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100 palabras en la lengua de los argentinos, las conoces?

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Jorge Luis Borges decía que el lenguaje no lo hace el poder, ni la Real Academia, ni la Iglesia, ni mucho menos los escritores. El lenguaje lo hacen los cazadores, los pescadores, los campesinos. Los trabajadores. “Hay que acudir a las bases donde se forma la lengua”, recomendaba Borges en El idioma de los argentinos.

¿Pero tenemos un idioma propio los argentinos? La pregunta es retórica. Se responde sola o desata una controversia que podría extenderse por siglos sin conclusiones. Lo que sí podemos afirmar es que por estas tierras pasaron mujeres y hombres de los más diversos orígenes geográficos, étnicos e idiosincrásicos. Y que cada uno de ellos sumó su semilla para alumbrar nuestra forma de ser y hablar.

Al rastrear la genealogía lingüística de la Argentina encontramos una historia ininterrumpida de contactos, fricciones y diálogos entre voces y culturas. A una raíz inequívocamente establecida sobre las lenguas originarias se le sumó el léxico y la gramática impuestos por los conquistadores. Más tarde, se agregaron los ecos de las lenguas africanas y de las mixturas criollas. Las expresiones traídas por los inmigrantes europeos se incorporaron un poco más adelante. Pero eso fue solo el comienzo de un proceso que, por su propia naturaleza, no tiene chances de terminar.

Cada uno de estos aportes configura un magma de palabras en permanente ebullición que encuentra su significado (y su sentido) en la calle. Es allí donde, lejos de vulgarizarse, el lenguaje se enriquece y transforma hasta convertirse en un espejo de nuestra identidad.

Te invitamos a recorrer la historia de 100 palabras habituales en el lenguaje de los argentinos. Cien palabras que nos atraviesan y, de algún modo, nos identifican.

100 palabras en la lengua de los argentinos, las conoces?

I. Palabras pasaporte

Nuestra identidad en diez palabras

Cuando los argentinos viajamos al exterior llevamos nuestras costumbres (el mate, por ejemplo), nuestra vestimenta, nuestras ideas y, también, nuestras palabras. Sin darnos cuenta, portamos muchas expresiones con las que nos presentamos al mundo y que pueden tener su origen en el habla cotidiana, en personajes emblemáticos de la cultura nacional o, incluso, en la flora y fauna autóctona. Cuando hablamos, los términos que elegimos dejan entrever una parte importante de nuestra identidad. Así como “¿Argentino? Maradona” es lo primero que escuchamos cuando nos identifican en otro país, a la hora de demostrar nuestra procedencia, decir che o chabón resulta infinitamente más efectivo que mostrar el pasaporte. Claro que esta característica no es exclusiva de nuestro país: todos los pueblos tienen vocablos propios que los definen. Tal es así que en el VI Congreso Internacional de la Lengua Española (Panamá, 2013) se conformó un Atlas sonoro del español, para el cual, escritores de 20 países hispanohablantes (y Estados Unidos), eligieron la palabra que los identifica. En este capítulo, te podés enterar cuál fue la locución elegida por el poeta Juan Gelman para representarnos. Pero, además, te contamos la historia de otros nueve términos icónicos nacionales.

BOLUDO.

Convertida en un verdadero clásico argentino, boludo (y sus derivados, boludez, boludeo, boludear) fue mutando su significado a través del tiempo. En un principio solo era empleada como insulto (equiparable a idiota), pero en la actualidad, resemantizada, funciona como muletilla e implica un tono amistoso, de confianza. El alcance del término es tan grande que, en el VI Congreso de la Lengua Española, realizado en 2013, el escritor argentino Juan Gelman la eligió como la palabra que mejor nos representa.

CHABÓN.

Desde el tango El firulete, de Rodolfo Taboada, que dice “Vos dejá nomás que algún chabón chamuye al cuete y sacudile tu firulete…”, hasta After chabón, el último disco de la banda de rock Sumo, esta voz del lunfardo se instaló en la cultura argentina como sinónimo de muchacho, tipo o pibe. El término deriva de chavó (del idioma caló, usado por el pueblo gitano), que significa joven, muchachuelo. De allí provienen, también, algunas variantes como chavo y chaval, empleadas en diferentes países de habla hispana.

CHE.

Es una de las palabras que más nos identifica en el mundo. Casi como una seña personal. La usamos para llamar la atención del otro, para quejarnos o simplemente como interjección. La historia más difundida sostiene que es una voz mapuche que significa gente. Sin embargo, otra teoría señala que proviene de Valencia (España), donde le dan usos similares a los nuestros. Ernesto Guevara, ya que de Che hablamos, debe su apodo a la recurrencia con que empleaba la muletilla en su discurso coloquial.

CHORIPÁN.

A mediados del siglo XIX, los gauchos que habitaban las zonas rurales del Río de la Plata dieron origen a una de las minutas que más caracteriza los domingos de los argentinos: el choripán. El término, que es un acrónimo de chorizo y pan, nació en los tradicionales asados gauchescos cuando comer una achura entre dos trozos de pan empezó a ser costumbre. Hoy, a esta denominación que ya es un símbolo identitario de nuestro vocabulario, se le acoplaron dos sándwiches más: vaciopán y morcipán.

DULCE DE LECHE.

“Más argentino que el dulce de leche”, dice la expresión popular. Sin embargo, son varios los países que se atribuyen su creación. Nuestra versión cuenta que esta delicia nacional nace de una casualidad. En 1829, Juan Manuel de Rosas esperaba a Juan Lavalle, su enemigo político, en una estancia. La criada hervía leche con azúcar para cebar el mate y olvidó la preparación por largo tiempo en el fuego. Aún así, Rosas quiso probar la sustancia espesa y amarronada que se había formado en la olla. Para sorpresa de la criada, le encantó y decidió bautizarla dulce criollo.

GUITA.

En lunfardo, el dinero tiene infinidad de sinónimos: mango, viyuya, morlaco, vento, mosca, tarasca. También existe un lenguaje propio para hablar de su valor: luca es mil, gamba es cien y palo es millón. Sin embargo, el origen del término guita es difícil de rastrear. Una de las versiones más difundidas sostiene que proviene del alemán, específicamente del germano antiguo, de la voz witta, usada para denominar algo fundamental sin lo cual no se puede vivir. A su vez, witta también proviene del latín vita que significa vida.

