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8 cambios evolutivos que puedes hallar en tu propio cuerpo

8 cambios evolutivos que puedes hallar en tu propio cuerpo
8 cambios evolutivos que puedes hallar en tu propio cuerpo
Somos la suma de nuestro pasado. El cuerpo humano es un testimonio viviente de los cambios evolutivos que ha sufrido a lo largo de miles de años de adaptación y perfeccionamiento, y aún nos quedan algunos órganos, músculos y huesos que son rastros y evidencias irrefutables de la evolución.

Se llaman órganos o estructuras vestigiales, y nuestro maravilloso cuerpo humano cuenta con al menos un centenar. Aquí te ofrecemos apenas 8, para que te des una idea de esas cosas que forman nuestra estructura corporal y de las que, en algunos casos, podríamos prescindir.

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1. El pezón masculino



Alexander con Humboldt reportó ciertos casos en Sudamérica en los que hombres habrían amamantado a sus hijos, en casos en los que la mujer había muerto o no tenían leche. Es muy, muy extraño que eso suceda, y seguramente han sido casos en los que la supervivencia estaba seriamente comprometida. Lo normal es que los pezones masculinos no sean sino una fachada, pues su función mamaria no existe.

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El único caso conocido de que un macho espontáneamente tenga la capacidad de dar el pecho a su cría es el del murciélago de la fruta, el dyacopterus spadiceus.

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2. El tercer párpado



El llamado tercer parpado es una membrana casi siempre translúcida que aves y reptiles ostentan, y que les permite limpiar el ojo y lubricarlo sin perder la visión.

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Entre los cambios evolutivos que podemos apreciar en nuestros propios ojos está el plica semilunaris, que los expertos creen un vestigio del tercer párpado.

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3. El coxis



Pues sí, el coxis es el vestigio de una cola… y no la perdimos hace mucho, de hecho entre las semanas 14 y 22 de la gestación humana puede observarse un rabito que después se reabsorbe.

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Aunque son extremadamente raras, hay personas que la conservan después de nacidas.

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4. Las muelas del juicio



Se llaman así porque comienzan a salir después de que toda la dentadura fija o de hueso brotó definitivamente. Lo normal es que el proceso comience a los 18 años.

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Ya hay personas que no las tienen, pero antes eran necesarias para masticar las duras y crudas carnes de cacería; necesitábamos mandíbulas fuertes y muchos dientes igual de fuertes. Hoy son un vestigio de esos cambios evolutivos y muchas veces hay que extirparlas quirúrgicamente, pues son más las molestias que los beneficios.

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5. Los músculos de las orejas



Sin duda leíste nuestro artículo sobre el caracal, un hermosísimo felino que mueve sus orejas a voluntad y para todos lados. Los primates en general los tienen, y les son muy útiles para ubicar sonidos o amenazas.

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Nosotros también tenemos esos músculos que nos permiten moverlas pero actualmente están atrofiados, aunque hay muchas personas que pueden mover voluntariamente el pabellón de la oreja.

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6. El apéndice



Muchos nos hemos preguntado para qué diablos sirve esa cosita que tenemos al final del intestino, aparte de provocar apendicitis.

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Antes, mucho antes, muy atrás, el apéndice ayudaba a digerir plantas ricas en celulosa, como los cereales; cuando aprendimos a manejar el fuego, hace aproximadamente 790.000 años, la cocción permitió una digestión más fácil de esos alimentos, pero el apéndice quedó.

Hay investigadores que apuntan un cierto papel en las defensas del organismo, pero quien no tiene apéndice no muestra ninguna evidencia de menor resistencia a las enfermedades.

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7. El reflejo palmar



No es un órgano propiamente, pero sí uno de los cambios evolutivos más importantes e interesantes de nuestra especie.

De hecho es uno de las pruebas que se les hace a los niños acabaditos de nacer, colocar un dedo en su palma; los bebés tienden a cerrarla y coger el dedo con la suficiente fuerza como para levantar su propio peso, habilidad que se pierde a la quinta semana de nacido.

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Este comportamiento podría deberse a la necesidad de asirse con fuerza a la espalda materna, cuando la madre lo trasladaba de árbol en árbol.

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8. La piel de gallina

Sentir frío o miedo te puede poner literalmente la piel de gallina; si aún tuviéramos mucho, mucho pelo, este reflejo sería sumamente útil, pues los pelos erectos podrían atrapar más aire entre ellos y aislar y proteger mejor.

Y si el miedo fuera la causa, los “pelos de punta” te harían parecer más grande para asustar a los posibles depredadores.

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Hemos perdido casi todo el vello de nuestro cuerpo, y la piel de gallina ya es sólo una huella de nuestro peludo pasado.

Hay muchos otros vestigios de los cambios evolutivos, como las amígdalas o los senos nasales, que han quedado en nuestro organismo. En el caso de las amígdalas aún mantienen, en el 90% de los casos, su función protectora y de barrera contra bacterias y virus, aunque muchísimas veces es preciso extirparlas porque, al contrario, se han convertido en foco de infecciones.

Hay expertos que dicen que eventualmente perderemos el dedo pequeño del pie porque no será necesario… ¿Qué piensas tú?

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