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A River le falta un tornillo

Diego Simeone se rebela ante la palabrita de moda: intensidad. Lo expresó con claridad en la riquísima entrevista que publicó LA NACION este domingo: “Escucho que en el fútbol argentino hay mucha intensidad y yo no creo que se llame intensidad a las fricciones, a chocar todo el tiempo. Hay fricciones porque hay malos controles. Termina pareciendo que hay mucha intensidad, y la intensidad es que el fútbol tenga fluidez, pero para eso tenés que tener buen juego”.

Por abundancia y carencia, este River se amolda a las dos acepciones que Simeone le da a “intensidad”. Le sobra la intensidad entendida como esa capacidad de meter pierna donde falta cabeza. Y tiene un alarmante déficit de la intensidad que da pie al juego ofensivo: se trasluce en lo que cuesta dejar a sus delanteros perfilados contra los defensores rivales en esa zona del campo donde el gol debe madurar. O en lo difícil que resulta encontrar asociaciones: control y pase, el secreto del fútbol según Riquelme, es lo que falta. Con D’Alessandro todavía fuera de ritmo, Nacho Fernández adaptándose y Pisculichi en un constante sube y baja, las ideas de ataque nacen torcidas y se van solitas de la cancha. No fluyen, diría Simeone.

No es de ahora, claro: la versión más lucida del River era Gallardo hay que buscarla bastante atrás, en su génesis. Fue en esos primeros meses del ciclo cuando el equipo jugaba y jugaba. Y entonces deslumbraba. Después, y ahí su mérito, supo reinventarse para disimular el apagón creativo. Así ganó la Libertadores, con una propuesta menos vistosa que la inicial, pero que le alcanzó para levantar la Copa.

En los 9 partidos oficiales que jugó este año, el equipo recibió 14 goles. Solo en 3 partidos mantuvo su valla invicta

¿Por qué resalta más en este tramo del año esa opacidad, si no difiere demasiado de la que dominó las últimas versiones del equipo? Buena porción de la respuesta está en cómo se desacomodó la estantería que sostenía todo. A River le crujieron los engranajes defensivos a tal punto que le cuesta una fortuna mantener su arco cerrado. Y no por Barovero, más allá de sus errores puntuales cometidos el domingo ante Colón. Repaso: en los 9 partidos oficiales que jugó este año, el equipo recibió 14 goles. Solo en 3 partidos mantuvo su valla invicta. Así, los 18 goles que marcó resultan insuficientes.

Los entrenadores apuntan que la defensa empieza en el ataque; pero no parece que a Alario, Mora y compañía les esté faltando compromiso para esa tarea. Entonces hay que buscar por otro lado: si a River antes le dolió la partida de Funes Mori a Europa, en este tiempo las costuras se le ven por todo el tejido defensivo. Ponzio tienen voluntad para jugar en esa posición, pero poco oficio. Así suele dejar habilitados a los delanteros que le buscan la espalda; Casco y Mayada están lejos del nivel de Vangioni y Mercado; Vega necesita partidos para asentarse y álvarez Balanta sigue lesionado; de los que están jugando, tal vez sea Mammana quien mejor dé la talla.

A esa enumeración le falta un apellido, el único que queda en pie de la oscura época del descenso a la B. El bajo perfil de ese protagonista fuera de la cancha lo coloca en un injusto segundo plano, aunque quizás sea el que haya que mencionar primero en la lista de fortalezas. Lesionado contra Boca, su ausencia destapa ahora los errores que antes él lograba disimular. Y la estantería tambalea todavía más.

A River le falta un tornillo

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