MATE.

La propuesta es natural en cualquier parte: “¿Y si nos tomamos unos mates?”. Esta infusión, la más amada por los argentinos, toma su nombre, como muchas otras palabras, de la lengua quechua. Porque mati es la voz que empleaban los pueblos originarios para referirse a cualquier utensilio para beber. Y es que mate tiene la particularidad de aludir al contenido, pero también al continente. Un término que para los rioplatenses significa mucho más que una bebida. Porque la mateada es un ritual, un espacio de encuentro y celebración.

ÑANDÚ.

De norte a sur y hasta la provincia de Río Negro, el ñandú es una de las aves que más se destaca en los paisajes de la Argentina. Este fabuloso animal de gran porte, que puede llegar a medir hasta 1,80 m de altura, toma su nombre de la lengua guaraní, en la que ñandú significa araña. La explicación alude a las semejanzas entre los elementos de la naturaleza. Los pueblos originarios veían un notorio parecido entre el plumaje del avestruz americano -y las figuras que se forman en él- y los arácnidos que habitan las regiones subtropicales.

TANGO.

El tango es uno de nuestros géneros musicales y de danza más tradicionales. Sin embargo, la etimología de su nombre es objeto de fuertes controversias. Hay quienes dicen que el término proviene de tangomao, un africanismo con el que se definía a los traficantes de esclavos en la época colonial. De este modo, en América se llamó tango a los sitios donde se reunían los africanos para bailar y cantar. Otra teoría señala que el mismo vocablo entró en la segunda mitad del siglo XIX, desde Cuba y Andalucía, para denominar un género musical que en el Río de la Plata adquirió su propia idiosincrasia.

ZAMBA.

No hay que confundir zamba, género folklórico argentino, con samba, música popular brasileña. Porque el simple cambio de una letra nos puede hacer viajar de una cultura a otra. La historia cuenta que durante la conquista española se denominaba zambo al hijo varón de un negro con una indígena. Por extensión, la música y la danza de esta comunidad pasó a llamarse zamba, ya que las coplas que se cantaban iban dirigidas a las mujeres. Esta danza proviene de la zamacueca peruana que, al llegar a la Argentina, incorporó el pañuelo como elemento característico.

II. Argentinismos

El idioma hecho en casa

Se denomina argentinismo a toda locución, giro o modo de hablar propio de los habitantes de este país. Esto incluye americanismos de uso común con otros países latinoamericanos. Por ejemplo, bacán es una voz propia de nuestro lenguaje, casi simbólica de una época y del tango, pero que también se emplea en Uruguay, Chile y Costa Rica. Cuando definimos argentinismo es preciso aclarar que si bien toda palabra lunfarda lo es; no todo argentinismo es necesariamente lunfardo. El idioma coloquial suma tantos términos periódicamente que a cualquier otro hispanohablante se le hace difícil comprender un diálogo corriente entre nosotros. Sin embargo, a través de los medios de comunicación, muchas de estas voces llegan al habla de otros lugares del mundo. Los especialistas en el idioma popular recopilan hasta 70 términos nuevos por año porque reciclamos nuestro idioma permanentemente tomando giros de la calle y la cultura popular para incorporarlos al habla cotidiana. ¿Todas las voces merecen estar en el diccionario o ser consideradas palabras? La respuesta es simple: si se usan, sí

BANCAR.

Con frases como “Yo te banco” o “No te banco más”, bancar es uno de los verbos que más usamos los argentinos para expresar si aguantamos, toleramos o apoyamos a algo o alguien. El origen del término es bastante discutido. Algunas opiniones señalan que alude al banco en el que nos sentamos, en el sentido de que este soporta nuestro cuerpo. Sin embargo, otros argumentan que se trata de una expresión popularizada gracias a los juegos de azar. Es que “bancame” era la súplica que hacían los apostadores a los responsables de la banca en los casinos.

CATRASCA.

Puede que, a menudo, muchos de los que utilizan esta palabra para referirse socarronamente a las personas torpes o propensas a los pequeños accidentes no tengan cabal idea de su significado literal. Sucede que esta expresión se establece como síntesis de la frase “Cagada tras cagada”. En la Argentina, se hizo popular en 1977 a partir de la película El gordo catástrofe, protagonizada por Jorge Porcel, quien personificaba un hombre que vivía de accidente en accidente y al que todos llamaban Catrasca.

COLIFA.

Colifa es un término muy popular que empleamos para expresar, con cierta ternura, que alguien está loco, piantado o rayado. Aunque el sentido común nos lleva a pensar que proviene del término colifato, los estudiosos explican que coli deriva del vocablo italiano coló (que significa, justamente, chiflado). A su vez, colo es loco al vesre (al revés en lunfardo). Entonces, colifato, y su apócope colifa, aparecen como transformaciones de ese término original que en el habla de la calle sumó sílabas con fines únicamente creativos.

CUARTETO.

En cualquier lugar del mundo se denomina cuarteto a un conjunto de cuatro integrantes, pero para los argentinos se trata, además, de un género musical con influencias de la tarantela y el pasodoble. Este ritmo tropical, que comenzó a bailarse en las zonas rurales de la provincia de Córdoba durante la década del 40 y se popularizó en todo el país en los 90, es una creación cien por ciento argentina. Sus dos exponentes más emblemáticos, Carlos “La Mona” Jiménez y Rodrigo Bueno, convirtieron a este género en una alegre y festiva marca de identidad.

DESPIPLUME.

Muchas veces, los medios de comunicación masiva logran instalar expresiones en el habla cotidiana gracias a memorables personajes de ficción y, también, a los guiones de algunas publicidades. Es el caso de despiplume, una voz que nació en la década del 70 en un spot de la famosa marca de coñac Tres plumas protagonizado por Susana Giménez. A través de un juego de palabras, la idea fue asociar el término despiole al producto. Sin dudas, lo lograron, pues si bien hoy la expresión casi no se usa, cualquiera sabe qué queremos decir cuando afirmamos que “esto es un despiplume”.

GAUCHADA.

