en el mapa. Por debajo de los 34° latitud sur, la isla Juan Fernández es un diminuto pedazo de tierra en la inmensidad del Océano Pacífico oriental. En el año de 1704, Alexander Selkirk gritaba con locura desde la playa en una de estas islas olvidadas, a la distancia veía como una brisa occidental desplazaba a su nave y compañeros de tripulación sobre el horizonte de octubre. Pasó los siguientes cuatro años solo, luchando por sobrevivir y, a la larga, inspirando al Robinson Crusoe de Daniel Defoe.


Alexander Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe

  • La primera vez que Selkirk se hizo a la mar fue cuando tenía quince años para evadir cargos formales de “comportamiento indecente”. Después, ya siendo un adulto, se unió a la tripulación del Cinque Ports, un buque de ciento treinta toneladas, velas ondulantes y casco a base de tablones. Selkirk era un navegante experimentado pues había recorrido el sur a lo largo de la costa brasileña.
  • Tras alcanzar el extremo sur de Argentina viraron hacia el norte para seguir por la costa de Chile. Sin embargo, la reducción en los suministros y las enfermedades provocaron que la tripulación original de noventa almas se viera reducida a cuarenta y dos. El barco se torció frente al implacable océano. La situación empeoró cuando una infestación de gusanos redujo algunas partes del casco a una especie de pasta; sin embargo, había un pequeño alivio adelante.
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  • En el mes de septiembre de 1704, la pequeña isla de Juan Fernández aparecía en el horizonte. El capitán Stradling ordenó a la tripulación anclar en la bahía de la isla, dando a los hombres un respiro más que necesario para toda la frustración y sufrimiento.
  • La estancia en aquella isla fue muy breve, el capitán estaba ansioso por regresar a su barco y continuar el viaje. Por su parte, Selkirk insistió en que el barco ya no estaba en condiciones de seguir surcando los mares del Pacífico, y que las fugas en el casco lo harían sucumbir ante el océano o los enemigos. Sugirió al capitán y a la tripulación que lo mejor era mantenerse en la isla y esperar por ayuda, pero nadie le hizo caso. La insistencia de Selkirk creció hasta el punto que Stradling ordenó a la tripulación abandonar al hombre en la isla con nada más que su cofre, ropa de cama y algunas prendas de vestir. Momentos después, el barco y la tripulación a vela partían mientras observaban a un angustiado Selkirk en la costa de aquella isla solitaria. Gritó para que regresaran, pidiéndoles perdón, pero el barco siguió su marcha.
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  • Entre sus posesiones había una pistola, pólvora, balas, un cuchillo, un hacha, instrumentos de navegación, una biblia, una botella de ron y comida para unos pocos días. Observó el horizonte, esperando que alguien volviera a rescatarlo.
  • Navegar sobre una balsa improvisada era imposible. La tierra habitada más próxima era Valparaíso, un viaje de seiscientas millas al norte. La pistola le daba la certeza de que sus últimos instantes serían una elección propia.
  • Una vez que superó aquellas afiladas rocas de lava que rodeaban la costa, encontró una exuberante vegetación y una fuente de agua para beber, las focas le proporcionarían carne y las ciruelas nativas serían la solución contra el escorbuto. Selkirk había escuchado relatos de otros náufragos que sobrevivieron años en solitario antes de ser rescatados. Sabía de hombres como Pedro Serrano, un hombre que se las arregló para sobrevivir siete años en una isla solitaria del Pacífico sin una fuente de agua fresca. Serrano sobrevivió bebiéndose la sangre de las tortugas, pero con el tiempo se volvió loco. Otro hombre habría sobrevivido durante años con muchos menos recursos que los que ofrecía la isla de Juan Fernández. Selkirk sabía lo que un hombre en su situación podía hacer, así que él también lo intentaría.
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  • Las advertencias de Selkirk sobre la inseguridad del barco resultaron precisas – un mes después que lo exiliaron en la isla, el Cinque Ports se encontró con su destino y se hundió frente a las costas de Perú. Una gran parte de la tripulación pereció y, los que lograron sobrevivir (incluido el capitán), llegaron a la orilla de una isla donde catorce más murieron. Con el tiempo terminaron entregándose a los guardacostas españoles y los encarcelaron en Lima, donde “los españoles los mandaron a un calabozo y les dieron un uso muy bárbaro”. El capitán escapó y se las arregló para regresar a Gran Bretaña, pobre y acabado por las enfermedades.
  • A pesar de estar solo en la isla, Selkirk no estaba a salvo de la amenaza del hombre. Un día divisó un barco anclado en la bahía. Por encima de él ondeaba la bandera de España – Selkirk corrió a ocultarse. Como un escocés, sabía que si lo capturaban su destino era la esclavitud o la muerte. Lo persiguieron y el eco de sus disparos recorrió todos los rincones de la isla. Lo superaban en número y en equipamiento. Su conocimiento de la isla era su única ventaja. Escaló en un grueso árbol y permaneció allí en silencio. Pasaron dos días antes que los españoles lo dejaran en paz.
