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8 descubrimientos científicos que validan la evolución

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8 descubrimientos científicos que validan la evolución

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Tal vez seas una de las personas que no está totalmente convencida de la veracidad en la teoría de la evolución, pero la ciencia no admite verdades a medias ni creencias ciegas y es un hecho que existe abundante evidencia que respalda la afirmación de una selección natural. Échale un vistazo a estos importantísimos descubrimientos históricos que confirman las afirmaciones hechas por Charles Darwin en su Teoría.

El ADN.


8 descubrimientos científicos que validan la evolución

El origen de las especies tiene algo realmente notable: el hecho de que Darwin haya articulado su teoría sin saber el mecanismo preciso a través del cual sucedían las alteraciones genéticas. No fue sino hasta la década del 50 que Watson y Crick descubrieron el ácido desoxirribonucleico (ADN), momento en el que los biólogos evolucionistas finalmente encontraron la pieza faltante del rompecabezas.

El surgimiento de la ciencia genética fue el suceso más importante en el ámbito de la biología evolutiva desde la teoría de Darwin (sin menospreciar el trabajo de Gregor Mendel, cuyas leyes terminaron dando origen a la herencia genética)

Dado que el ADN está presente en todas las formas de vida, su existencia sugiere que toda criatura sobre la Tierra evolucionó a partir de un ancestro común. También ofrece una explicación sobre la forma en que las mutaciones genéticas (especialmente los errores de copia), en combinación con los procesos de selección natural, moldearon la evolución. En última instancia, el ADN es el motor que impulsa los cambios.

Forma transicional

Las especies surgen y se extinguen, pero la vida continúa proliferando. Esta es la conclusión general que puede sacarse de la extensa colección de fósiles que nos remonta hasta los 3.8 mil millones de años en el pasado.

Los fósiles sirven como una cadena de continuidad a la que recurren los biólogos para analizar las diversas transformaciones sufridas por las especies a medida que cambiaban a través del tiempo. Un “fósil transicional” ofrece evidencia de “eslabones perdidos” entre dos especies distintas, mostrando rasgos comunes entre ambas, aunque no necesariamente se trate de una evidencia de descendencia directa.

Desde los orígenes de la vida en forma de células procariotas, pasando por la explosión del cámbrico y hasta el surgimiento de los dinosaurios y los mamíferos, la vida ofrece una historia de adaptación incesante. Cada avance evolutivo puede explicarse. Por ejemplo, algunos creacionistas dicen que los evolucionistas son incapaces de identificar los eslabones perdidos entre los reptiles y las aves. De ninguna forma.

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De hecho, los paleontólogos tienen conocimiento de multitud de ejemplos detallados de fósiles intermedios entre estos grupos taxonómicos. Uno de los ejemplos más famosos es el Archaeopteryx, que presentaba plumas y una estructura ósea particular de las aves con algunas características de los dinosaurios. También existen fósiles que dan cuenta de la evolución de los caballos modernos a partir del Eohippus. Las ballenas tuvieron ancestros cuadrúpedos que alguna vez caminaron sobre la tierra, y animales como el Ambulocetus y Rodhocetus son la prueba de esta transición. Las conchas fosilizadas trazan la evolución de varios tipos de moluscos a través de millones de años. Quizá un total de 20 o más homínidos (no todos antepasados nuestros) llenan las lagunas entre el Australopithecus y el Homo sapiens.

Las mutaciones fortuitas han servido como nutrientes del proceso de intento y error que ha terminado provocando cambios graduales y dramáticos en muchas especies a través de las eras. Algunas de las ramificaciones evolutivas se mantuvieron en la cima durante algún tiempo, pero una serie de eventos desafortunados – como condiciones climáticas adversas o el surgimiento de una especie rival – condujeron a su extinción (ahí tenemos como ejemplo a los mamuts de la tundra y a los diente de sable).

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Otras ramificaciones mostraron más resistencia, llevando a las especies en nuevas direcciones (las aves, como una rama de los dinosaurios, son el mejor ejemplo). Y algunas especies, como las cianobacterias, los celacantimorfos y los cocodrilos prácticamente se han mantenido iguales, demostrando que la evolución no tiende a reparar aquello que no está mal.

El descubrimiento de los fósiles también ofrece una ventana hacia la interconexión de las especies a través del tiempo. Como ejemplo tenemos al recientemente descubierto Archaeornithura meemannae, el espécimen más antiguo conocido de una rama evolutiva que incluye a todas las aves vivas. Esta criatura cierra una brecha evolutiva importante.

Rasgos iguales en antepasados comunes.



Generalmente, los biólogos evolucionistas disfrutan de señalar las diferencias entre las especies a medida que se ramifican a partir de ancestros comunes; sin embargo, también es posible identificar los rasgos que se mantuvieron comunes entre ambos. Esto tiene el objetivo de mostrar a la evolución en acción y, además, las formas sutiles en que la especiación puede suceder.

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Por ejemplo, las morfologías de los alces, ciervos, caballos y cebras son muy comunes entre sí. No por nada comparten un ancestro común. De igual forma, los pelicanos y las gaviotas se parecen, comparten ADN y tienen un ancestro común, a partir del cual se ramificaron de formas sutiles, pero importantes. Así mismo, el Homo sapiens y el Homo neanderthalensis tenían más parecidos que diferencias, ramificándose a partir de un árbol evolutivo relativamente reciente en la historia.