En nuestro lenguaje cotidiano, hacer una gauchada es ayudar a alguien sin esperar nada a cambio. La gauchada era una actitud típica de los gauchos, un gesto completo de solidaridad. Es que estos hombres cumplieron un rol clave en la guerra de la Independencia por su valentía, habilidad para cabalgar y gran conocimiento del territorio. Por el contrario, hacer una guachada es cometer una traición, aunque detrás de esta expresión haya un sentido más trágico que desleal. Y es que guacho refiere a la cría animal que perdió a su madre, y por extensión, a los niños huérfanos.

GUARANGO.

Es lamentable, pero algunas palabras que usamos cotidianamente provienen de situaciones históricas de discriminación y exclusión. Es el caso de guarango, que si bien en la actualidad se emplea como sinónimo de grosero, maleducado o malhablado, fue instalada por los españoles de la conquista como referencia despectiva y racista hacia los nativos que hablaban en guaraní. Decirle guarango a la persona que emplea un vocabulario soez es ofensivo pero no por la adjetivación que pretende, sino porque su origen alude a una descalificación arbitraria.

MOSCATO.

Quizás los más jóvenes asocian el término a la famosa canción de Memphis La Blusera, Moscato, pizza y fainá. Sin embargo, el tradicional vino dulce, llamado así porque está hecho con uva moscatel, perdura más allá del blues local y sigue siendo un clásico de los bodegones y pizzerías de todo el país. El hábito llegó con los inmigrantes italianos a fines del siglo XIX, pero la costumbre de servirlo cuando se come una buena porción de muzzarella es propia de nuestro país y comenzó a establecerse allá por 1930.

PIPÍ CUCÚ.

Este argentinismo se usa para decir que algo es espléndido o sofisticado. La divertida leyenda cuenta que se popularizó en la década del 70 cuando Carlos Monzón llegó a París para pelear con el francés Jean-Claude Bouttier. Antes del combate, el argentino recibió la llave de la ciudad y, al tomar el micrófono para agradecer el honor, se dispuso a repetir el discurso que había ensayado largamente. La carcajada de la platea se desató cuando Monzón, en lugar de decir “merci beaucoup” (muchas gracias en francés) tal como lo había practicado, expresó algo nervioso: “pipí cucú”.

TILINGO.

Hay palabras que, como si se tratara de una moda, aparecen y desaparecen del uso cotidiano según el contexto histórico. Es el caso de tilingo, la expresión popularizada por Arturo Jauretche, quien la instaló en el habla de los argentinos como un adjetivo para calificar a las personas que se preocupan por cosas insignificantes y ambicionan pertenecer a una clase social más alta. Además, este pensador emblemático del siglo XX actualizó el empleo de cipayo e introdujo los términos vendepatria y medio pelo.

100 palabras en la lengua de los argentinos, las conoces?

III. Ecos federale3

Voces regionales

Un argentino de Ushuaia, que decide viajar para conocer su país, se puede encontrar con su compatriota de La Quiaca y comunicarse con facilidad porque los dos, además de hablar el mismo idioma, manejan un código similar. Sin embargo, cualquiera que escuche la charla podrá distinguir, más allá de las variantes fonológicas, acentos, cadencias y musicalidades propias de cada región, términos desconocidos o que se emplean con otro significado. Es que la procedencia geográfica, los antepasados históricos y el origen social dan lugar al surgimiento de muchas palabras que se anclan en una zona determinada con sus empleos particulares. La riqueza y diversidad cultural de la Argentina se expresa en la multiplicidad de locuciones características de las provincias. Además, los pueblos originarios dejaron sus voces junto al legado de los inmigrantes europeos en cada rincón del territorio como un rasgo más de nuestra riqueza cultural y lingüística.

BOLÓ.

Sin lugar a dudas, boludo es una de las palabras que identifican a los argentinos y que más transformó su sentido a lo largo de las últimas décadas. De ser agresiva e insultante, se convirtió en una expresión inocente y típica empleada para llamar la atención del otro. En la provincia de Córdoba evolucionó de tal modo que terminó teniendo una sonoridad totalmente diferente: boló. Y la frase “¿Qué hacé’ boló?” podría ser perfectamente el saludo entre dos cordobeses que se tienen la más alta estima.

CHAMAMÉ.

La palabra chamamé proviene del guaraní chaá-maì-mé (“estoy bajo la lluvia” o “bajo la sombra estoy”). Según Antonio Sepp, musicólogo jesuita, los nativos se reunían bajo un enorme árbol y, en forma de ronda, hablaban y cantaban ordenadamente a lo largo de la noche; respetaban así la sabiduría de los años, sin negarles un lugar a los más jóvenes. Muchas veces terminaban danzando y desplazándose como en un rito de adoración o gratitud. Es en esos espacios de encuentro donde se cree que nació el chamamé, esa marca de identidad musical de la Mesopotamia.

CHAMIGO.

La oralidad reunió che y amigo en un solo término para dar origen a una tercera palabra: chamigo. En este caso, el vocablo che proviene del guaraní, y no del mapuche ni del valenciano, donde tiene otros significados. En guaraní, che es el pronombre posesivo mi, y por eso chamigo quiere decir mi amigo o amigo mío. Esta voz se emplea en Chaco, Corrientes, Misiones y Entre Ríos, provincias donde la cultura guaranítica tiene mayor peso. “El chamigo es algo más que lo común de un amigo, es esa mano que estrecha con impulso repentino”, canta el chamamecero Antonio Tarragó Ros.

CHANGO.

En el noroeste se usa la palabra chango, o su diminutivo changuito, como sinónimo de niño o muchacho. El término deriva de una voz quechua que significa pequeño. Una zamba dice “Cántale, chango, a mi tierra, con todita tu alma, con toda tu voz, con tu tonadita bien catamarqueña; cántale, changuito, lo mismo que yo”. Nieto, Farías Gómez y Spasiuk son solo tres de los Changos que ha dado el folklore argentino y que llevan este vocablo como apodo, indisolublemente unido a su apellido.

GUASO.