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  • Las mareas pasaron, las sombras se estiraron y Selkirk se mantuvo firme. Perseveró manteniendo su mente en el futuro. Mutiló cabras jóvenes para asegurarse que nunca serían capaces de correr más rápido que él. Si su estado de salud no se marchitaba, entonces él podía confiar en llevar a cabo estas actividades sencillas. Cierto día, la búsqueda de una cabra casi termina matándolo cuando cayó en un acantilado, dejándolo “inconsciente por espacio de tres días, periodo que midió analizando el crecimiento de la Luna desde su última observación”. La caída habría significado una muerte segura de no ser por qué cayó sobre la cabra que había estado persiguiendo. Durante cuatro años Selkirk llevó la cuenta de las quinientas cabras que desolló. A otras las capturó solo por “deporte” y las dejó en libertad después de haberles hecho una muesca en la oreja. Este fue su método para indicar la velocidad y aspectos físicos de la cabra.
  • Las necesidades básicas de supervivencia formaban parte de su rutina diaria. A menudo iba al punto más alto de la isla para observar el vasto océano, buscando la luz tenue de algún barco o alguna señal del mundo que había conocido. Estos tiempos de profundo silencio le provocaron “revoluciones en su propia mente”, esperanzado a que un día regresaría a casa.
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  • Fue una tarde de 1709 cuando un barco se acercó a la isla. Pese a que no pudo determinar la nacionalidad de los tripulantes, estaba desesperado y corrió a la orilla. A toda velocidad se desplazó por la playa haciendo señales con una rama envuelta en llamas. Los hombres desembarcaron en la isla, armas en mano apuntando directamente a la cabeza de Selkirk. Con las manos en la nuca, les contó que lo habían abandonado. La tripulación le ofreció espacio a bordo del barco. Selkirk solamente se uniría si le aseguraban que Stradling, su antiguo capitán, no estaba presente. El nombre no significaba nada para aquellos hombres que solo buscaban agua dulce y comida.
  • El capitán Woodes Rogers escribió en su libro “A Cruising Voyage ‘Round the World” sobre la existencia de un Selkirk abandonado
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  • Al principio estaba harto de los gatos y las ratas que se habían propagado en grandes números de cada especie gracias a los buques que se adentraban en tierra en busca de madera y agua. Las ratas mordían sus pies y ropa mientras dormía, por lo que aprendió a apreciar a los gatos tanto como la carne de sus cabras, muchos llegaron a ser tan dóciles que los agrupaba en cientos y después los dejaba frente a las ratas. También domesticó algunos desde pequeños, para desviar la atención de su situación bailaba y cantaba con sus gatos de vez en cuando de manera que con el favor de la providencia y el vigor de su juventud, a los treinta años de edad, por fin, conquistó todos los inconvenientes de su soledad, haciendo que pareciera muy fácil.
  • Cuando su ropa se desgastó fabricó un abrigo y una gorra de piel de cabra, que unió con pequeñas tiras de la misma, cortándolas con su cuchillo. No tenía aguja, pero sí un clavo; y cuando el cuchillo se desgastó hizo otro, como pudo, a partir de unos aros de hierro que habían quedado en tierra, moldeándolos delgados y finos sobre las rocas. Con un poco de tela de lino que le quedó cosió unas camisas con el clavo, lo hizo con el estambre de sus medias viejas, que descosió a propósito. Tenía su última camisa cuando lo encontramos en la isla.
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  • Selkirk había estado solo con su alma durante más de mil quinientas noches. Tras cuatro años y cuatro meses finalmente regresaba a casa. El oficial del barco estableció el rumbo hacia el norte para viajar por toda la costa de Perú. Selkirk vio a su isla alejarse en el horizonte, mientras el débil resplandor de las brasas de su señal de fuego de desvanecía sobre la playa.
  • Tras el rescate, un tipo diferente de aislamiento surgió en Selkirk cuando regresó a su ciudad natal, Largo, donde fue incapaz de adaptarse al régimen de la vida diaria. En sus momentos más desesperados buscó la reclusión de una pequeña caverna en un punto alto del lugar. Se casó en 1717, pero pronto se hizo a la mar otra vez.
  • Los autores interesados principalmente en el dinero escribían de vez en cuando su historia de forma corta. El escritor Daniel Defoe, acercándose a los sesenta años y agobiado por el costo de la boda de su hija, publicó un relato ficticio de la terrible experiencia de Alexander Selkirk como Robinson Crusoe en 1719, era su publicación número 412. La popularidad de aquel texto le valdría dos secuelas.
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  • En 1720, tras un breve tiempo en el puerto, Selkirk se casó con otra mujer sin haberse separado de su primera esposa. Una vez más su tiempo juntos fue muy corto, pues se unió a la tripulación del HMS Weymouth como segundo de a bordo. Este viaje le costaría la vida a causa de un virus que lo infectó en 1721. La noche en que murió, el primer teniente registró la muerte de Selkirk en su bitácora y destacó una “pequeña brisa”. El mismo viento que hizo desaparecer al Cinque Ports regresó para ver cómo se desvanecía la vida de Selkirk antes que fuera reclamado por el océano.
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  • El mundo se fascinó por la historia de Crusoe; sin embargo, muy pocos lectores llegan a saber de la verdadera historia que inspiró la novela atemporal. En 1966, el gobierno de Chile cambió el nombre de la isla de Alexander Selkirk a la isla de Robinson Crusoe (trasladando su nombre a otra isla del archipiélago), un monumento agridulce a su homólogo ficticio. Selkirk nunca encontró un lugar entre la sociedad, pero llegó a habitar de forma permanente en ella a través de las palabras del libro de Defoe. Solo cuando lo obligaron a la reclusión, Selkirk tuvo suficiente quietud y silencio para escuchar el eco de su propia alma que, como tantos otros, quería encontrarse a sí mismo.
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