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2 historias de caníbales. Un cuento y una historia real.

EL CANIBAL ARREPENTIDO

El viejo Nsumbu, que he tomado conmigo para que me haga compañía, es demasiado melancólico. No creía que un negro pudiese dejarse dominar por los remordimientos hasta ese punto. A fuerza de arrepentimiento se hace insoportable.

Nsumbu tiene setenta y cinco años y creció cuando en su tribu florecía, todavía sin escrúpulos ni restricciones, la difamada práctica de la antropofagia. Durante cuarenta años seguidos Nsumbu comió de todo, pero lo más frecuentemente que podía, carne humana, blanca o negra, como fuese.

Mas las aldeas de su tribu fueron comprendidas en una de las nuevas colonias europeas a fines del pasado siglo y el canibalismo ha sido ferozmente reprimido: fueron muertos todos los sospechosos de haber matado. Han resultado igualmente cadáveres, pero no ha sido posible comérselos.

Nsumbu vegetó modestamente durante esta época de reacción. Los extranjeros le habían arrancado brutalmente el mejor alimento de su mesa. Nsumbu se puso triste, pero, por miedo, no quiso recurrir al contrabando para procurarse, a espaldas de la ley, el alimento preferido. Debe a esta cautela el estar todavía vivo y ser casi célebre, como uno de los veteranos de la antropofagia en esta parte de África. Los forasteros que se hallan de paso le hacen hablar y le obsequian con un poco de dinero.

Pensé tomarlo conmigo para tener, en los momentos de aburrimiento, una conversación menos insípida que de ordinario. La gente que habla siempre de cuadros, de bailes, de beneficencia y de problemas industriales me es detestable. Un hombre que ha devorado, en cuarenta años de canibalismo legal, por lo menos trescientos de sus semejantes, debería tener indudablemente una conversación infinitamente más «apetitosa» que un clergyman, un boss o un asceta.

Pero he sufrido una desilusión.

A mí, que detesto a los hombres en general, el sencillo aspecto de un antropófago me hace el efecto de un tónico. Mirando a Nsumbu pensaba, con sarcástica satisfacción, que aquel vientre arrugado de viejo había sido el sepulcro de una multitud de hombres iguales en número al de los héroes de las Termópilas. Si cada uno de nosotros, en el curso de su vida, consumiese un número igual de sus semejantes, las teorías de Malthus serían económicas y prácticamente confutables. Trescientos hombres representan siempre más de doscientos quintales de carne sabrosa y sana.

Nsumbu no tenía nada que decir contra la calidad del hombre considerado como alimento.

-No todos los hombres -me decía- son igualmente digeribles, pero el sabor es casi siempre agradable y delicado. Podemos jactamos, entre otras superioridades de la especie humana, de que nuestra carne es mejor que la de cualquier otro animal. Y es, además, en suma, más nutritiva. Después de haber comido una buena ración de enemigo asado podía resistir el ayuno, aun trabajando, durante un par de días. Hay quien prefiere las mujeres; otros, los niños. Por mi cuenta he apreciada siempre a los hombres hechos y me han sentado muy bien. Comiendo un animal, como usted sabe, se adquieren también sus cualidades. Para ser valiente se comen corazones de león; para ser astuto, sesos de lobo. Cebándome con hombres maduros me enriquecí en fuerza y sabiduría y he podido vivir hasta esta edad.

»Pero la carne humana, al fin, acaba por aburrir. Su bondad nos disgusta de toda otra carne, pero luego, a su vez, se nos hace poco sabrosa. ¡Siempre aquel sabor dulzón, aquellas manos que tal vez nos han acariciado, aquel corazón que habíamos sentido latir!

»Y después hay el peligro del alma. A fuerza de comer tantos hombres, alguna acaba por permanecer dentro de nosotros. Y entonces se venga. A mí me parece que me han quedado cuatro o cinco que me atormentan, ahora una, ahora otra, y algunas veces todas juntas. La más potente es, creo yo, el alma de un blanco misericordioso que durante muchos años me ha torturado con la tentación de la piedad. Y, ahora que soy viejo, probablemente esta alma ha adquirido la supremacía. No puedo recordar sin náuseas los fastuosos banquetes de victoria de mi juventud, cuando la tribu había hecho una buena caza y había en la aldea presas vivientes para hartarme durante una semana. Me vienen algunas’ veces a la memoria, con mordiscos de reprobación, algunos rostros desesperados de víctimas que esperaban la muerte, atadas en la tienda del sacrificio, ante nuestras bocas aulladoras y hambrientas. Los misioneros tienen razón: comerse a nuestros semejantes, provistos de alma como nosotros, es un pecado. La carne humana es el más apetitoso de los manjares y precisamente por esto es más meritorio el ayunar de ella. A vosotros, los blancos, que os abstenéis, el Amo del Cielo os ha dado en recompensa el dominio de toda la tierra.

Temo que Nsumbu haya caldo en la imbecilidad a causa de sus años. Con gran estupefacción de mi cocinero no come ahora más que legumbres y fruta. La civilización le ha corrompido, le ha hecho volver humanitario y vegetariano. Creo que me veré obligado a licenciarle en el primer puerto en que hagamos escala.

Extraido del libro Gog de Giovanni Papini

2 historias de caníbales. Un cuento y una historia real.

Ahora la historia real…

ISSEI SAGAWA, canibal.

2 historias de caníbales. Un cuento y una historia real.