La frecuencia con que se emplea el término guaso en Córdoba lo convierte en un cordobesismo. Pero ser guaso en esta provincia tiene por lo menos dos niveles. Cuando alude a un hombre: “El guaso estaba tomando algo en el bar”, la palabra solo sirve para definirlo como individuo masculino (en este caso, guaso funciona como sinónimo de tipo, chabón, etc.). Pero también se emplea para hacer referencia a alguien grosero o de poca educación: “No seai guaso vo’”. Y es tal la dinámica del vocablo que permite hiperbolizarlo, de manera que algo guaso pueda crecer hasta ser guasaso.

GURÍ.

¿Alguna vez te dijeron gurí o gurisa? Seguramente fue cuando todavía eras un chico. Porque el término proviene de la voz guaraní ngiri y significa muchacho, niño. Es una palabra que podemos escuchar en Corrientes, Misiones y Entre Ríos, y por supuesto también en la República Oriental del Uruguay. “¡Tu recuerdo ya no es una postal, Posadas! Ni tu yerbatal, ni tu tierra colorada. Con un sapukay siento que tu voz me llama porque tengo en mí, alma de gurí”, dice la letra del chamamé Alma de gurí.

HUMITA.

La humita es mucho más que un gusto de empanada. Pero son pocos los que saben que la palabra proviene de la voz quechua jumint’a, un alimento que preparaban los antiguos pueblos indígenas del continente (incas, mayas y aztecas). Hecho a base de choclo triturado, la preparación incorpora cebolla, tomate y ají molido, se sirve envuelto en las mismas hojas de la planta del maíz. Este delicioso y nutritivo plato es típico de Chile, Bolivia, Ecuador, Perú y el norte argentino.

PANDITO.

Los mendocinos emplean muchos términos propios que pueden escucharse en su territorio y también, debido a la cercanía, en Chile (y viceversa). Una de las voces más representativas de este intercambio lingüístico es guón, apócope del huevón chileno. Existen algunas otras, pero menos conocidas. Por ejemplo, pandito. ¿Pero qué significa? Proviene de pando y quiere decir llano o poco profundo. “Me quedo en lo pandito de la pileta” o “Donde topa lo pandito”, que alude a donde termina el llano y comienza la montaña.

PORORÓ.

Si algo destaca al maíz y a sus distintas preparaciones en todo el mundo, especialmente en Latinoamérica, es la gran cantidad de voces que lo nombran. Lo que en Buenos Aires se conoce como pochoclo y en otros países son rosetas de maíz; en Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Chaco, Formosa y Santa Fe se le llama pororó. Esta palabra encuentra su origen en el guaraní. Es que los nativos le decían pororó a todo aquello que generaba un sonido estruendoso y, como es sabido, la preparación de este alimento, provoca la idea de pequeñas explosiones.

VAGO.

Córdoba tiene su propia tonada, su propia forma de hablar y, claro, su modo particular para usar las palabras. En cualquier otra región, el término vago hace referencia a alguien perezoso, a un holgazán que nunca tiene ganas de hacer nada. Pero en esta provincia, vago puede ser cualquiera. Es que la palabra se utiliza para dirigirse a otra persona en forma totalmente desenfadada. Así, una frase como “El vago ese quiere trabajar todo el día” no encierra ninguna contradicción si es pronunciada dentro de los límites del territorio cordobés.

IV. Lunfardo

El dialecto de la calle

Para José Gobello, uno de los fundadores de la Academia Porteña del Lunfardo, se lo puede definir como un repertorio de voces extranjeras traídas por los inmigrantes. Un vocabulario que se inserta en la lengua de base, el castellano, que ya incluía las voces de los pueblos originarios. El lunfardo se compone muy especialmente de términos usados por los italianos que comenzaron a llegar masivamente hacia fines del siglo XIX. Más tarde se incorporan expresiones al revés (el llamado vesre), que a su vez generaron nuevas palabras. Por ejemplo, del vocablo italiano batir, se desprende batidor (hablador), ortiba (batidor al revés) y, finalmente, el verbo ortibar. ¿Pero cómo se difunde el lunfardo al habla cotidiana? Por un lado, a partir del encuentro de los jóvenes nativos y los inmigrantes en prostíbulos y lugares de diversión. En realidad, son variadas las situaciones que formaron un lenguaje marginal de uso cotidiano que, con el paso del tiempo, se convirtió en el vocabulario de la calle que burló a las academias y enciclopedias. Porque el lunfardo es pasión por las máscaras, fidelidad a la palabra heredada y, también, un ejercicio de transgresión. Por eso, mina, bulín, minga o mishiadura, por solo dar algunos ejemplos, son términos que surgieron en la calle y permanecieron a través de varias generaciones en nuestro lenguaje de todos los días.

ATORRANTE.

El origen de esta palabra que usamos para referirnos a personas desfachatadas tiene muchísimas versiones. La más difundida señala que en la década de 1880, en la zona costera de Buenos Aires, se instalaron grandes caños de desagüe que servían de refugio a personas sin techo. Cuenta la historia que los caños llevaban inscripto el nombre de su fábrica: A. Torrant. De la asociación del nombre de los caños con las familias que los habitaban habría surgido el término atorrante. También de allí proviene la expresión “ir a parar a los caños”, que empleamos cuando las cosas nos salen demasiado mal.

BARDO.

Esta voz comenzó a utilizarse en la década del 80 y se propagó rápidamente, incluso con su verbo derivado: bardear. Se aplica para indicar la ocurrencia de problemas, líos, desorden o embrollos. Para algunos es una especie de “lunfardo del lunfardo” porque se trata de una simplificación del término balurdo, otra locución coloquial que tomamos del italiano (balordo: necio o tonto). Así que están avisados: la próxima vez que digan que algo “es un bardo”, sepan que del otro lado del océano pueden interpretar que se refieren simplemente a una tontería.

BONDI.

¿Sabés de dónde proviene el término bondi? Curiosamente, esta palabra viajó para llegar a nosotros. A fines del siglo XIX, los pasajes de tranvía en Brasil llevaban escrita la palabra bond (bono en inglés). Por eso, las clases populares comenzaron a referirse al tranvía como bonde (en portugués la “e” suena como nuestra “i”). A partir de entonces, el recorrido del vocablo fue directo: la trajeron los italianos que llegaban desde Brasil y, cuando el tranvía dejó de funcionar en Buenos Aires, se convirtió en sinónimo popular de colectivo.

CAMBALACHE.

