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A tres bandas: cap 1 (cuento policial)

La siguiente historia me la contó un amigo del vecino del nieto de un guarda cárcel de Villa Devoto (Cárcel de Contraventores). A esta persona (al amigo del vecino del nieto…) lo conocí en la verdulería de un turco. El tipo no parecía ser cliente, sino más bien amigo del dueño, ya que siempre estaba, a cualquier hora, apoyado en el mostrador, tomando y haciendo unos mates con el turco (como todo alpedista que no sabe qué carajo hacer con su tiempo libre, va y jode full time a algún conocido).

No me acuerdo como o porque comenzó a relatar la historia, pero fue floreciendo entre escuetas visitas mías al negocio. Y fue tomando forma entre batatas y bergamotas. Algún que otro detalle se me debe haber escapado seguramente. Es que no se puede andar tanteando los tomates peritas para comprobar su madures y prestar atenta atención al relato de un relato che… Así que el relleno de los datos que faltan (y también los que huelgan) fueron producto de mi imaginación.

Licencia poética, que le dicen.

Así está el país, con licenciados truchos que se la dan de poetas, o viceversa… en fin…

A tres bandas: cap 1 (cuento policial)
Ilustración realizada por @Batalla_Solari

Mil gracias Don…!!!

     

—La historia que le voy a contar la escuché hace mucho, cuando comenzaba con la barbería y era un hombre libre—Dijo el preso —. Y ocurrió hace mucho más tiempo todavía, a principios del 1890. Así que sepa disculpar mi ritmo monótono, acartonado y si algunas cosas no las recuerdo tal como ocurrieron. Bah, como me las narró aquel simpático belga de bigotito engominado que atendí en la barbería.

El Resucitado

Llegó al puerto de Buenos Aires en un barco chino. Llegó con lo puesto, una vieja camisa que alguna vez fue blanca, un pantalón remendado y un gastado y desteñido chaleco negro. Por todo equipaje tenía su estuche donde guardaba el violín, una pipa y su respectiva bolsita con tabaco.

Allá en Europa gozaba de cierta fama y prestigio, pero llegó al “Nuevo Mundo” tratando de pasar desapercibido, de incognito. Sin levantar la perdiz, bah. Pasa que en aquella época este buen hombre, alto, delgado, frío, irónico, ingenioso e intelectualmente inquieto, se andaba haciendo el muerto allá en sus pagos. Cosas de la vida, vio. Algunos dicen que se borró por problemas de dinero, otros que por sus adicciones. También se dijo algo sobre alguna secreta organización criminal. La cuestión es que el inglés “en vida” gustaba de meterse en quilombos ajenos, de manera personal o para la “police”. Así es como llega a Bs As, tras la pista de cierto famoso asesino de prostitutas de Londres.

Se hospedó en un hotelucho humilde usando el nombre de un doctor amigo. Se aseó un poco, comió algo en su habitación y salió de nuevo rumbo al puerto. Para ver que averiguaba sobre cierto marinero portugués al que tenía como principal sospechoso. Regresó varias horas después, agotado y sin un dato sólido.

A media mañana lo despertaron unos golpes en la puerta de su habitación. Era el propietario del hotel que en un difícil ingles le preguntó:

—Míster, ¿es usted medico verdad?

Y antes de que pudiera preparar una respuesta convincente, el dueño del hotel lo estaba arrastrando por los pasillos. Lo metió de prepo en una habitación. Esta era bien espaciosa, con dos camas individuales, una mesa a los pies de ambas y dos modestas sillas. Un viejo y amplio placar deslucido completaba esa porción del inmobiliario. Sobre la mesa se encontraban un par de tazas usadas y una tetera. En el suelo, semidesnudos, se hallaban los cuerpos de dos hombres con restos de vomito en sus bocas,cuerpos y en el suelo. Uno era un muchachito, el otro ya estaba entrado en años. Muertos. El olfato entrenado del falso médico notó al instante el perfume almendrado del cianuro en el cuarto. Más precisamente en las tazas y tetera. Convenció al hotelero, se pudo hacer entender más bien, para que fuera a buscar a la policía. Cuando quedó solo procedió a revisar los cuerpos y toda la habitación. No encontró identificación alguna de los hombres ni rastros del origen del veneno.

Con los policías le fue imposible hacerse entender, y mejor ni hablar del merengue que estaba armando el hotelero como traductor.

Entonces llegó el curita.

—Aguante que le cambio la yerba al mate y le sigo contando—Dijo el reo mientras volcaba la yerba ya usada del improvisado mate, un jarrito celeste—. ¿Que estaba por contarle? Ah sí… lo del curita regordete y con pinta de sonso.

El Cura

Oriundo de Sussex el padrecito llegó a Bs As tras el pedido desesperado de un viejo amigo de la infancia. Días atrás le había llegado una carta de este amigo pidiéndole por favor que viajara urgente a la Argentina. Le quedaba poco tiempo de vida y quería confesarse. Confesarse con un viejo amigo y no ante un clérigo desconocido, en un país ajeno. La carta estaba fechada poco más de un mes atrás, cuando la recibió el curita. No lo pensó dos veces y partió rumbo a Bs As, esperando no llegar tarde. Durante el viaje trató de repasar algo de su español aprendido.

Al pisar puerto argentino lo primero que hizo fue buscar el hotel que le había señalado su amigo en la carta. No tardó mucho en dar con el lugar. Prácticamente la fachada se caía a pedazos.

A su amigo no lo encontró ni demacrado ni moribundo como se lo había imaginado. Lo descubrió, eso sí, con ropas más humildes, sin la pomposidad con que lo recordaba. El hotel tampoco era el que se había imaginado para la estadía de su amigo. Luego de los saludos de cortesía y demás frivolidades, salieron a almorzar algo.

Durante la sobremesa el curita fue puesto al corriente sobre como su amigo había llegado a Bs As con la intención de hacer grandes negocios. De cómo no le funcionó ninguno. De cómo se gastó gran parte de su fortuna en las carreras, las cartas y demás juegos de azar. De cómo lo echaron del elegante hotel donde se quedaba. De cómo estando a un paso de la ruina total, conoció al gran amor de su vida. De que estaba viviendo un amor prohibido. De que uno o dos negocios le habían salido bien últimamente. De que estaba recuperando algo del capital perdido. De que se sentía culpable por esa relación prohibida, etc.

El curita escuchó, escuchó sin decir palabra. Cada tanto solo se limitaba a quitarse los gruesos lentes y limpiarles los vidrios.

En una plaza desierta, por ser la hora de la siesta seguramente, le tomó confesión. Volvieron al hotel. Y antes de despedirse quedaron en almorzar al día siguiente.

El padrecito pasó la noche en lo de un italiano con el que había hecho buenas migas durante el viaje. Entre pastas, vino y las risotadas del tano; el clérigo sacaba conclusiones de todo lo que le contara su amigo ese día. Y del hecho de que en ningún momento hiciera referencia sobre su muerte, o que su vida corriera peligro. ¿O había leído mal en la carta?

Al día siguiente, cerca del mediodía, llegando al hotel vio en la puerta varios policías entrando y saliendo del hospedaje. El dueño lo reconoció y dos policías lo condujeron hasta la habitación de su amigo. Allí estaba, muerto, tirado en el suelo junto al cuerpo de otro hombre, más joven. Ambos casi desnudos. Envenenados con cianuro, según un medico ingles que también se hospedaba en el hotel.

Continuará…

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