Como señaló Darwin hace 150 años, estas características en común son pruebas irrefutables a favor de la evolución, donde se revelan las formas en que las especies se diferencian cuando las circunstancias cambian.

Órganos vestigiales



Uno de los argumentos más contundentes a favor de la evolución es la existencia de los órganos vestigiales, rasgos físicos que gradualmente van “desapareciendo” del perfil genético de un organismo. La mayoría de estos rasgos no representan problema alguno.


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Se les conoce coloquialmente como “equipaje evolutivo”, pues son evidencias de la forma que la especie tuvo un día. En el pasado, requerían de esta característica. Como hoy ya no la necesitan, poco a poco, la evolución va favoreciendo a los individuos que no la poseen, de forma que el órgano desaparecerá de forma definitiva algún día.

Evidentemente este es un proceso tardado. De la misma forma que las características importantes de una especie no aparecen de la noche a la mañana – como el vuelo en los pájaros o la trompa en un elefante –, se necesitan de muchos miles de años para que los rasgos que ya no resultan esenciales en la supervivencia de un organismo desaparezcan de forma definitiva.

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Como no existe presión para que el gen o los genes se deshagan de determinada característica, estas se van “desvaneciendo” o persisten con semejanzas débiles a su forma original. En los seres humanos, los ejemplos clásicos refieren al apéndice, las muelas del juicio y las amígdalas. No por nada la mayoría de las personas tiene que retirar estos órganos con ayuda médica.

Algunos comportamientos también pueden considerarse vestigiales, como el reflejo de presión en las manos y nuestras aversiones instintivas a los insectos y las serpientes.

Rasgos imperfectos.



Dado que nuestra fisiología vigente se derivó de nuestros antepasados, difícilmente podríamos considerarnos una especie ideal; el cuerpo humano tiene multitud de fallas. La faringe, por ejemplo, sirve como un conducto tanto para los alimentos como para el paso del aire. En los hombres, la uretra funciona como un medio de transporte tanto para la orina que proviene de la vejiga como para el esperma de los testículos. También esta nuestra incapacidad de sintetizar naturalmente la vitamina C y el canal de nacimiento terriblemente estrecho de las mujeres, que en ocasiones es causa de muerte durante un parto.

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Esto sucede por qué la evolución no atiende la perfección. Las adaptaciones tienen que cumplir uno de dos requisitos: ser buenas o suficientes, pero no al 100%. Además, la evolución no puede comenzar de cero; cada especie es “moldeada” a partir de su forma anterior, lo que muchas veces puede resultar en características raras o problemáticas.

Desarrollo embrionario inicial.



Cuando se comparan los embriones humanos con los de otros animales muchas veces es posible distinguir características físicas semejantes en ciertas etapas. Esto se debe a que compartimos genes antiguos.

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Estos genes se expresan durante un “estado filotípico” intermedio del desarrollo embrionario en todas las especies. Como resultado, los embriones de humanos, peces y otras especies comparten algunas semejanzas, como las colas.

Estos genes datan del origen de las células. Los descubrimientos ayudan a entender por qué nuestros embriones mantienen las características observadas en las etapas de desarrollo de otras especies. Como es lógico, las semejanzas son más evidentes en las especies más estrechamente vinculadas.

Evolución a corto plazo.



Aunque la evolución puede tardar miles de años en suceder, no requiere de plazos tan grandes para que pueda ser observada. En algunos casos, los cambios en el medio ambiente suceden de forma tan repentina que ciertas especies se ven obligadas a adaptarse velozmente a las nuevas condiciones.

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La mariposa de los abedules (Biston betularia) es un claro ejemplo. Este organismo evolucionó en el dominio de una variación de color como consecuencia de la Revolución Industrial. Previo a esta etapa, estas mariposas solían aparecer en colores blanco o negro. Debido a la contaminación por el hollín de las fábricas, las blancas empezaron a tener dificultad para mimetizarse en el paisaje y se convirtieron en objetivos muy visibles para los depredadores. Esto resultó en el aumento de mariposas negras y en una disminución de las blancas.

Sewall Wright, un genetista de la Universidad de Wisconsin, en los Estados Unidos, refirió a este episodio como “el caso más claro en que realmente se presenció un proceso evolutivo”.

Pero hay otros ejemplos. Nuestras guerras contra las bacterias producen cepas cada vez más resistentes, generando el temor de una era pos-antibióticos. De igual forma, muchos animales se van adaptando a los pesticidas, entre ellos algunas especies de moscas y los ratones. En un ejemplo digno de mención, el escarabajo de la patata desarrolló resistencia contra 52 compuestos químicos diferentes que pertenecen a las principales clases de insecticidas.

Simulando la evolución.



Otra forma más rápida de atestiguar la evolución es simulándola. Los biólogos evolucionistas han venido haciendo esto desde hace años, recurriendo a las computadoras para crear poblaciones virtuales que se ven sometidas a una infinidad de presiones ambientales.

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Lo destacable de estas simulaciones, además de demostrar que la selección natural realmente funciona cuando se simulan los cambios que ya sucedieron, es que los científicos pueden fabricar escenarios a altas velocidades para observar grandes cambios en grandes periodos de tiempo, reproduciendo resultados medibles y consistentes.

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