Es el título del emblemático tango escrito por Enrique Santos Discépolo en 1935. Pero, ¿sabés qué significa exactamente esta palabra? Originalmente deriva del verbo cambiar y en nuestro país se utilizó para nombrar a las antiguas tiendas de compraventa de objetos usados. Este es el sentido que se le da en el tango cuando dice: “Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remache, vi llorar la Biblia junto al calefón”. Por eso, el significado se transformó en sinónimo de desorden o mezcla confusa de objetos.

CANA.

Existen diferentes versiones para explicar cómo surgió este vocablo que en lunfardo significa unívocamente policía. Una dice que proviene de la abreviatura de canario, que se empleaba en España para designar a los delatores. Aunque la historia más extendida lo ubica en el idioma francés, del término canne, y alude al bastón que portaban los agentes del orden. Como sea, cana pasó a nombrar a la policía y, más tarde, se empleó como sinónimo de cárcel (“ir en cana”). Hoy también se utiliza la expresión “mandar en cana” para decir, con picardía, que dejamos a alguien en evidencia.

CANILLITA.

El origen de esta palabra es literalmente literario. La voz se toma de Canillita, una pieza teatral escrita por Florencio Sánchez en los primeros años del siglo XX. El protagonista es un muchacho de 15 años que trabaja en la calle vendiendo periódicos para mantener a su familia. Como sus piernas son muy flaquitas y lleva unos pantalones que le quedaron cortos por los que asoman sus canillas, lo llaman Canillita. Desde 1947, el 7 de noviembre se celebra el Día del Canillita en homenaje a la muerte del gran escritor uruguayo, autor de otra obra emblemática M’hijo el dotor.

GIL.

A la hora de dirigirse a alguien en forma peyorativa, gil es una de las expresiones preferidas por los argentinos. Asociada a la ingenuidad o a la falta de experiencia, algunos sostienen que proviene de perejil, otra voz coloquial que en una de sus acepciones puede emplearse con un significado parecido, puesto que hasta hace unos años era una hortaliza tan barata que los verduleros directamente la regalaban. Sin embargo, gil proviene del caló, una antigua lengua gitana en la que gilí quiere decir inexperto.

PAPUSA.

El lunfardo, la creatividad de la calle y el tango se ocupan de piropear y resaltar la belleza de la mujer. Quizá, una de las palabras que mejor lo hace sea papusa, empleada para referirse a una chica bonita, atractiva o espléndida. Este término, que también funciona como sinónimo de papirusa, se puede encontrar en clásicos del tango rioplatense como El ciruja, de Alfredo Marino, o ¡Che, papusa, oí!, de Enrique Cadícamo, que inmortalizó los versos “Che papusa, oí los acordes melodiosos que modula el bandoneón”.

PATOVICA.

Llamamos patovicas a quienes se ocupan de la seguridad de los locales bailables. Pero esta expresión nació lejos de las discotecas y cerca de los corrales avícolas. Allá por 1900, Víctor Casterán fundó en Ingeniero Maschwitz un criadero de patos y lo llamó Viccas, como las primeras letras de su nombre y su apellido. Alimentados con leche y cereales, los patos Viccas eran fornidos y sin grasa. La semejanza entre estos animales y los musculosos de los gimnasios surgió enseguida. Que los hercúleos custodios de los boliches terminaran cargando con ese mote, fue cuestión de sentarse a esperar.

TRUCHO.

Desde hace algunas décadas es un término de uso ineludible en nuestro lenguaje cotidiano. Para los argentinos, las cosas falsas, tramposas o de mala calidad son truchas. Y dentro de esa categoría entran también las personas fraudulentas. Deriva de la palabra truchimán, muy común en el español antiguo y que refiere a personas sin escrúpulos. El empleo de trucho se hizo popular en 1986 cuando, a raíz de la crisis ecológica causada por algunas empresas en el río Paraná, el periodista Lalo Mir comentó en su programa radial que los funcionarios debían dar la trucha (cara) porque si no eran unos truchos.

V. Americanismos

Voces originarias

Con solo navegar hacia los orígenes descubrimos que la lengua española incorporó términos de diferentes pueblos indígenas del continente. Por eso, las palabras son herramientas que cuentan la historia de nuestra cultura. ¿Pero por qué los conquistadores quisieron sumar voces extranjeras a su vocabulario? Recién llegados a un mundo exótico, necesitaban de las locuciones nativas para denominar una realidad que les resultaba desconocida: objetos, animales, vegetación y alimentos que nunca antes habían visto. La flota de Cristóbal Colón estableció su primer contacto con el pueblo taíno, aquel 12 de octubre de 1492 en las Bahamas. Hoy, sin saberlo, en nuestros diálogos cotidianos usamos palabras que descienden de las lenguas quechua (incas), náhuatl (aztecas), maya, mapuche o guaraní, con toda su riqueza y su capacidad para describir el mundo.

ANANÁ.

Es una fruta nativa de América del Sur, deliciosa, decorativa y habitualmente asociada con los climas tropicales. El vocablo ananá proviene de nana, que en guaraní significa perfumado. Y fueron los colonizadores portugueses quienes adaptaron esta voz original guaraní para acercarla al modo en que hoy la usamos en la Argentina. Otra de sus nominaciones, piña, se debe a Cristóbal Colón, quien al verla por primera vez (en 1493, en la isla de Guadalupe) pensó erróneamente que había encontrado un tipo de piñón de pino.

CANCHA.

Apasionados por el deporte, los argentinos repetimos frases que ya forman parte de nuestra genética. “El domingo vamos a la cancha” es una de ellas. Como es sabido, cancha es el espacio que se destina a eventos deportivos y, en ocasiones, a algunos espectáculos artísticos. Pero lo que pocos conocen es que esta palabra proviene del quechua, lengua originaria en la que kancha significa lugar plano. La acepción que en la actualidad le damos a esta expresión llegó con la práctica de la lidia de toros y pronto se expandió a todos los deportes.

CANOA.

Voz que denomina a un pequeño bote que se mueve con la fuerza humana, canoa proviene del taíno kanoa y es el primer término que aportó el continente americano a la lengua castellana. El mismo 12 de octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón desembarcó en el territorio que luego se llamaría América, describió en su diario de viaje a los navíos con los que los habitantes se acercaron hasta su barco. Al día siguiente, ya se refería a estos como canoas, lo que transformó a esta palabra en un verdadero hito lingüístico.