Este japonés de baja estatura, media 1,50 mts. Sus manos y pies pequeños, incluso su voz era de mujer. Había mencionado en algunas entrevistas que era el tipo de hombre que la mayoría de mujeres no encontraría atractivo.

Se comió a ésta mujer ( literalmente, de mas está decir)

2 historias de caníbales. Un cuento y una historia real.

Renée Hartevelt, estudiante holandesa de 25 años.

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Issei Sagawa nació en Kōbe, Japón, el 11 de junio de 1949, en el seno de una familia acomodada. Su padre era un multimillonario, presidente de Kurita Water Industries en Tokio.

Con tan solo cinco años, unas terribles pesadillas atormentaban al pequeño Issei todas las noches. En sus pesadillas se veía a él mismo en el interior de una enorme cacerola con agua hirviente. Trataba de huir, pero no lo conseguía y, lentamente se cocía dentro del agua hasta que alguien lo sacaba de allí, pero no para salvarlo, si no para devorarlo sin compasión.

Estas pesadillas infantiles lo traumatizaron profundamente y fueron la mecha de sus posteriores actos caníbales.

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Sin embargo, en su primer intento fracasó.

Mientras estudiaba Literatura Inglesa en la Universidad de Wako en Tokio, ahí se relaciono con una mujer alemana que daba clases de idiomas. “Cuando me encontré a esta mujer en la calle,” dijo después al reportero británico Peter McGill, “me pregunté si podría comerla”. Un día de verano, se metió través de la ventana a su apartamento e intento matarla. Para su deleite, ella estaba dormida y tenia ropa pequeña que cubría algo de su cuerpo. Busco algo para apuñalarla o golpearla y descubrió un paraguas.

Al llegar a la cama, sin embargo, su rodilla chocó torpemente con una de las piernas de la ingente alemana, que se despertó y empezó a gritar como un vikingo. Issei, aterrado, soltó de inmediato el arma del crimen y trató de escapar, pero la colosal teutona ya le tenía agarrado. Con un solo movimiento lo tumbó al suelo, done el joven esperó inmovilizado la llegada de la policía.

Issei fue acusado de intento de violación, acusación que fue amablemente retirada por la policía a cambio de un cuantioso cheque del señor Sagawa. El fallido intento debió desanimar al joven, que durante los siguientes diez años se abstuvo por completo de volver a atacar a ninguna apetitosa dama.

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Mientras estudiaba en el Censier Institute de Paris en 1981, Sagawa conoce a una mujer, alta, rubia y bonita llamada Renee Hartevelt. Se hicieron amigos e Issei se enamora de ella.

El 11 de julio de 1981 le escribió una carta en la que le pedía, por favor, si podía venir esa noche a su casa para realizar una grabación de un poema en alemán, que – le dijo – necesitaba para un trabajo. Cuando la chica llegó, Issei le ofreció una taza de té, en la que el perverso japonés había vertido unas gotas de whisky, suponiendo que esas gotas bastarían para emborrachar a una mujercita tan delicada.

Cuando la chica hubo dado el último sorbo, Issei se arrodilló enfrente de ella, le confesó su amor y le propuso que se acostaran. Ella rehusó cortésmente; le respondió que sus sentimientos no eran correspondidos; que lo sentía mucho pero que sólo lo consideraba un buen amigo.

Sagawa se le levanta desconcertado y mientras Renee se sienta en una silla trae un libro de poemas para que lo leyera y el caníbal japonés empieza a ejecutar su macabro plan, graba las ultimas palabras y luego le dispara con su rifle ,que había comprado al llegar a Paris para su protecciónen, enla parte dell cuello, cae de la silla y le continua hablando pero ella no le responde.

Issei hizo el amor con el cadáver; luego empezó a comérselo. El festín duró dos días, al cabo de los cuales la carne empezó a mostrar los primeros síntomas de putrefacción. Issei no había contemplado esa posibilidad.

A la media noche del segundo día guardó todos los pedazos bajo llave en su maleta, llamó un taxi y pidió que lo llevase a Bois de Boulogne, llevó la maleta al parque y trató de tirarla al lago pero le era muy pesada. Cuando descubrió que varias personas lo miraron se asustó, las tiró rápidamente y huyó. Una pareja que paseaba por el lugar vio una mano de mujer llena de sangre y llamaron a la policía.

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La policía no tarda mucho en cerrar el círculo de sospechosos del salvaje crimen, y cuando se presentan en casa de Issai, éste lo confiesa absolutamente todo con total frialdad.

Fue condenado a un periodo indefinido de prisión en el asilo Paul Guiraud. Pasados unos meses, Issei contrae una enfermedad, que no es más que una inflamación intestinal y que es diagnosticada por los médicos, ni más ni menos que como una encefalitis avanzada. El veredicto del equipo médico le vaticina unas pocas semanas de vida.

El padre de Issei, hombre poderoso y con muchas influencias, consigue que el “caníbal moribundo” sea trasladado a Tokio, allí continuará recluido en una institución psiquiátrica de alta seguridad.

Como era de esperarse, no muere y solo permaneció preso 15 meses y quedó en libertad en agosto de 1985, de nuevo, gracias a su padre.

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Ya en Japón se había convertido en una celebridad nacional, y durante los años sucesivos se dedicó a sacar partido a su fama. Escribió una docena de libros, participó en programas televisivos, se encargó de una columna gastronómica en un periódico y protagonizó una amplia serie de películas pornográficas.

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Hasta los Rolling Stones grabaron el tema “Too much Blood” (Demasiada Sangre) refiriéndose a Issei.