CHICLE.

La palabra chicle deriva de tzictli, voz de la lengua náhuatl que hablaban los aztecas. Sin embargo, la golosina favorita de chicos y grandes fue un invento de los mayas, quienes comenzaron la recolección de la savia de un árbol llamado chicozapote. Tras el secado de esa savia, se obtenía una goma masticable que se utilizaba principalmente para limpiar los dientes y que con el tiempo se convirtió en el dulce (aunque ahora también se venda sin azúcar) que consumimos en la actualidad.

CHOCOLATE.

Las culturas azteca y maya nos dejaron un placer irresistible: el xocoatl (xococ, agrio; atl, agua). Con esta locución náhuatl aludían a la preparación de chocolate que consistía en una mezcla de cacao molido, maíz y agua. En la sociedad azteca, el chocolate era tan importante que en muchos casos las semillas de cacao se utilizaban como moneda de cambio. Apenas fue llevado a Europa empezó a consumirse como bebida, pero fue en México donde, ya en el siglo XVI, se le agregó azúcar y comenzó a adquirir un sabor más parecido al que conocemos.

HAMACA.

El taíno fue la primera lengua originaria con la que entraron en contacto los españoles cuando llegaron a las Antillas. Por eso, en el diccionario existen muchas palabras con este origen. Inicialmente, las hamacas se tejían con la corteza del árbol de Hamack y de allí su nombre. Este material se reemplazó luego por el sisal, más suave y elástico. Al pisar suelo americano, Cristóbal Colón quedó sorprendido por este objeto que usaban los nativos, lo llevó a Europa y modificó las costumbres de los marinos que, hasta entonces, se acostaban en el suelo de los barcos o en duros camastros.

PONCHO.

El poncho es una prenda sudamericana típica por definición que forma parte de la tradición criolla. Por simpleza, comodidad y capacidad de abrigo, es utilizado hasta el día de hoy en la Argentina, Chile, Ecuador y Bolivia. El origen de la palabra que lo denomina tiene muchísimas variantes, pero una de las más difundidas explica que proviene del quechua, punchu, con el mismo significado. Otra versión la relaciona con punchaw (día en quechua), como una analogía entre el amanecer de un nuevo día y la acción de emerger la cabeza a través del tajo del poncho.

TAMBO.

Destinada a representar el lugar donde se encuentran las vacas para ser ordeñadas, la palabra tambo es otra voz heredada del quechua. La civilización inca llamaba tampu al lugar donde se almacenaban víveres y materiales básicos para la supervivencia, que muchas veces eran repartidos entre las clases no privilegiadas. Los españoles arribados a tierras americanas en los primeros tiempos de la colonia se apropiaron de este término y transformaron su significado. Aunque en otros países, tambo puede significar posada e, incluso, cárcel.

TOMATE.

Este fruto es otro legado del pueblo azteca. El término tomate proviene de tomatl (que significa agua gorda en náhuatl, lengua que hablaban los aztecas). Se cree que eligieron ese nombre en relación a lo mucho que se hinchaba el fruto al madurar. El náhuatl tiene muchas otras palabras finalizadas en atl, terminación que los conquistadores cambiaron por ate para formar vocablos como malacate, cacahuate o petate. Gracias a su sabor y facilidad de cultivo, los tomates fueron aceptados en Europa.

YACARÉ.

Con sus patas cortas, color oscuro y hocico ancho, el yacaré es uno de los animales más representativos y característicos del continente. Su importancia es tan grande que si disminuyera la población de caimanes del Amazonas Central, se alteraría el equilibrio ecológico. La voz que lo nombra es responsabilidad de los guaraníes que habitaban las zonas tropicales y subtropicales de Sudamérica y lo llamaron jakare. A través del tiempo, la palabra mantuvo su forma original con muy pocas modificaciones. En portugués, por ejemplo, se le dice jacaré.

VI. Cocoliche

Italiano del sur (del mundo)

La inmigración europea a la Argentina puso en contacto a la lengua castellana con el italiano y sus dialectos. De esta fusión surgió el cocoliche. La palabra que da nombre a este lenguaje mixto fue tomada del apellido de un actor que integraba la histórica compañía teatral de José Podestá. El hombre, nacido en Calabria, se llamaba Antonio Cuculiccio y hablaba en argentano, una cruza simpatiquísima de su idioma con el nuestro. Cuculiccio se expresaba de un modo tan extraño que Celestino Petray, otro integrante del Podestá, comenzó a imitarlo hasta componer el personaje de un calabrés acriollado que fue éxito de taquilla en la Buenos Aires de la época. ¿Pero lingüísticamente qué es el cocoliche? ¿Una jerga, un dialecto, un idioma? En 1984, la RAE lo definió como una jerga. Sin embargo, la característica de la jerga es la necesidad de diferenciarse. Justamente lo contrario de lo que intentaban los tanos que buscaban integrarse y comunicarse. ¿Pero entonces es un dialecto? Tampoco, porque el dialecto es una lengua regional. El cocoliche es lo que se denomina una lengua rota: aproximaciones lingüísticas imperfectas que producen los hablantes de otra lengua en el proceso de aprenderla.

BACÁN.

Aunque casi ya no se emplea, podemos escuchar esta palabra en muchísimos tangos de comienzos del siglo XX. “Mina que de puro esquillo con otro bacán se fue”, dice la letra de Ivette, compuesta por Pascual Contursi. “Hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta”, reza Mano a mano, el clásico de Celedonio Flores. Del genovés baccan (jefe de familia o patrón), el término alude a una persona adinerada, elegante, amante del buen vivir y acompañó un fenómeno social: el surgimiento de la clase media y la figura del hombre capaz de darse ciertos lujos y exhibirlos.

BERRETÍN.

Una obsesión, un capricho, una esperanza acariciada sin fundamento racional… eso es un berretín. De origen genovés, donde beretín alude a una especie de gorro o sombrero, la creatividad popular nombró así a los deseos intensos que llevamos en la cabeza. El tango supo recoger esta palabra. Por ejemplo, Niño bien arranca: “Niño bien, pretencioso y engrupido, que tenés el berretín de figurar”. Esta voz, hoy casi en desuso, también llegó al cine. En 1933 se rodó Los tres berretines, la segunda película argentina de cine sonoro que narraba tres pasiones porteñas: fútbol, tango y cine.

CHANTA.

Se trata de la abreviatura de la voz genovesa ciantapuffi, que significa planta clavos; es decir, persona que no paga sus deudas o que no hace bien su trabajo. Pero en nuestro país, cuando le decimos chanta a alguien, nos referimos a que no es confiable o creíble, que es irresponsable o no se compromete. Aunque también se asocia a la picardía si se emplea para nombrar a aquel que finge y presume cualidades positivas. En otras palabras, un chanta sería un charlatán, un chamuyero. En cambio, “tirarse a chanta” es abandonar las obligaciones o, como se dice en la actualidad, “hacer la plancha”.

FIACA.

La historia de esta palabra –que todos asociamos a la pereza y desgano– se origina en el habla de los almaceneros de barrio procedentes de Italia. En genovés, fiacún alude al cansancio provocado por la falta de alimentación adecuada. Y fueron estos comerciantes quienes diseminaron el término que, con el uso coloquial, se transformó en fiaca. Como habrá sido que se instaló, que una de las famosas Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt se refiere al tema: “No hay porteño, desde la Boca a Núñez, y desde Núñez a Corrales, que no haya dicho alguna vez: ‘Hoy estoy con fiaca”.

GAMBETA.

Proviene de gamba, que en italiano significa pierna, y es un término que usamos en diferentes contextos. Por ejemplo, “hacer la gamba” es ayudar a otra persona. Claro que, si las cosas no salen bien, decimos que lo que hicimos fue “meter la gamba”. Puntualmente, gambeta refiere a un movimiento de danza que consiste en cruzar las piernas en el aire. Pero en el Río de la Plata funciona como metáfora de otro arte, el fútbol: porque en el campo de juego, gambeta es el movimiento que hace el jugador para evitar que el contrario le arrebate la pelota. Por eso, en el uso cotidiano, cuando sorteamos obstáculos decimos que gambeteamos.

LABURAR.

Laburar surge naturalmente del verbo lavorare (trabajar en italiano), que a su vez deriva de labor en latín, cuyo significado es fatiga, esfuerzo. La connotación negativa se encuentra también en los orígenes del término en español ya que trabajar proviene del vocablo latín tripalium, traducido como tres palos: un instrumento de castigo físico que se usaba contra los esclavos. De modo que si bien el laburo dignifica y es salud; el origen de su locución nos remonta a situaciones que poco tienen que ver con esos significados.

MORFAR.

Proviene de la palabra italiana morfa que significa boca. Con el tiempo y el uso, la expresión adquirió nuevos sentidos: padecer, sobrellevar, sufrir: “Me morfé cuatro horas de cola”. En el ámbito del deporte, especialmente en el terreno futbolístico, suele emplearse el giro “morfarse la pelota”, algo así como jugar solo sin pasar el balón a los otros jugadores. Pero tan instalado estaba el término en la década del 30, que el historietista Guillermo Divito creó un personaje para la revista Rico Tipo que se llamaba Pochita Morfoni, una señora a la que le gustaba mucho comer.

PIBE.

Los rioplatenses suelen utilizar la expresión pibe como sinónimo de niño o joven. Existen diferentes versiones sobre su origen. La más difundida señala que proviene del italiano, algunos creen que del lombardo pivello (aprendiz, novato) y otros que se tomó del vocablo genovés pive (muchacho de los mandados). Pero la explicación española aporta el toque de humor. La palabra pibe, del catalán pevet (pebete), denominaba una suerte de sahumerio que gracias a la ironía popular y la subversión del sentido pasó a nombrar a los adolescentes, propensos a los olores fuertes.

PIRARSE.

Pirarse es piantarse. Es decir, “irse, tomarse el buque”. Y literalmente así nace este verbo. El piróscafo era un barco a vapor que, en los primeros años del siglo XX, constituía la forma más rápida de viajar de un continente al otro. Por eso, la expresión “tomarse el piro” empezó a usarse para decir que alguien se marchaba de un lugar de manera apresurada. Sin embargo, el tiempo le otorgó otro significado: el que se iba, podía hacerlo alejándose de la realidad: “Está pirado”, “No le digas así que se pira”. Entonces, pirarse pasó a ser sinónimo de enloquecer.

YETA.

Significa mala suerte y se cree que deriva de las palabras napolitanas jettatura (mal de ojos) y jettatore (hombre maléfico que con su presencia produce daño a los demás). En 1904 se estrenó la obra ¡Jettatore!, de Gregorio de Laferrere, sobre un hombre con un aura funesta, y, desde entonces, los supersticiosos mantienen viva la palabra yeta. Por ejemplo, se emplea la expresión “¡Qué yeta!” en lugar de “¡Qué mala suerte!” ante una situación desafortunada. También se dice que alguien es yeta cuando se sospecha que trae mala suerte o que está enyetado cuando todo le sale mal.

VII. Expresiones populare3:

Frases que nunca se van

Existe una enorme cantidad de palabras y muchas de ellas poseen más de un significado. Sin embargo, seguimos creando nuevas o modificando su sentido para contar un mundo que siempre se nos escurre entre las manos. Las expresiones o dichos populares muestran la creatividad que surge del uso cotidiano de la lengua y la necesidad que tiene el hombre de producir sentido para narrar de mil maneras aquello que nos rodea. Las voces de la calle que reunimos en este capítulo se erigen sobre términos que ya conocemos para decir algo diferente, nuevo, que poco tiene que ver con la literalidad de cada una. Nos acompañan desde la infancia y, a través del registro oral, pasan de generación en generación. Por eso sabemos usarlas naturalmente sin preguntarnos por su origen o la historia que guardan. En general, las elegimos por su contundencia para expresar una idea, el ingenio de la metáfora lograda, el humor que las acompaña o la sonoridad de sus locuciones. O, simplemente, porque las escuchamos tantas veces en boca de una abuela o padre que forman parte de nuestra genética lingüística.

A CADA CHANCHO LE LLEGA SU SAN MARTÍN.

Esta expresión indica que todo aquel que comete una maldad, aunque parezca que va a quedar impune, tarde o temprano pagará las consecuencias. Los desprevenidos pensarán que esta frase, que también se utiliza en México, España y Francia, tiene algo que ver con José de San Martín. Pero no, la teoría más difundida señala que proviene de la tradicional festividad que se realiza los 11 de noviembre en Moreda de Aller (España) en honor a San Martín de Tours. ¿Te preguntás por el chancho? Bien, la celebración coincide con la época en que se realizaba la matanza de cerdos para su posterior consumo.

CHAUCHA Y PALITO

Se estima que esta frase nació en nuestro campo y se la usa para referirse a algo de poco beneficio económico o ínfimo valor. El palito alude al de la yerba que flota en el mate mal cebado: aquello que no sirve, que está pero molesta. En el caso de chaucha refuerza el sentido: para el gaucho, básicamente carnívoro, la chaucha era un vegetal sin importancia, barato, del que prefería prescindir. Además, en tiempos de la colonia, chaucha se denominaba una moneda de poco valor. Como decir “poco y nada”, pero referido unívocamente al valor monetario.

DEL AÑO DEL ÑAUPA

Se trata de una expresión muy antigua y, decirlo así, puede parecer redundante. Porque ñaupa es una voz quechua que significa viejo o antiguo. En general, se emplea para aludir a un acontecimiento que data de tiempo atrás. La creencia popular considera que Ñaupa fue una persona que tuvo una existencia asombrosamente prolongada. Muy utilizado en la década del 30, suele asociarse al lunfardo, en especial cuando se dice que un tango es “del año del ñaupa”. Su equivalente en España es “del tiempo de Maricastaña”.

EN PAMPA Y LA VÍA.

Quedarse sin un peso, agotar los recursos, tener que vender la casa… Cualquiera de estas circunstancias puede expresarse con el mismo dicho: “Me quedé en Pampa y la vía”. ¿Alguna vez escuchaste de dónde viene este dicho? Tiene una ubicación geográfica muy precisa porque la calle La Pampa se cruza con la vía del tren muy cerca del hipódromo de Buenos Aires. Cuenta la leyenda que los jugadores que apostaban a los caballos, cuando tenían un día de mala racha y lo perdían todo, se iban del barrio en un ómnibus que salía del cruce de Pampa y la vía.

IRSE AL HUMO.

“Se me vino al humo” es una imagen cotidiana en el habla de los argentinos. El dicho alude al modo en que los indígenas convocaban a los malones y figura en el Martín Fierro, de José Hernández: “Su señal es un humito que se eleva muy arriba / De todas partes se vienen / a engrosar la comitiva”. Pero también la registra Lucio V. Mansilla en Una excursión a los indios Ranqueles: “El fuego y el humo traicionan al hombre de las pampas”, escribe dando a entender que una fogata mal apagada o la pólvora que quemaban los fusiles bastaban para que lanzas y boleadoras acudiesen a la humareda.

NI EBRIO NI DORMIDO.

Para ser tajantes, a veces decimos que no haremos algo “Ni ebrios ni dormidos”. Algunos sostienen que la expresión nació cuando Manuel Belgrano encontró a un centinela borracho y dormido. Enseguida, habría establecido una norma por la que “ningún vigía podía estar ebrio o dormido en su puesto”. Otra versión dice que, tras el triunfo en Suipacha, alguien alcoholizado propuso un brindis “por el primer Rey y Emperador de América, Don Cornelio Saavedra”. Mariano Moreno se enteró y lo desterró diciendo que nadie “ni ebrio ni dormido debe tener expresiones contra la libertad de su país”.

NO QUIERE MÁS LOLA.

Cuando no queremos más complicaciones, nos cansamos de participar en algo, o necesitamos cesar alguna actividad, decimos: “No quiero más lola”. En la Buenos Aires de 1930 se fabricaban las galletitas Lola. Elaboradas con ingredientes saludables, eran indicadas en las dietas de los hospitales. En ese contexto, cuando un enfermo podía empezar a ingerir otro tipo de alimentos, se decía que “No quería más lola”. Otro uso, más oscuro: cuando fallecía un paciente internado, obviamente, dejaba de comer. De ahí el dicho popular: “Este no quiere más lola”.

TIRAR MANTECA AL TECHO.

Seguramente más de una vez le habrás dicho a alguien: “Dejá de tirar manteca al techo”. El giro busca expresar la idea de un gasto ostentoso e innecesario y su origen se ubica en la Buenos Aires de 1920. Por entonces, los jóvenes adinerados se divertían en los restaurantes de moda arrojando rulitos de manteca con el tenedor. Le apuntaban al techo y el objetivo era competir para ver quién era capaz de dejar pegados más trozos al cielo raso, o cuál de todos se mantenía adherido por más tiempo. Una práctica absurda de la que, afortunadamente, solo nos queda la expresión cotidiana.

TENER LA VACA ATADA.

“Vos tenés la vaca atada”, le decimos a quien disfruta de un garantizado bienestar económico. El dicho nace en el siglo XIX, cuando en la Argentina se impuso el modelo agroexportador y muchos estancieros se enriquecieron gracias a la vasta cantidad de hectáreas que podían explotar. En aquellos tiempos, era común que los nuevos ricos viajaran a Europa con sus familias. Era costumbre que también llevaran a su personal de servicio y una vaca para obtener la leche para sus hijos durante el viaje. El animal tenía que viajar sujeto en un rincón de la bodega del barco. Esa es la famosa vaca atada.

TODO BICHO QUE CAMINA VA A PARAR AL ASADOR.

Tomado del Martín Fierro, el libro de José Hernández icono de la literatura gauchesca, este refrán se basa en la idea de que cualquier animal se presta para ser asado y comido. Sabido es que en la Argentina amamos los asados y todo el ritual que los envuelve. Pero, además, con el tiempo el dicho “Todo bicho que camina va a parar al asador” evolucionó sumando otros significados. Durante las décadas del 40 y 50, la frase fue utilizada también para hacer alusión a las cosas o personas cuyas acciones tienen un final previsible.

100 palabras en la lengua de los argentinos, las conoces?

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